El inminente cambio de dirección coincide con un certamen cada vez más escorado hacia una muestra de títulos ganadores en festivales previos, con desfile de estrellas como Brad Pitt, Naomi Watts o los inevitables Javis incluidos, y con una sección oficial a competición cada año que pasa más anémica de grandes títulos internacionales Leer El inminente cambio de dirección coincide con un certamen cada vez más escorado hacia una muestra de títulos ganadores en festivales previos, con desfile de estrellas como Brad Pitt, Naomi Watts o los inevitables Javis incluidos, y con una sección oficial a competición cada año que pasa más anémica de grandes títulos internacionales Leer
«En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida». Esta es la frase que preside la edición 74 del Festival de San Sebastián que se inaugura el viernes de la mano del último trabajo del director turco-alemán Fatih Akin. De frente al teatro Victoria Eugenia y mirando hacia los icónicos cubos de Moneo del Kursaal –es decir, en el centro de todo– se lee el verso de Lorca bordado él mismo sobre una pancarta gigante que literalmente cubre varias vallas publicitarias. Resumiendo: muy grande. O, mejor, MUY GRANDE. A su modo, más por lo que representa que por su significado (aunque también por él), se podría decir que la sentencia dice mucho de lo que este año, el último tras 15 años en el cargo de director de José Luis Rebordinos, es el festival.
La publicidad es de la película La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo, y su proyección el domingo próximo en la sección Perlas a una semana escasa de su estreno en las salas de cine es ahora mismo uno de los principales atractivos del certamen. Y con ella, la visita de Brad Pitt. Y con ellos dos, la primera proyección en España de Naza, la película premiada en Venecia que describe el genocidio gazatí contado por los propios militares israelíes. Y con ellos tres, las presentaciones de las películas ganadoras en Cannes con Fjord, de Cristian Mungiu, o Minotaur, de Andrey Zvyagintsev, a la cabeza. Y así.
Es decir, en los últimos años y cada vez de forma más acusada, el peso del certamen se ha desplazado desde su lugar natural como festival clase A que es, la sección oficial competitiva, al ámbito de las premieres exclusivamente nacionales. Digamos que éste es uno de los asuntos (no diremos problemas, que es una palabra demasiado gorda) con los que se las tendrá que ver la nueva directora Maialen Beloki a partir del año que viene.
Los logros del director saliente en estos últimos 15 años son evidentes. El nuevo peso adquirido por la industria ha hecho de Zinemaldia un polo de atracción para inversores, productores y cineastas, algo inédito antes de la llegada de Rebordinos. Además, el festival ha sabido crecer más allá del cerco estrecho de los focos y las alfombras rojas para convertirse, de la mano de Tabakalera y la escuela de cine Elías Querejeta, en mucho más: una cita que dura todo el año y que ejerce de mentor para nuevas generaciones y para los nuevos cines. Si a todo eso se le suma su disposición y buen ojo para apadrinar una nueva ola (o simplemente buen momento) en el cine español representada por sensibilidades y visiones tan diversas como las ganadoras de la Concha de Oro Tardes de soledad, de Albert Serra, o Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, hay pocos motivos para cuestionar la deriva y sentido del certamen en los tres últimos lustros.
Sin embargo (siempre hay un sinembargo), el auge de Venecia, que se clausuró hace solo una semana, convertida en lanzadera de la temporada internacional de premios; los calendarios cada vez más abarrotados de citas internacionales; la inédita y sorprendente rivalidad de la cita de Zurich (antes los dos compartían títulos e invitados, ahora parece que no tanto con Julianne Moore allí y no aquí), y, sobre todo, el hecho de que la Academia de Hollywood dejara fuera a la Concha de Oro como premio que habilita directamente para el Oscar a película internacional son algunos de los nuevos factores que han ido dejado en los huesos a una competición oficial donde cuesta dar con esos títulos con posibilidad de marcar el año o, cuanto menos, desmarcarse simplemente.
De entrada, que Cannes haya acogido este año hasta a tres títulos españoles en su lista (las películas de Sorogoyen, Almodóvar y los mentados citas) es una buena noticia en general, pero mala si se contempla desde el Cantábrico. Al contrario que otras ediciones, ninguno de los nombres del cine español que en los últimos años han protagonizado los Goya y los palmareses de aquí y de allá aparecen en la lista. En una competición algo anémica con tan solo 17 títulos, las películas españolas aparecen firmadas por Roberto Bueso (El mal padre), Javier Ruiz Caldera (5 minutos más) y Mikel Gurrea (Sants). Solo este último había participado previamente en un festival internacional. Fue aquí mismo con su brillante ópera prima Suro.
Entre el resto de los títulos, destaca el citado Fatih Akim, que compite con Ghost Song. A su lado, un clásico como el británico Mike Leigh (Tender Loving Care), la incansable actriz, guionista y directora Nicole Garcia (Milo), el actor Jesse Eisenberg reconvertido en director de la temporada gracias a El debut protagonizada por la Julianne Moore de antes, y el argentino y siempre sorprendente Benjamín Naishtat (Glaxo) serían los títulos más relevantes de una competición que no duda en incluir una superproducción con modales de blockbuster a la francesa (Los Miserables, de Fred Cavayé) o directamente una serie concebida para la tele en general y para Netflix muy en particular (Mis muertos tristes, de Pablo Larraín).
Por supuesto hay justificación para todo y más aún para cualquier decisión que se quiera heterodoxa de puro circunstancial. Siempre se podrá alegar que la sección oficial ha de contentar por igual al público aue toma parte de manera muy activa y a la cinefilia, al cine más generalista y al más necesitado de explicación, razonamiento y cuidado. Pero lo cierto es que donde otros festivales se esfuerzan en convocar a autores en ebullición, fervor o lo que sea que genere expectación con una línea más o menos ordenada o coherente, da la impresión que San Sebastián lleva años, obligado por las circunstancias probablemente, a flexibilizar tanto el criterio hasta prescindir de él.
Así las cosas, ¿es planteable que el festival acabe por convertirse en una muestra de grandes películas con alguna que otra premier como, por ejemplo, lo es ahora el de Londres sin sección competitiva? O, visto que los grandes nombres optan por otras citas, ¿no será el momento quizá de ofrecer la sección oficial a obras esencialmente rompedoras o más radicales, cuidando, como se hace actualmente, la sección Perlas o, incluso, ampliándola tanto como grande es el cartel de La bola negra? De momento, cambia el director, llega una directora. De momento, empieza la edición número 74 y… «En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida».
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