Sherpas en el corazón de África

Daniel Nguru Sadaca se pasó media vida temiendo a las montañas hasta que las convirtió en el resto de su vida. Para su pueblo, los Bakonzo, las cimas de la cordillera de Rwenzori, en la frontera de Uganda y la República Democrática del Congo, son un lugar sagrado en el que habita el dios Kitasamba “el más grande, quien no precisa escalar” y a Nguru sus ancestros le habían enseñado a respetar aquellos gigantes de roca. 

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 El alpinismo en las montañas Rwenzori, en la frontera de Uganda y RD Congo, revitaliza una de las zonas más aisladas del continente  

Daniel Nguru Sadaca se pasó media vida temiendo a las montañas hasta que las convirtió en el resto de su vida. Para su pueblo, los Bakonzo, las cimas de la cordillera de Rwenzori, en la frontera de Uganda y la República Democrática del Congo, son un lugar sagrado en el que habita el dios Kitasamba “el más grande, quien no precisa escalar” y a Nguru sus ancestros le habían enseñado a respetar aquellos gigantes de roca. 

“Si haces algo mal allí arriba, los dioses te vigilan y te castigan. Al principio tenía miedo de subir, ahora sé que han sido una bendición para nosotros. Yo no conozco otras montañas del mundo, pero los extranjeros que vienen me dicen que son las más bonitas que han visto y yo me lo creo porque ahora sí las conozco bien”. 

Montañas vírgenes

65 guías y 800 porteadores son la puerta de entrada a unas montañas aisladas: apenas 1100 personas las visitan cada año, lejos de los 50.000 visitantes anuales del Kilimanjaro, en Kenia

Nguru habla recostado en un sofá en la sede de la empresa Rwenzori Trekking Services , en el pueblo de Kilembe, rodeado de media docena de compañeros guías que, como él, han encontrado en las cumbres su futuro desde casi anteayer.

Vecinos de un pueblo nacido a la sombra de una mina de cobre, su cierre hace años obligó a todos a reinventarse varias veces para salir adelante. Si Nguru era mecánico hasta el año 2010, su compañero Joshua dejó las aulas como profesor de geografía un año antes y Gilbert Kule truncó poco después la estirpe de cazadores de su familia para dedicarse a la montaña. 

El más veterano, Enock Bwambalee, vio plantar la semilla de los primeros sherpas en el corazón de África. “En 2007 llegó por aquí un mzungu (hombre blanco) despistado, el australiano John Hunwick, y dijo que quería pedir una concesión para hacer alpinismo en este valle. Tuvimos que empezar de cero, no había nada, pero lo hicimos”. 

Con sus brazos y a machetazos

Para acceder a las montañas, debieron abrirse camino durante días por un paraíso de bosques tropicales,  selvas de lianas y musgo, muros de bambú, ciénagas de fango negro y páramos afroalpinos envueltos en la niebla y una lluvia incesante

Además de negociar con los líderes locales y sortear su desconfianza, fueron a buscar a los cazadores, los únicos que se aventuraban montaña arriba, para que les ayudaran a abrir las primeras rutas hacia las cumbres. 

Fue una empresa titánica: para acceder a las montañas, debieron abrirse camino durante días, con sus brazos y machetes, por un paraíso de bosques tropicales, una selva de lianas y musgo, muros de bambú, ciénagas de fango negro y páramos afroalpinos envueltos en la niebla y una lluvia incesante. El agua forma parte indisoluble del lugar. En lengua bakonzo Rwenzori se traduce como “el hacedor de lluvia” o “el rey de las nubes y la nieve”.

Tras sortear obstáculos y sacar adelante la empresa, todos ellos son hoy el orgullo de la localidad: forman parte de los 65 guías y los 800 porteadores que trabajan en el negocio del alpinismo en unas montañas aisladas del mundo. Según estadísticas oficiales, solo 1.170 extranjeros visitan de media cada año la cordillera por el lado ugandés (el lado congolés es inaccesible por la violencia y la ausencia de caminos), cincuenta veces menos que el Kilimanjaro, que recibe 50.000 visitantes anuales.

Para el español Pablo Moraga, instructor del equipo de guías, “las Rwenzori son un paraíso casi intocado”

Los guías de las Rwenzori no son los únicos que hinchen el pecho de orgullo por el camino recorrido. El alpinista español Pablo Moraga, quien vive en el este de África desde hace 12 años y es guía profesional de vida salvaje, les observa con la sonrisa permanente en el rostro. 

El ‘profe Pablo’.El español Pablo Moraga, alpinista y guía de vida salvaje, fue uno de los primeros instructores del equipo de guías hace 12 años.
El ‘profe Pablo’.El español Pablo Moraga, alpinista y guía de vida salvaje, fue uno de los primeros instructores del equipo de guías hace 12 años.Xavier Aldekoa

Fue uno de sus primeros instructores hace más de una década. “Les di cursos de seguridad, rescate y avance con cuerdas fijas en el glaciar. Tenían conocimientos francamente bajos y es un orgullo y una alegría ver que se han convertido en guías profesionales y alpinistas de primera línea”. 

Para Moraga, las Rwenzori, parque natural desde 1991 y Patrimonio de la Humanidad para la Unesco, conservan un halo de leyenda que las convierte en uno de los lugares más vírgenes y especiales del continente. “Son un paraíso casi intocado, quien ama la montaña debería venir aquí al menos una vez en la vida”, asegura. 

Además de albergar una explosión de flora endémica, que parece salida de otro planeta, en las montañas habitan chimpancés, elefantes de bosque, antílopes o el esquivo leopardo de las Rwenzori, de quien no existe ninguna foto o vídeo conocido.

Glaciares en el corazón africano

Aunque hay excursiones para todos los niveles, para el Pico Margarita, de 5.109 metros de altura, se necesitan 10 días y conocimientos altos de alpinismo

Para Nguru, las montañas son un reto palabra de honor. “Aunque hay excursiones de diferentes niveles, y cualquier en buena forma física puede hacer las rutas de uno a tres días, es necesaria experiencia en montaña y una buena aclimatación para acometer los picos más altos como el Weismann (4620 metros), el Baker (4843m) o el más alto, el Pico Margarita (5109m), para el que son necesarios diez días y usar crampones y cuerda fija para atravesar el glaciar”, explica.

Al mentar el hielo, a Nguru y sus compañeros se les tuerce el gesto. En doce años han visto como el glaciar retrocedía alarmantemente. “El cambio climático provoca lluvias más fuertes e inundaciones, antes nevaba en Kilembe y ahora hay solo 100 metros de glaciar en el Margarita, algo raro pasa”. Según los científicos, el glaciar desaparecerá definitivamente en el año 2030 y, con él, parte de la leyenda: en el siglo II d.C. el astrónomo griego Ptolomeo dejó referencia escrita por primera vez de una montañas que reflejaban la luz de la luna en la nieve de sus cimas y que podían ser las fuentes del Nilo. Las llamó las Montañas de la Luna. Eran las Rwenzori.

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