Mientras caen las cifras de natalidad, las familias numerosas se convierten en símbolos de lujo. Sabemos por qué no tenemos más hijos, ¿pero nos preguntamos realmente por qué decidimos tenerlos? Leer Mientras caen las cifras de natalidad, las familias numerosas se convierten en símbolos de lujo. Sabemos por qué no tenemos más hijos, ¿pero nos preguntamos realmente por qué decidimos tenerlos? Leer
Había niños por todas partes: bebés reptando por los amplios suelos de la cocina, diminutos seres que apenas se tenían en pie jugando con muñecas y cocinitas, algún cuerpecito yacente en una de las decenas de cunitas que poblaban la estancia, no sabían si dormido o muerto. Todos menores de tres años, todos con el pelo rapado. La policía de Arcadia, una ciudad pequeña y próspera al noreste de Los Ángeles, uno de esos reductos para ricos en los que nunca pasa nada, se dio de bruces el pasado verano con el caso de su vida.
Acudieron a registrar una mansión después del ingreso de un paciente de dos años con signos de maltrato. Esperaban encontrar pruebas que condenaran a los padres bajo sospecha, pero lo que hallaron fue sólo la punta del iceberg de una tendencia poco menos que inquietante. «¿Pero cuántos hijos tienen ustedes?», preguntaron los detectives a la madre, Silvia Zhang. El padre, Guoiun Xuan, no hablaba inglés. Después de consultar una tabla de Excel en su teléfono móvil, Zhang contestó: «21».
Resulta que la última moda entre los ultrarricos chinos es engendrar su propio linaje mediante gestación subrogada en los muy libertarios Estados Unidos. No por amor al calor de hogar, los niños les importan un pimiento, sino por una especie de ansia de inmortalidad a través de la estirpe. Que quieren su dinastía, vaya.
«¿Es tener muchos hijos el marcador de estatus definitivo?», se preguntaba Elizabeth Paton en una columna en el Financial Times. Mientras la clase media se enfanga en sacar adelante al eterno hijo único, el extremo opuesto se consolida como símbolo del lujo: proliferan las influencers que lanzan consejos de vida «como madre de seis [ocho, diez, ponga aquí la cifra que guste]»; una ex de Elon Musk revela en un documental la obsesión del hombre más rico del mundo: «Necesitamos una legión de hijos antes de la guerra civil» -el tipo tiene sólo 14 retoños de momento. Señoras, preparen sus úteros que vienen curvas-; el siempre polémico emprendedor en serie Martin Varsavsky se dice «entregado a resolver la crisis mundial de fertilidad» con una red de clínicas de reproducción asistida.
Miedo, trascendencia, incluso un presunto altruismo. Cada vez que el INE pone otro clavo en el ataúd de la natalidad proliferan los reportajes que indagan en por qué los jóvenes españoles se cierran en banda a procrear. ¿Serán demasiado egoístas? ¿Demasiado pobres? ¿Demasiado dependientes? Lo que nadie se pregunta es qué nos motiva a romper la inercia. Los divanes están llenos de hijos por los motivos equivocados, igual ha llegado la hora de cambiar el enfoque
Cultura // elmundo
