División de poderes y campañas sin fin

Redactada en 1787, ratificada en 1788 y en vigor desde 1789 –el año de la revolución francesa–, la Constitución de los Estados Unidos de América consagra hasta extremos con escasos paralelismos internacionales la división de poderes, lo que ayuda a entender que una gobernanza dividida, en la que un partido controla el poder ejecutivo y el otro una o las dos cámaras del Congreso, sea casi la norma y no la excepción, especialmente en tiempos relativamente recientes.

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 Redactada en 1787, ratificada en 1788 y en vigor desde 1789 –el año de la revolución francesa–, la Constitución de los Estados Unidos de América consagra hasta extremos con escasos paralelismos internacionales la división de poderes, lo que ayuda a entender que una gobernanza dividida, en la que un partido controla el poder ejecutivo y el otro una o las dos cámaras del Congreso, sea casi la norma y no la excepción, especialmente en tiempos relativamente recientes.Seguir leyendo…  

Redactada en 1787, ratificada en 1788 y en vigor desde 1789 –el año de la revolución francesa–, la Constitución de los Estados Unidos de América consagra hasta extremos con escasos paralelismos internacionales la división de poderes, lo que ayuda a entender que una gobernanza dividida, en la que un partido controla el poder ejecutivo y el otro una o las dos cámaras del Congreso, sea casi la norma y no la excepción, especialmente en tiempos relativamente recientes.

Así, en el casi cuarto de siglo de hegemonía republicana en la Casa Blanca que comprende desde la elección de Richard Nixon en 1968 hasta la derrota de George Bush padre en 1992 –con la única excepción de la presidencia un tanto accidental de Jimmy Carter (1977-1981)–, la oposición demócrata controló la Cámara de Representantes y, ocasionalmente, también el Senado. Que un presidente, Ronald Reagan, fuera marcadamente conservador mientras que su contraparte en la Cámara de Representantes, el speaker Tip O’Neill, fuera un destacado progresista, no sólo no impidió que el país funcionara, sino que de hecho funcionó muy bien.

El Partido Demócrata está paralizado ante el mayor asalto reciente a conquistas sociales

Todo esto empezó a cambiar con la victoria republicana en las elecciones de medio mandato de 1994, con Bill Clinton en la Casa Blanca y el Contrato con América del radical Newt Gingrich como el Santo Grial de la oposición conservadora, y ha llegado al paroxismo con el aterrizaje de Donald Trump en la escena política norteamericana, acontecimiento del que ha transcurrido ya más de un decenio.

De esta manera se suceden y propician los arrepentimientos y rectificaciones continuas del electorado, posibilitados funcionalmente por un sistema electoral que renueva cada dos años en el poder legislativo la totalidad de la cámara baja y un tercio del Senado y en el ejecutivo cada cuatro años la presidencia del país. Si se añade a esta ecuación la creciente polarización, no es de extrañar que las llamadas elecciones de medio mandato ( midterm ) se hayan traducido por lo general en un castigo al partido que ocupa la Casa Blanca.

El féretro del senador republicano Lindsey Graham, bajo la cúpula del Capitolio, el 28 de julio
El féretro del senador republicano Lindsey Graham, bajo la cúpula del Capitolio, el 28 de julioKENNY HOLSTON / EFE

En las elecciones legislativas del 2018, ya con Trump en el poder, los demócratas se centraron en defender la reforma de la política sanitaria aprobada durante la administración de Barack Obama mientras que los republicanos pusieron en valor la reducción de impuestos aprobada en el 2017 y el objetivo de reforzar la frontera con México. Los comicios se saldaron con un ligero refuerzo de la mayoría republicana en el Senado, pero con una amplia mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, precursora de la victoria de Joe Biden sobre Donald Trump en las presidenciales del 2020. Contra toda evidencia, sobre la negación de ese resultado se perpetró la brutal invasión del Capitolio del 6 de enero del 2021 y, aunque parezca increíble, se sentaron las bases de la victoria, esta vez inapelable, de Donald Trump en las elecciones presidenciales del 2024.

Curiosamente, en los comicios legislativos del próximo 3 de noviembre se enfrentan dos impopularidades, la de un jefe del Ejecutivo cuestionado según la mayoría de las encuestas por más del 60% de sus conciudadanos y la de un Partido Demócrata paralizado ante el mayor asalto reciente a unas conquistas sociales que se daban por intocables y al evidente retroceso de determinadas libertades democráticas que asimismo se daban por seguras. El Tribunal Supremo, que no podía faltar en este apretado repaso a la división de poderes, ha corregido alguno de los peores excesos del trumpismo, pero nunca puede ni debe reemplazar a la legítima oposición política.

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