Percepción de fragilidad

Uno de los factores que más deterioran la fortaleza de un Gobierno ante la opinión pública es la percepción de fragilidad. En la grave crisis que afecta a Ceuta, y por ende a España, esta percepción ha encontrado argumentos en la incapacidad de anticipar y abordar la avalancha de finales de julio en la frontera, en la sorprendente contradicción de versiones entre los titulares de Interior y Defensa, en la tardía respuesta a la crisis humanitaria y en la movilización de recursos para garantizar la convivencia de los ceutíes, en la aparición de informes policiales no comunicados al Ejecutivo que deterioran su credibilidad y, también, en la determinación de Pedro Sánchez de eludir cualquier responsabilidad directa de Marruecos a pesar de los indicios que apuntan a, como mínimo, una sospechosa omisión del deber de evitar la “invasión”. Y es esta percepción de fragilidad la que, directamente, debilita la imagen del Gobierno y, en paralelo, permite reunir argumentos discursivos a aquellos que desean que esta crisis dirija las miradas hacia opciones políticas que hacen de la fuerza y la seguridad su principal mensaje.

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 Uno de los factores que más deterioran la fortaleza de un Gobierno ante la opinión pública es la percepción de fragilidad. En la grave crisis que afecta a Ceuta, y por ende a España, esta percepción ha encontrado argumentos en la incapacidad de anticipar y abordar la avalancha de finales de julio en la frontera, en la sorprendente contradicción de versiones entre los titulares de Interior y Defensa, en la tardía respuesta a la crisis humanitaria y en la movilización de recursos para garantizar la convivencia de los ceutíes, en la aparición de informes policiales no comunicados al Ejecutivo que deterioran su credibilidad y, también, en la determinación de Pedro Sánchez de eludir cualquier responsabilidad directa de Marruecos a pesar de los indicios que apuntan a, como mínimo, una sospechosa omisión del deber de evitar la “invasión”. Y es esta percepción de fragilidad la que, directamente, debilita la imagen del Gobierno y, en paralelo, permite reunir argumentos discursivos a aquellos que desean que esta crisis dirija las miradas hacia opciones políticas que hacen de la fuerza y la seguridad su principal mensaje.Seguir leyendo…  

Uno de los factores que más deterioran la fortaleza de un Gobierno ante la opinión pública es la percepción de fragilidad. En la grave crisis que afecta a Ceuta, y por ende a España, esta percepción ha encontrado argumentos en la incapacidad de anticipar y abordar la avalancha de finales de julio en la frontera, en la sorprendente contradicción de versiones entre los titulares de Interior y Defensa, en la tardía respuesta a la crisis humanitaria y en la movilización de recursos para garantizar la convivencia de los ceutíes, en la aparición de informes policiales no comunicados al Ejecutivo que deterioran su credibilidad y, también, en la determinación de Pedro Sánchez de eludir cualquier responsabilidad directa de Marruecos a pesar de los indicios que apuntan a, como mínimo, una sospechosa omisión del deber de evitar la “invasión”. Y es esta percepción de fragilidad la que, directamente, debilita la imagen del Gobierno y, en paralelo, permite reunir argumentos discursivos a aquellos que desean que esta crisis dirija las miradas hacia opciones políticas que hacen de la fuerza y la seguridad su principal mensaje.

Pedro Sánchez no parece ahora Pedro Sánchez. El presidente y líder del PSOE ha demostrado en múltiples ocasiones una gran capacidad de resiliencia y para abanderar, en formas y en hechos, crisis que han afectado y afectan a su partido, a su Gobierno, a su familia, a la sociedad (caso de la covid) e incluso para liderar desde el Sur de Europa una crítica, en ocasiones vehemente, contra las políticas expansionistas de EE.UU. y, especialmente, contra Israel por la guerra en Gaza. Sorprende, aún más, porque el presidente conoce bien los efectos de lo que sucede cuando la política migratoria se transforma en una crisis política de Estado, con consecuencias casi siempre favorables para que esa opinión pública acabe abrazando opciones populistas, como ha sucedido en Italia y como puede suceder en breve en Alemania o en otros países europeos, con todo lo que eso supondrá para el futuro de la Unión Europea.

La acción del Gobierno en Ceuta no ha acabado con la sensación de inseguridad

Dice Robert D. Kaplan que “cuanto más abyecto es el desorden, más extrema suele ser la tiranía que sigue…”, afirmación que realiza un hombre brillante que lleva toda su vida observando, con mucho acierto, cómo evoluciona la geopolítica en un mundo cada vez más inseguro. Y es justamente esa sensación de inseguridad, que es la que sufren ahora los ceutíes y, en paralelo, percibe gran parte de la sociedad española, la que merece por parte del Gobierno un cambio en la acción política y ejecutiva porque, con la metodología empleada hasta el momento, no se ha logrado paliar esa percepción de fragilidad. Sucede lo contrario: esa respuesta tardía y contradictoria en ocasiones genera la sensación de que, en cualquier momento, la crisis de Ceuta puede escalar a una situación peor; es decir, emerge el miedo. Justo lo que más ayudará a aquellos que ven que está cerca su gran oportunidad al final de legislatura.

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