El deseo es un animal imposible de abatir con las armas de la lógica. Azaroso, burlón y fullero, es habilidoso cebando trampas. Uno de sus juegos preferidos es la paradoja de lealtades. Querer una cosa y la contraria. Estos casos tienen mala resolución. Ganar es perder y perder es ganar. El beneficio, caso de haberlo, no es limpio. Pero el perjuicio tampoco lo es en términos absolutos. Añadamos un plus dramático y exagerado: son situaciones de las que muchas veces se sale riendo y llorando al mismo tiempo.
El deseo es un animal imposible de abatir con las armas de la lógica. Azaroso, burlón y fullero, es habilidoso cebando trampas. Uno de sus juegos preferidos es la paradoja de lealtades. Querer una cosa y la contraria. Estos casos tienen mala resolución. Ganar es perder y perder es ganar. El beneficio, caso de haberlo, no es limpio. Pero el perjuicio tampoco lo es en términos absolutos. Añadamos un plus dramático y exagerado: son situaciones de las que muchas veces se sale riendo y llorando al mismo tiempo.Seguir leyendo…
El deseo es un animal imposible de abatir con las armas de la lógica. Azaroso, burlón y fullero, es habilidoso cebando trampas. Uno de sus juegos preferidos es la paradoja de lealtades. Querer una cosa y la contraria. Estos casos tienen mala resolución. Ganar es perder y perder es ganar. El beneficio, caso de haberlo, no es limpio. Pero el perjuicio tampoco lo es en términos absolutos. Añadamos un plus dramático y exagerado: son situaciones de las que muchas veces se sale riendo y llorando al mismo tiempo.

Argentina me importa, futbolísticamente hablando, entre poco y nada. Pero ansío que Messi gane su segundo Mundial, supere a Maradona en el imaginario del planeta fútbol y certifique que no solo en juego, sino también en títulos, no se admiten comparaciones con él. De bien nacido es ser agradecido. Y los barcelonistas tenemos mucho todavía que agradecerle al pequeño extraterrestre argentino. Pero ¡me cachis en la mar!, también quiero que la roja regrese a España con su segundo campeonato del mundo en el zurrón dieciséis años después. Que la alegría se desborde en las calles y plazas, que muchos de mis amigos y gente cercana se dé un atracón de autoestima. Y que esta nueva generación de futbolistas que enamora a cualquiera que le guste el fútbol conquiste el derecho a coserse una estrella propia en la camiseta con la que juegan.
Vislumbro una Argentina que en realidad es el marrullero Atlético del Cholo blanqueado por el talento de Messi
A veces son los otros los que deciden por uno. Basta con esperar sentado que los acontecimientos pongan las cosas en su lugar. Pero no ha sido éste el caso. Messi y España se han empeñado en llegar a la final. Así que toca deshojar la margarita en primera persona: Messi, España, Messi, España….
Soy prisionero de la paralasis por el análisis. Un análisis que, por otra parte, sé positivamente que no va a llevarme a ningún lugar. Así que, tratando de recuperar el ánimo práctico he decidido alargar la vida de esta aventura poliamorosa hasta el segundo previo al inicio del partido. ¿Y después? Después será lo que tenga que ser. Pero con el primer toque de balón la incógnita ha de estar despejada: ¿churras o merinas?
La salida natural del embrollo es la que señalábamos al principio: reír y llorar. Cantar todos los goles, celebrar la victoria del que gane y acompañar en el dolor al que pierda el envite. Pero eso es, según mi parecer, propio de gente floja y queda bien. El fútbol exige al aficionado básico como un servidor tomar partido y contarse de inicio entre los de uno u otro bando. Mojarse y mostrar una clara preferencia. Aunque quizás sepa ya lo que va a suceder y todo esto no sea más que literatura banal. Si cierro los ojos veo a los argentinos acariciando el tobillo de Olmo, Yamal o Cubarsí y se aclara el horizonte. Vislumbro una Argentina que en realidad es el marrullero Atlético de Madrid del Cholo Simeone blanqueado en esta ocasión por el talento de Messi. Basta esta imagen para recuperar mi lugar. Adiós poliamor, hola, España.
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