Andy Burnham y el “manchesterismo”

Hace un par de años le pusieron a Andy Burnham una multa de 2.500 euros y le quitaron seis puntos del carnet por conducir a 125 kilómetros por hora en un tramo de la autopista donde el límite de velocidad era de la mitad. El hombre tenía prisa. Para conquistar el liderazgo del laborismo se lo ha tomado sin embargo con mucha más calma, y ha ido por una carretera tortuosa que pasa por la alcaldía de Manchester y un lugar llamado Makerfield del que hasta hace unos días muy pocos británicos habían oído hablar.

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 El alcalde es el favorito de la mayoría del Labour para suceder a Starmer, pero primero ha de derrotar a Farage  

Hace un par de años le pusieron a Andy Burnham una multa de 2.500 euros y le quitaron seis puntos del carnet por conducir a 125 kilómetros por hora en un tramo de la autopista donde el límite de velocidad era de la mitad. El hombre tenía prisa. Para conquistar el liderazgo del laborismo se lo ha tomado sin embargo con mucha más calma, y ha ido por una carretera tortuosa que pasa por la alcaldía de Manchester y un lugar llamado Makerfield del que hasta hace unos días muy pocos británicos habían oído hablar.

Esa localidad deprimida, a mitad de camino entre Manchester y Liverpool, va a ser el escenario dentro de un mes de su duelo a cara de perro con el candidato (aún por decidir) que presente el partido de ultraderecha de Nigel Farage. Si gana Burnham, habrá demostrado su valía, como Sigfrido en el Anillo de los Nibelungos , y tendrá vía libre para liderar el Labour y ser primer ministro. Si pierde, es probable que su carrera política arda en la hoguera.

También será una prueba de fuego electoral para el “manchesterismo”, el programa que ha aplicado con éxito en esta ciudad y que pretende proyectar a todo el país. Más que una ideología es una forma de gobernanza que se apoya sobre los pilares de la descentralización, el control estatal de los servicios esenciales (transporte, energía, agua, sanidad, cuidado de los mayores…), la construcción de vivienda asequible, la colaboración entre el sector público y el privado y un sistema educativo que fomente el aprendizaje industrial en vez de la universidad.

Burnham defiende un “socialismo pragmático basado en un consenso progresista y la estabilidad política necesaria para atraer inversiones”, pero ideológicamente es flexible, lo cual suena mucho a la tercera vía de Tony Blair. Pero también ha colaborado con Gordon Brown o Jeremy Corbyn (izquierda mucho más radical).

Los cuatro jinetes del Apocalipsis que han llevado al Reino Unido a su actual crisis son, a su juicio, la desindustrialización, las privatizaciones, la austeridad y el Brexit. Dice que le gustaría ver el regreso del país a la Unión Europea (aunque no es probable que vaya a formar de entrada parte de su proyecto) y es partidario de abolir la Cámara de los Lores y reemplazarla por otra elegida por un sistema proporcional que tal vez más adelante se podría aplicar también a los Comunes.

Los mercados han recibido de uñas la perspectiva de que pueda ser el próximo jefe de gobierno, temerosos de que aumente aún más el endeudamiento público británico (que ya es el 100% del PIB) y suba los impuestos. Ha sugerido que rompería el manifiesto con el que el Labour ganó las elecciones para crear un nuevo tipo fiscal del 50% a los ingresos más altos, y bajar el básico al 10% (ahora es del 20%). Su mentalidad es redistributiva e internacionalista.

Burnham aboga por el control estatal de los servicios básicos, la descentralización y el aprendizaje industrial

Cuando tenía nueve años fue un día al zoológico y vio en un coche una pegatina que decía “no me eches a mí la culpa, yo he votado al Labour”. Su padre le explicó que era una crítica a una señora llamada Maggie Thatcher, que había cerrado las minas y las fábricas textiles, y dejado a mucha gente sin trabajo. Todavía hoy la responsabiliza de las debilidades estructurales del país, durante mucho tiempo enmascaradas por el crecimiento económico. Le obsesiona revertir su legado.

Sobre lo que el “manchesterismo” no dice ni palabra es sobre la reforma de un Estado de bienestar que va camino de costar 500.000 millones de euros al año, en el que seis millones y medio de personas en edad laboral viven de los subsidios estatales, un millón de jóvenes ni estudian ni trabajan y 600.000 familias perciben en ayudas más del salario mínimo, algunas hasta 65.000 euros anuales.

El apodado “rey del norte”, de 56 años, es hincha del Everton, lo mismo que sus padres, un ingeniero de telefonía católico (religión en la que fue criado) y una recepcionista protestante. Con quince años se afilió al Labour. Excelente estudiante, obtuvo una beca y se graduó en literatura inglesa por Cambridge, donde conoció a Frankie, una holandesa con la que lleva un cuarto de siglo casado y tiene tres hijos. Su primer trabajo fue como reportero de un periódico local, el Middleton Guardian , pero pronto se pasó a la política, haciendo de investigador para diputados. Brown lo nombró secretario del Tesoro y ministro de Cultura y Sanidad.

Ha ido despacio porque no ha podido ir más deprisa. En dos ocasiones se propugnó como candidato a encabezar el Labour, siendo vencido por Ed Miliband y Jeremy Corbyn. Tras esta última derrota cambió Westminster por la alcaldía de Manchester, donde ha sido reelegido dos veces y ha hecho méritos para ser el político más popular de la nación, defendiendo el localismo, oponiéndose a Londres y demostrando que el “socialismo municipal” puede hacer grandes cosas sin la ayuda del gobierno central.

Lo primero que hizo fue dedicar un 15% de su sueldo de 125.000 euros anuales a combatir el sinhogarismo (se ha reducido, pero en las calles de la ciudad uno sigue tropezándose constantemente con personas que duermen a la intemperie). Su mayor éxito ha consistido en asumir el control de los autobuses, pintarlos de amarillo, aplicar una tarifa plana de 2,30 euros por trayecto, aumentar las rutas, establecer servicios nocturnos y hacer que sean más puntuales y frecuentes.

Manchester fue el gran laboratorio de ideas liberales y el mostrador de la Revolución Industrial, escenario de la emancipación de los trabajadores a través del comercio internacional. Como alcalde de la gran zona metropolitana ha tenido poderes en materia de transporte, vivienda, educación, policía y bomberos, y cree que esa forma de gobernanza llamada “manchesterismo” puede funcionar también en el conjunto del país. Aunque una cosa son cinco millones de habitantes (con una economía mayor que la galesa, eso sí), y otra muy distinta setenta. Los modelos en los que se inspira son Osaka y Austin.

Hincha del Everton, es hijo de un católico y una protestante, su mujer es holandesa y cree que el Brexit es un desastre

No sería la primera vez que una alcaldía es la plataforma a la Jefatura de Gobierno, con precedentes como Jacques Chirac (París), Willy Brandt (Berlín), Boris Johnson (Londres) y los presidentes de EE.UU Grover Cleveland y Calvin Coolidge. Pero antes tiene que conquistar el escaño por Makerfield, ese lugar que pocos sabrían colocar en el mapa.

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