El Everton, el Labour y la Iglesia

Si una semana es una eternidad en política, no digamos las dos que se cumplirán mañana desde que Andy Burnham recibió las llaves del 10 de Downing Street. Con un estilo campechano y a base de una avalancha de pequeños anuncios, ha pasado página del pesimismo existencial hegeliano de Keir Starmer a un optimismo que recuerda al personaje de la serie de televisión Ted Lasso, un entrenador de fútbol americano que viene a Inglaterra para dirigir el AFC Richmond y conquista a todo el mundo con su alegría vital y su simpatía.

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 En sólo dos semanas, Andy Burnham ha devuelto a los británicos la esperanza de que las cosas pueden ir mejor  

Si una semana es una eternidad en política, no digamos las dos que se cumplirán mañana desde que Andy Burnham recibió las llaves del 10 de Downing Street. Con un estilo campechano y a base de una avalancha de pequeños anuncios, ha pasado página del pesimismo existencial hegeliano de Keir Starmer a un optimismo que recuerda al personaje de la serie de televisión Ted Lasso, un entrenador de fútbol americano que viene a Inglaterra para dirigir el AFC Richmond y conquista a todo el mundo con su alegría vital y su simpatía.

Starmer creyó que los problemas del país eran simplemente consecuencia de la mala gestión de los conservadores durante cuarenta años, su corrupción y políticas de austeridad. Y, borracho de poder con una mayoría absoluta que era en gran medida ilusoria (resultado de una buena estrategia electoral pero con el apoyo de menos de uno de cada cuatro ciudadanos), no se le ocurrió otra cosa que decir que la situación iba a empeorar antes de mejorar, para lo cual haría falta por lo menos una década.

El cenizo Starmer, con su pesimismo, sumió al país en un estado de depresión profunda que dio alas a la ultraderecha (Reforma UK de Nigel Farage), vista por muchos como la única alternativa al establishment y a la tradición de turnos entre conservadores y laboristas mientras las crisis se sucedían, los primeros ministros cambiaban y el nivel de vida permanecía estancado desde el 2008. El líder populista llegó a encabezar 250 encuestas consecutivas.

Tiene un sentido católico de la justicia social que le impulsa a combatir la pobreza y el sinhogarismo

Todavía es muy pronto para saber si Burnham será un éxito o un fracaso, tiene las manos atadas en cuestión de dinero y no ha formulado sus planes en asuntos clave como defensa, inmigración, política fiscal y dimensión del Estado de bienestar. Pero ha impuesto un estilo más informal (menos corbatas y más camisas negras) y una manera distinta de comunicar (más a través de las redes sociales). Llegó al liderazgo del Labour como el político más popular del país, y en dos semanas cortas ha mejorado incluso esa condición en contra de todas las tendencias.

Las tres grandes influencias en su vida (aparte de su mujer, que es neerlandesa) son el equipo de fútbol del Everton, el Labour y la religión. Es el primer católico que llega como tal a Downing Street (Tony Blair se convirtió una vez en el poder), y cuenta en sus memorias que fue monaguillo y competía para ser el primero de la fila en recibir la comunión. Ahora no es de misa todos los domingos, pero le ha quedado un sentido de justicia social, de ayudar a los más débiles y de que el Estado ha de ser activo a la hora de combatir la pobreza (lo contrario de la filosofía thatcherista de que la sociedad no existe, sólo los individuos).

Su primer anuncio, en esa línea, fue revelador, el propósito de acabar con el sinhogarismo. Y también su política más ambiciosa hasta la fecha, reformar todo el sistema de cuidado a las personas mayores que no se pueden valer por sí mismas (ha flotado la idea de un impuesto del 10% a todas las sucesiones para financiarlo, y pedido la colaboración de los demás partidos para forjar un consenso).

En contra de todas las tendencias, su índice de popularidad ha aumentado desde que llegó a Downing Street

La primera decisión de Starmer fue desastrosa, retirar la ayuda a los jubilados para el pago del gas y la electricidad. Burnham ha hecho todo lo contrario: reducir los impuestos a la energía y los que pagan los pubs y el sector hospitalario, y poner un tope de dos libras (2,35 euros) a los billetes de autobús para aliviar el coste de la vida.

La designación del exministro de Defensa John Healey como titular de Economía pareció sugerir una voluntad de incrementar el gasto de defensa, pero Burnham se ha negado a comprometerse a elevarlo al 3% del PIB para el 2030 como piden Trump y los militares (el despilfarro en la compra de material bélico es espectacular).

El nuevo primer ministro ha dicho que va a fomentar los aprendizajes industriales y las carreras técnicas como alternativa a los estudios universitarios, ha establecido una oficina en Manchester desde la que trabajará un día a la semana, y se dispone a transferir a los ayuntamientos parte de las recaudaciones del impuesto sobre la renta y de sociedades para que administren el dinero a su antojo, dentro de la campaña para descentralizar el Reino Unido.

Ha tomado medidas para abaratar el coste de la vida y no se ha comprometido a gastar más en defensa

En medio de rumores sobre la salida de la multinacional BP del país, Burnham ha sugerido que podría dar nuevas licencias para la explotación de yacimientos de petróleo y gas natural en el mar del Norte, enfrentándose a los medioambientalistas y el ala izquierda del Labour. Puede ser su primera decisión difícil, aparte de dejar en Manchester a su perro Axel para no cuestionar la autoridad de Larry, el gato de Downing Street, que tiene mucha mili.

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