En Barcelona, el presidente Pedro Sánchez habla del “lado correcto de la historia” para inyectarse la dosis de autoestima que, visto el panorama, necesita la izquierda. En vez de profundizar en los errores que nos han llevado hasta aquí, la consigna En defensa de la democracia simplifica el diagnóstico hasta transformarlo en el enésimo acto de fe o en un flácido y tramposo consejo de coach. Elevado por Barack Obama a la categoría de retórica efervescente, el lado correcto de la historia es un artificio. Un artificio que olvida que el avance del lado incorrecto de la historia suele ser la reacción a la incompetencia de administraciones democráticas, a la geometría diabólicamente esférica de la historia y al recelo de los ciudadanos que, legítimamente, se preguntan: “¿Y todo eso quién lo paga?”.
En Barcelona, el presidente Pedro Sánchez habla del “lado correcto de la historia” para inyectarse la dosis de autoestima que, visto el panorama, necesita la izquierda. En vez de profundizar en los errores que nos han llevado hasta aquí, la consigna En defensa de la democracia simplifica el diagnóstico hasta transformarlo en el enésimo acto de fe o en un flácido y tramposo consejo de coach. Elevado por Barack Obama a la categoría de retórica efervescente, el lado correcto de la historia es un artificio. Un artificio que olvida que el avance del lado incorrecto de la historia suele ser la reacción a la incompetencia de administraciones democráticas, a la geometría diabólicamente esférica de la historia y al recelo de los ciudadanos que, legítimamente, se preguntan: “¿Y todo eso quién lo paga?”.Seguir leyendo…
En Barcelona, el presidente Pedro Sánchez habla del “lado correcto de la historia” para inyectarse la dosis de autoestima que, visto el panorama, necesita la izquierda. En vez de profundizar en los errores que nos han llevado hasta aquí, la consigna En defensa de la democracia simplifica el diagnóstico hasta transformarlo en el enésimo acto de fe o en un flácido y tramposo consejo de coach. Elevado por Barack Obama a la categoría de retórica efervescente, el lado correcto de la historia es un artificio. Un artificio que olvida que el avance del lado incorrecto de la historia suele ser la reacción a la incompetencia de administraciones democráticas, a la geometría diabólicamente esférica de la historia y al recelo de los ciudadanos que, legítimamente, se preguntan: “¿Y todo eso quién lo paga?”.
En Onda Cero, Carlos Alsina ironiza sobre la cumbre de Barcelona y parafrasea el cuento de Augusto Monterroso: “Cuando se despertó, Lula ya no estaba allí”. En un tono abiertamente cáustico, Alsina subraya la contradicción de, después de abrazar a Xi Jinping, erigirse en el que (referido a Sánchez) define como “pope del antitrumpismo”. El domingo La Vanguardia explicaba que, además de la recepción oficial, se celebró otra cena, en Montjuïc, a la que asistieron, entre otros, Gabriel Boric, Ada Colau, Gerardo Pisarello y Jaume Asens, preocupados por la vampirización de los valores de izquierdas que Sánchez ha protagonizado.
En Barcelona, Pedro Sánchez lideró una transfusión de autoestima
En su libro Bajo este cielo abierto (Ed. Fondo de Cultura Económica), un Pisarello más sentimental y lúcido que cuando abusa de los sermones, recuerda una frase del guerrillero uruguayo Raúl Sendic en tiempos del Frente Amplio: “Si nos ponemos a discutir sobre las cosas que nos diferencian, podemos pasarnos toda la vida discutiendo. Si nos ponemos a trabajar en los temas en los que coincidimos, trabajaremos toda la vida juntos por el cambio”. Duda: ¿a vosotros os parece que la izquierda ha seguido este consejo?

La atención mediática que ha suscitado el encuentro patrocinado por el presidente Sánchez no llega a la de los conciertos de Rosalía, que han saturado nuestra capacidad de asimilación de anécdotas. Hace años, la sociología popular hablaba de “signos externos” para referirse a los hábitos que nos permiten participar en la conversación social. Dejarse ver en los conciertos de Rosalía –y que se sepa–, forma parte de la nueva jerarquía de signos externos.
Cuando le preguntan al presidente de la Generalitat qué le pareció el concierto, Salvador Illa, que salió iluminado, responde que lo vivió como un despliegue de “belleza, espiritualidad y tolerancia”. ¿Es una reflexión de derechas o de izquierdas? No lo sé, pero, extrapolándola a todo lo que le está pasando a la izquierda (incluidas las encuestas que auguran un inminente batacazo electoral en Andalucía y en España), me recuerda aquella máxima de Nicolas Bedos: “El problema de la izquierda es que tiene tendencia a dirigirse solo a los que ya están de acuerdo con ella”.
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