Dos derrotas del Real Madrid en la Liga, por ninguna del Barça en las nueve primeras jornadas, conducirán el enfrentamiento de las dos potencias a un triple supuesto: campeonato probablemente decidido si gana el equipo de Flick, apreciable ventaja de seis puntos en caso de empate y golpazo de cuidado si pierde. Estamos en la última semana del mes de octubre y casi se puede hablar del síndrome Halloween en la Liga española, condicionada por un calendario que invariablemente encaja el denominado clásico por estas fechas, sazonado hoy con el regreso de Mourinho al Camp Nou y las particulares vibraciones que eso significa.
Dos derrotas del Real Madrid en la Liga, por ninguna del Barça en las nueve primeras jornadas, conducirán el enfrentamiento de las dos potencias a un triple supuesto: campeonato probablemente decidido si gana el equipo de Flick, apreciable ventaja de seis puntos en caso de empate y golpazo de cuidado si pierde. Estamos en la última semana del mes de octubre y casi se puede hablar del síndrome Halloween en la Liga española, condicionada por un calendario que invariablemente encaja el denominado clásico por estas fechas, sazonado hoy con el regreso de Mourinho al Camp Nou y las particulares vibraciones que eso significa.Seguir leyendo…
Dos derrotas del Real Madrid en la Liga, por ninguna del Barça en las nueve primeras jornadas, conducirán el enfrentamiento de las dos potencias a un triple supuesto: campeonato probablemente decidido si gana el equipo de Flick, apreciable ventaja de seis puntos en caso de empate y golpazo de cuidado si pierde. Estamos en la última semana del mes de octubre y casi se puede hablar del síndrome Halloween en la Liga española, condicionada por un calendario que invariablemente encaja el denominado clásico por estas fechas, sazonado hoy con el regreso de Mourinho al Camp Nou y las particulares vibraciones que eso significa.
Una absurda tesis, desmontada casi de inmediato, sostenía que el actual Mourinho –63 años, entrenador de siete equipos en las últimas 12 temporadas– había entrado en la fase senatorial de su vida. Resultaba gracioso ver cómo reprimía su perturbador instinto en beneficio del aplomo que se atribuye al correr de la edad. Era una versión impostada, de evidente carácter teatral, que duró todo lo que tardó en consumirse su mecha corta.
Florentino Pérez no le ha recuperado para comportarse como un dandi. Sabe que los leopardos nunca cambian su moteado. Nacen y mueren con él. El presidente sabe de qué pasta está hecho Mourinho y le quiere en su estado básico: confrontacional, maniqueo, divisivo. Le contrató hace 16 años en el apogeo del Barça que dirigía Guardiola y le ha recuperado ahora, después de dos años vacíos de títulos, en medio de la revolución que ha plasmado Hansi Flick en un equipo que ha pasado del decaimiento al fervor.
Con todos los matices que se quieran, se repite la historia. El Madrid necesita recuperar el pulso con rapidez. Su hinchada está inquieta. Huérfano de éxitos, a pesar de la presencia de estrellas como Mbappé, Vinícius y Bellingham, el club ha entrado en una fase delicada, con multitud de frentes abiertos, desde el conflicto con los vecinos del barrio –el único rival verdaderamente temible para Florentino es la calle, como también se vio en la respuesta de los ingleses en la Superliga– hasta el largo enfrentamiento con la UEFA, la Liga y la Federación Española, pasando por su reactivada colisión –caso Negreira– con el Barça, solitario compañero de fatigas en la frustrada creación de la Superliga y enemigo total después del abandono de Laporta.

Son momentos delicados en el club, que viene de los anticipados comicios que refrendaron a Florentino como presidente, pero concedieron a su desconocido adversario, Enrique Riquelme, un 35% de los votos. Demasiados frentes de batalla abiertos, incluido el que destruyó al equipo la temporada anterior: dos entrenadores despedidos, divismo consentido de algunos jugadores, el capitán Valverde en el hospital después de una pelea en el vestuario y la indigestión del segundo puesto en la Liga, a 18 puntos del Barça.
La respuesta de Florentino ha sido Mourinho, como cabía esperar. Siempre fue su entrenador, el técnico al que lloró cuando se fue del Madrid en el 2013 y al que desde entonces ha atribuido un mérito esencial en la saga de éxitos en la Champions: seis en los últimos 12 años. “Mourinho forjó el carácter competitivo del equipo”, suele comentar Florentino. Tarde o temprano, y sobre todo en un momento de fragor ambiental, tiraría del técnico portugués para regresar al club.
A Mourinho le han confeccionado la mejor plantilla en años, con un déficit al que sólo Güler se atreve a responder. Al medio campo le ha sobrado espesor físico y le ha faltado finura creativa, pero el joven turco no espera a nadie. Aprovecha tanto las oportunidades que su titularidad no se discute, pero su reciente y merecida notoriedad como director de orquesta ha llegado después de dos derrotas en la Liga, problema más que suficiente para que Mourinho desechara su breve papel de Séneca del fútbol y recuperar al fragoroso que lleva dentro, el que hoy regresa al Camp Nou tal y como le conoció la hinchada del Barça en otra época.
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