El universo de las competiciones del fútbol nos sostiene en pie en esta vida fluida y un poco demencial. El mundo puede estar viniéndose abajo, las estaciones, zarandeadas por la emergencia climática –ya no se sabe si llover mucho, si vivir bajo una campana de calor o simplemente normalizar ver vararse ballenas en Sitges y alergias todo el año–, y gente con serios problemas mentales al frente de países e instituciones. Pero en lo que respecta al fútbol, la Liga (y los Mundiales y Eurocopas de todas las categorías) llegan puntuales, inevitables, familiares. Y los culebrones. Los fichajes. Las máquinas publicitarias de los equipos a toda máquina. La mueca de autosuficiencia no se nos ha quitado aún de la cara, cuando los palmeros del Real Madrid han tratado de hacer ver que lo que había pasado, no había pasado. Dos años más en blanco y sin jugadores suyos en la selección. Y han sacado debates divertidísimos que rentabilizan en redes. Que si la cantera del Real es mejor que la del Barça, que si Carvajal y Gonzalo, que si Mbappé es el nuevo Puigdemont, y como colofón, Florentino enfrentándose con todas las artimañas posibles a una especie de alter ego más guapo, más joven e igual de rico que él. Ganará Floren , pero ya ha visto el futuro y se ha asustado, porque en algún momento, él ya no está.
El universo de las competiciones del fútbol nos sostiene en pie en esta vida fluida y un poco demencial. El mundo puede estar viniéndose abajo, las estaciones, zarandeadas por la emergencia climática –ya no se sabe si llover mucho, si vivir bajo una campana de calor o simplemente normalizar ver vararse ballenas en Sitges y alergias todo el año–, y gente con serios problemas mentales al frente de países e instituciones. Pero en lo que respecta al fútbol, la Liga (y los Mundiales y Eurocopas de todas las categorías) llegan puntuales, inevitables, familiares. Y los culebrones. Los fichajes. Las máquinas publicitarias de los equipos a toda máquina. La mueca de autosuficiencia no se nos ha quitado aún de la cara, cuando los palmeros del Real Madrid han tratado de hacer ver que lo que había pasado, no había pasado. Dos años más en blanco y sin jugadores suyos en la selección. Y han sacado debates divertidísimos que rentabilizan en redes. Que si la cantera del Real es mejor que la del Barça, que si Carvajal y Gonzalo, que si Mbappé es el nuevo Puigdemont, y como colofón, Florentino enfrentándose con todas las artimañas posibles a una especie de alter ego más guapo, más joven e igual de rico que él. Ganará Floren , pero ya ha visto el futuro y se ha asustado, porque en algún momento, él ya no está.Seguir leyendo…
El universo de las competiciones del fútbol nos sostiene en pie en esta vida fluida y un poco demencial. El mundo puede estar viniéndose abajo, las estaciones, zarandeadas por la emergencia climática –ya no se sabe si llover mucho, si vivir bajo una campana de calor o simplemente normalizar ver vararse ballenas en Sitges y alergias todo el año–, y gente con serios problemas mentales al frente de países e instituciones. Pero en lo que respecta al fútbol, la Liga (y los Mundiales y Eurocopas de todas las categorías) llegan puntuales, inevitables, familiares. Y los culebrones. Los fichajes. Las máquinas publicitarias de los equipos a toda máquina. La mueca de autosuficiencia no se nos ha quitado aún de la cara, cuando los palmeros del Real Madrid han tratado de hacer ver que lo que había pasado, no había pasado. Dos años más en blanco y sin jugadores suyos en la selección. Y han sacado debates divertidísimos que rentabilizan en redes. Que si la cantera del Real es mejor que la del Barça, que si Carvajal y Gonzalo, que si Mbappé es el nuevo Puigdemont, y como colofón, Florentino enfrentándose con todas las artimañas posibles a una especie de alter ego más guapo, más joven e igual de rico que él. Ganará Floren , pero ya ha visto el futuro y se ha asustado, porque en algún momento, él ya no está.
En algún momento, se renunció al periodista por el forofo que habla no a quien quiere saber qué pasa, sino a quién quiere que le den la razón más allá de toda lógica. El producto funciona. Llucia Ramis dice que todo empieza primero en una isla, y aprovechando el rebufo, todo pasa primero en el mundo del periodismo futbolero y luego pasa a la política, al entretenimiento, a las relaciones.
Ver a la gente del City emocionando a Guardiola nos enorgullece pero nos hace sentir mal
Uno de los debates más idiotas de esos cenáculos dolidos por una España sin madridistas –y que no dijeron nada de alineaciones sin jugadores patrios jornada tras jornada–, es decidir si Pep Guardiola es el mejor entrenador de la historia. El producto televisivo es, claro, negarlo. No el mejor –algo subjetivo, no es necesario poner podios pero sí respeto–, pero al menos confrontarlo con argumentos con otros colegas y sus épocas. No. Las razones del ninguneo son evidentes pero siempre desmentidas: ser del Barça, catalán, independentista, culto, argumentativo, curioso, valiente, políglota…
Pero en la despedida de Guardiola del Manchester City también hay margen para nuestra autocrítica culé. Más que margen hay un boquete. Las maneras, los modos, los tempos en que se ha gestionado su salida del equipo inglés. Cómo se ha comunicado, celebrado, expresado una despedida deja sensaciones amargas ante la impotencia de lo mal que se nos da a nosotros hacer estas cosas. Junto al orgullo de que Pep sea uno de los nuestros, está el que le quieran tanto, le reconozcan no solo el trabajo sino la implicación absoluta laboral pero también emocional, está la pena de que todos los que se nos van antes de tiempo lo hacen por la puerta de atrás o con zonas misteriosas, verdades alternativas, sillas lanzadas o con el rumor social de ser un mercenario, desagradecido, un lastre económico o un problema de exceso de equipaje. Ver a la gente del City dentro y fuera del estadio, en las calles, los distintos personajes –el niño/chaval del taxi, Noel Gallagher, los meros aficionados– dando las gracias a Guardiola, emocionándole, pero especialmente, vinculándole de por vida a nivel profundo y afectivo a esa ciudad y ese club, da, repito, orgullo, valor en lo justo que es todo eso pero también es en cierto modo un espejo deformante de lo mezquinos, patosos, desagradecidos y chapuceros que podemos llegar a ser en el desamor. No sabemos despedirnos de nuestros amores. Parece que tenemos que dejar de quererles, humillarles, difamarles, denunciarles y antes de ningunearles para que no levanten la cabeza y no nos duela tanto. Pero duele más. Nos hace sentir mal. Los perdemos. Quizás para siempre.
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