Gonzalo Celorio, Premio Cervantes: «Sin lengua española no tendríamos naciones latinoamericanas»

El escritor mexicano recibirá el jueves el gran premio de las Letras Hispánicas en reconocimiento a sus facetas enlazadas de escritor y sabio del idioma. «Me siento absolutamente afortunado por trabajar con esta lengua prodigiosa» Leer El escritor mexicano recibirá el jueves el gran premio de las Letras Hispánicas en reconocimiento a sus facetas enlazadas de escritor y sabio del idioma. «Me siento absolutamente afortunado por trabajar con esta lengua prodigiosa» Leer  

En las páginas de Ese montón de espejos rotos (Tusquets) están muchas de las claves para entender a Gonzalo Celorio, el académico, profesor y escritor mexicano que el jueves que viene recibirá el Premio Cervantes de manos de los Reyes de España. Es posible enumerar los temas del libro, de la vida de Celorio: Cuba y México, Julio Cortázar, la lucha a veces desesperada por salir adelante desde una clase media empobrecida, el teatro barroco del siglo XVII y el teatro absurdo del siglo XX, la contracultura, el exilio español en México, el arte de los virreinatos, la amistad, la paternidad… La vida y el conocimiento ligados. En un plano más abstracto, hay un tema que aparece de fondo en Ese montón de espejos roto: la transmisión del conocimiento y del amor a la belleza enm una cadena de maestros y alumnos que se convierten en maestros y tienen a nuevos alumnos. Celorio fue alumno en el terrible sesentayocho mexicano. Ahora, gracias al Cervantes, es el maestro más ilustre de las letras hispánicas. «Estoy entusiasmado. Estoy abrumado y agobiado. Quiero disfrutar de estos días. A la vez, quiero que pasen».

Celorio empezó este lunes su semana del Cervantes con un encuentro con los medios de comunicación en el Museo Nacional Reina Sofía, donde fue presentado por María José Gálvez, la directora general del Libro del Gobierno de España. En sus palabras, el escritor mexicano se acordó de Beatriz de Moura, su editora en España a través de Tusquets, fallecida el viernes pasado, y anticipó las ideas de su discurso del jueves: la compatibilidad del tema del yo con el género de la novela. «Yo he escrito novelas memoriosas en las que el yo se me ha colado por todos los intersticios. Desde Cervantes, los géneros se han mezclado hasta la promiscuidad y eso me encanta».

«En el Quijote, la libertad prepondera sobre la justicia», dijo también el escritor. Antes de su encuentro, Celorio conversó con EL MUNDO.

¿Recuerda la primera vez que estuvo en España?
Fue en el muy lejano 1978. Tenía yo 30 años y venía con mucho entusiasmo porque empezaba a dar un curso de Historia de la Cultura Hispánica en la universidad. Hice un recorrido muy cercano a la ruta de Santiago y me esforcé mucho por conocer el arte románico. Luego estuve en Sevilla y ahí fui muy feliz. Y pasé un tiempo en Asturias, la tierra de mis mayores.
Entendí en algún texto suyo que su madre era canaria.
Sí pero eso fue una casualidad. Mis abuelos maternos eran cubanos y tenían algunos negocios en Canarias y en Valencia. Hicieron un viaje de esos que duraban años y mi madre nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1906. La familia pasó dos años y volvió a Cuba. Pero la casa en la que nació sigue en pie, está en la calle Triana. Yo fui a verla una vez y me emocionó mucho.
Supongo que usted venía con una imagen idealizada de España como el país del teatro barroco y la poesía mística pero que se encontró un país normal, más o menos normal.
No era un país totalmente normal. Se vivía todavía en el postfranquismo y la economía estaba aún muy depauperada. Y estaban los estragos visibles de la guerra. Había una imagen general un tanto luctuosa. Me acuerdo de una pintada en una pared: «Franco resucita, España te necesita». Yo lo veía como algo muy dramático porque mi vida y mi educación estaban marcadas por el exilio republicano. Mi maestro fue el exilio español. Escribí un opúsculo que se llama como un verso de Pedro Garfies Un rio español de sangre roja. La frase viene de un poema llamadao entre México y España, escrito a bordo del Sinaia, a bordo uno de los barcos de la emigración de 1939. Bueno: mi libro era una autobiografia determinada por el exilio. La primera persona que me conoció fuera del claustro materno fue el doctor Urbano Bardés, que era el ginecólogo del exilio y que atendía gratuitamente a las esposas de los exiliados en Ciudad de México. Mis padres no eran exiliados pero una tía mía se había casado con su hermano Francisco Barnés. Mi tío Francisco era un médico de cabecera maravilloso. Después vinieron mis maestros españoles. Mi primer matrimonio fue con la hija de otro médico español. Trabajé en el Colegio de México, que se creó para albergar a los intelectuales del exilio. Después dirigí el Fondo de Cultura Económica, en el que los exiliados hacían las traducciones.
Antes nombró el románico. Usted ha escrito más sobre el arte barroco.
Porque en América el barroco adquirió rasgos de identidad. Lo que me ha interesado del barroco ha sido contar que fue el arte que configuró España como nación e identidad en el siglo XVI y XVII hasta que llegaron los borbones y el barroco quedó proscrito en España porque la nueva dinastía trajo los modelos del neoclasicismo y el gusto francés. Lo curioso fue que el barroco llegó a América y se quedó, tuvo una vida más fecunda y duradera que en España y se convirtió en una cultura exultante de continuidad. Si busca la mejor arquitectura barroca de México, verá que mucha es del siglo XVIII, cuando España ya no quería saber nada del barroco. Lezama Lima, al que cito con frecuencia, escribió que el barroco no solo fue el arte de contrarreforma, no solo fue el arte impuesto para vigiliar a los españoles en su ortodoxia y para educar a los indígenas. Lezama Lima decía que era el arte de la contraconquista. Decía que la independencia de la cultura americana se basó en el barroco. Y yo tengo un ensayo que se llama Ensayo de contraconquista. Ahí entraba en la literatura que se llamó neobarroca a partir de Severo Sarduy, la literatura cubana que reprodujo el barroco: Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, José Lezama Lima…
Eso de «arte de la contraconquista» suena a arte en conflicto íntimo.
Hay algo en lo que creo como en una verdad cierta: la cultura mexicana y la cultura de la América española no se pueden disociar de la cultura hispánica. La independencia política fue sucedida por un proceso muy enfático de emancipación cultural. Un ilustre liberal mexicano, Ignacio Ramírez, el Nigromante, habló de la desespañolización de México. Dijo: «Los mexicanos tenemos que escribir una literatura propia en una lengua que sentimos ajena». Bueno: era el espíritu del momento. Hoy sabemos que no había cultura nacional posible al margen de España y a la inversa, porque también hubo un proceso de incorporación de América al sistema de valores del hispanismo. Es inconcebible pensar la lengua española como ajena. El español llegó con las carabelas es verdad, pero no fue la verdadera lengua de la conquista porque la conquista espiritual se hizo en las lenguas indígenas que aprendieron los misioneros. El español, en esto soy enfático, es la lengua de la independencia americana porque los gobiernos republicanos de la independencia se dieron muy interesadamente en la tarea de llevar el español a toda su población, culminaron el proceso que empezaron los virreinatos. Sin lengua española no tendríamos naciones americanas.
¿No va el populismo en contra de esa idea de la cultura hispánica compartida?
Yo no creo que el hispanismo suscite una euforia consciente, pero tampoco lo veo como un mundo en peligro. Siempre que me he encontrado actitudes de defensa del idioma español he pensado que el idioma se defiende solo, que no necesita mucha ayuda. No tengo ninguna duda sobre la persistencia de una lengua que ya es milenaria, que es jovial, que se enriquece permanentemente, que tiene una amplitud y capacidad creativa impresionantes… La lengua española no es solo un mecanismo de comunicación, sino una identidad, una manera de ser y de entender el mundo. O sea, es una cultura que tiene fuerza y vigencia.

En su rueda de prensa del lunes, Celorio abordó la solicitud de una disculpa histórica de España hacia México por la violencia de la conquista. «Esta solicitud de perdón es un despropósito porque tiene dos características: es anacrónica y retroutópica, voy a utilizar este término. Es anacrónica porque pedirle a un estado que se disuculpe por los abusos colectivos frente a otro país cuando ese estado no era España y el otro país tampoco era México es un anacronismo de medio milenio. No quiere decir esto que la Conquista no haya tenido signos muy fuertes de violencia. Y la violencia había que ubicarla en su tiempo. Respecto a lo retroutópico… Desde 2019, cuando se hizo la solicitud de disculpa, se pone al mundo prehispánico como paradigmático, como una utopía vista hacia atrás y no hacia adelante. Hay una especie de nostalgia por el paraíso perdido, cuando las condiciones no eran precisamente paradisiacas en términos de violencia y sojuzgamiento».

¿Habla usted inglés o francés?
He estudiado inglés y francés pero no presumiría mucho del dominio que tengo. A lo que me he dedicado es a la lengua española y no me ha quedado mucho espacio.
Lo preguntaba por si se anima a hablar del idioma español desde fuera. Si se compara con un escritor en francés ¿está conforme con la herramienta que le ha tocado?
No es que esté conforme, es que me siento absolutamente afortunado por trabajar con esta lengua prodigiosa que es, y eso no es tan sabido, la lengua materna y de comunicación internacional con mayor número de hablantes en el mundo. Hay más hablantes de inglés que de español, sí, pero no hay tantos hablantes nativos. Y hay más hablantes de mandarín que de español pero el mandarín no sale de su país. Así que soy un privilegiado por participar como un minúsculo átomo en esta población portentosa y en esta lengua que milagrosamente ha conservado su unidad en un territorio vastísimo. De Río Bravo hasta la Patagonia hay 12.000 kilómetros y 20 fronteras y podemos atravesar ese espacio sin perder la inteligibilidad de la lengua. Es un milagro. En el siglo XIX se pudo fragmentar el español en varias lenguas neoespañolas, como ocurrió con el latín. No se dio el caso y fue, en buena medida, gracias al concurso de las academias.
Si lo piensa, ¿le gusta ser un escritor apegado a su carrera académica, le gusta que sus libros sean una extensión de su vida como profesor? ¿O habría preferido estar, no sé, en un grupo insurgente maoísta para luego contarlo en una novela?
Fíjese que el fallo del Premio Cervantes destacó esa condición integral entre el profesor y el escritor. Me gusta pensarlo porque durante mucho tiempo tuve el pavor de que mi creación literaria, que en la escala de valores estuvo siempre en el lugar más importante de lo que he hecho en la vida, fuera incompatible con las funciones que me tocaron. No ocurrió, hubo una continuidad y eso fue porque todo estuvo ligado por la lengua española. Me dediqué al estudio y la enseñanza de la literatura. He sido editor, fui el director y ahora soy el decano y director de la Academia Mexicana de la Lengua. Soy el académico con mayor antigüedad. Hace 30 años que soy académico. Cuando entré, me dijo Juan Villoro: «Te van a dar las gracias los académicos porque les bajaste la edad promedio como en 15 años». Resultó que todo lo que pareció incompatible y contradictorio me ha fortalecido. Me encanta que mi vida se haya dedicado a la palabra y a la lengua española.
¿Le puedo preguntar por el 68 mexicano? Usted estaba en la universidad, pero en seguida tuvo hijos y una familia a la que sacar adelante.
En 1968 aún era un estudiante soltero pero ya estaba muy próximo a casarme. Tengo un hijo al que le llevo 22 años y que ha venido conmigo estos días y otro al que llevo 26 y que vive en España. La fuerza del movimiento estudiantil me marcó, sin duda. En mi primera novela. Amor propio, hablaba del impacto tan brutal en mi generación. Y ahí quiero hacer alguna salvedad. El 68 fue un momento tan gregario que nos permitió por primera vez configurar una nacionalidad mexicana que fuera crítica y beligerante. Después, llegó la matanza del 2 de octubre de 1968 y se acabó ese espíritu generacional. Yo no tuve generación. Después de la represión brutal, la rebeldía tuvo que esconderse y mitigarse. Llegaron las actitudes pasivas e individualistas, llegó el hipismo y la meditación trascendental. Cuando estábamos en el momento de articular una generación, la matanza nos dispersó. Luego hemos querido reconstruirla artificialmente. Cuando estábamos canosos y panzones, empezamos a reencontrarnos, a reconocernos como compañeros de generación. Mos habíamos identificado mucho tiempo atrás sin siquiera tener tiempo de conocernos. De modo que somos una generación rota y reconstruida. Ahora, de nada me felicito más que de mi feliz paternidad aunque fuera tan temprana y difícil de sobrellevar. Estoy muy feliz de mi precocidad.
¿Qué se puede contar de su discurso del Cervantes?
No mucho, algo. Dececionaré al público si espera un discurso con alguna implicación política. Hablaré de la literatura del yo, porque la idea de la literatura del yo se ha limitado tradicionalmente a la expresión lírica. El yo es el tema de los poetas, pero yo no soy poeta. Yo escribo ensayo, memoria y crónica y creo que también son géneros del yo. Montaigne dice que en el ensayo el yo es sujeto y objeto. La crónica es testimonial porque si no lo es, es historia. Y la memoria sólo puede ser personal. También en la novela elegí la preponderancia del yo. Así que hablaré de mi poética novelística.

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