Estamos ante una crisis de seguridad y, en su gestión política, sorprende el contraste. Con Italia hubo una reacción inmediata del Gobierno de Pedro Sánchez ante una absurda medida (propagandística) del Ejecutivo de Giorgia Meloni. Pero con Marruecos seguimos sin saber si ha habido una reunión, un gabinete de crisis o una llamada. ¿Cómo es que con Italia sí y con Marruecos no? ¿Qué tiene Marruecos? ¿Cómo es que a Rabat no se le ha hecho saber que lo suyo es intolerable?
Estamos ante una crisis de seguridad y, en su gestión política, sorprende el contraste. Con Italia hubo una reacción inmediata del Gobierno de Pedro Sánchez ante una absurda medida (propagandística) del Ejecutivo de Giorgia Meloni. Pero con Marruecos seguimos sin saber si ha habido una reunión, un gabinete de crisis o una llamada. ¿Cómo es que con Italia sí y con Marruecos no? ¿Qué tiene Marruecos? ¿Cómo es que a Rabat no se le ha hecho saber que lo suyo es intolerable?Seguir leyendo…
Estamos ante una crisis de seguridad y, en su gestión política, sorprende el contraste. Con Italia hubo una reacción inmediata del Gobierno de Pedro Sánchez ante una absurda medida (propagandística) del Ejecutivo de Giorgia Meloni. Pero con Marruecos seguimos sin saber si ha habido una reunión, un gabinete de crisis o una llamada. ¿Cómo es que con Italia sí y con Marruecos no? ¿Qué tiene Marruecos? ¿Cómo es que a Rabat no se le ha hecho saber que lo suyo es intolerable?
La falta de una respuesta contundente tiene un efecto evidente: invita a pensar que el margen de actuación de Marruecos es enorme. Si cada presión encuentra silencio, ¿por qué debería detenerse? El problema no es solo lo que hace Rabat, sino la señal que recibe. Y esa señal alimenta la percepción de que España no sabe o no quiere utilizar su capacidad de influencia con Marruecos. Al final, ni nuestro modelo funciona ni el europeo ofrece una alternativa convincente.
Europa ha optado demasiadas veces por una fórmula cómoda y problemática: trasladar el control de su frontera sur a terceros países, incluso cuando no cumplen los estándares democráticos que la propia Unión proclama. Se declara seguro un país y, con ese certificado, se restringe el acceso al asilo y se facilita el retorno de quienes ya están dentro. Siria es un ejemplo claro.
Pero la externalización de fronteras no resuelve el problema: lo desplaza. Y tampoco sale gratis. Europa aporta dinero, asistencia técnica y medios para que otros contengan aquello que no quiere gestionar directamente. La pregunta es inevitable: si buscamos estabilidad en nuestros vecinos, ¿qué hacemos realmente por su desarrollo y su seguridad?

En Marruecos la cuestión resulta especialmente pertinente. A España le interesa, por egoísmo inteligente, que su vecino sea próspero y seguro. La geografía no se puede cambiar. Pero cooperación no puede significar barra libre. La relación necesita condiciones, instrumentos y capacidad para hacer valer líneas rojas que deben existir. Eso no es hostilidad. Es política exterior. Herramientas existen. Falta decisión para utilizarlas.
Mientras tanto, Marruecos se mueve con soltura en la zona gris. Es la lógica de la guerra híbrida: presionar y desgastar sin alcanzar el umbral que obligaría a España o a la Unión a responder militarmente. Una estrategia rentable cuando enfrente encuentra dudas.
Y una política firme no exige deshumanizar la cuestión migratoria. Las personas no son mercancía ni instrumentos de presión. Cumplir la ley y garantizar vías regulares no es debilidad. Es civilidad. Precisamente por eso, también debemos exigir que los Estados cumplan y hagan cumplir a otros las reglas.
Ceuta no tendrá una solución exclusivamente policial, militar o de seguridad. El instrumento decisivo es político. Porque un límite que puede cruzarse sin coste deja de ser un límite. Y mientras España no consiga convencer a Marruecos de lo contrario, su sensación de impunidad seguirá formando parte del problema.
Política
