La crisis fiscal francesa enfrenta a una generación atrapada entre el paro, la deuda y un Estado del bienestar que ya no puede prometer lo mismo a todos. Leer La crisis fiscal francesa enfrenta a una generación atrapada entre el paro, la deuda y un Estado del bienestar que ya no puede prometer lo mismo a todos. Leer
En algunos círculos se lleva tiempo sugiriendo que Europa se puede descoser por Francia, donde el roto no es mucho mayor que en otros países, pero parece que quede costura que pueda unir las necesidades del país con los costes que son necesarios para cubrirlas. El más romántico y menos financiero de los poetas francés, Nerval, abrió su soneto más oscuro llamándose príncipe de una torre abolida, heredero de un título sin edificio. Eso exactamente es hoy un francés de 20 años: titular de un contrato social magnífico cuya casa ya se vendió para pagar otras deudas. Hay países que se vuelven viejos y que buscan en el pasado ideas revolucionarias, casi siempre mal reinterpretadas. Francia está en llamas. Es el Estado que más gasta de la Eurozona después de Finlandia, un 57,3% del PIB en 2025. Lo hace contemplada por una generación que siente que no figura en el reparto de lo que ese gasto financia. Las hogueras son de octubre, pero el fuego en los ojos de los jóvenes es una indignación más antigua.
Los planes de ajuste de Macron han sido el desencadenante. El proyecto de presupuesto para 2027 plantea 54.000 millones de reducción de gasto, 43.000 de ellos en medidas nuevas, repartidos en un 60% de recortes y un 40% de ingresos, para bajar el déficit del 5,4% al 5% y volver por debajo del 3% en 2029. La partida electoralista y delicada de siempre, las pensiones, que pesaban el 13,4% del PIB en 2024, quedaron fuera de posibles ajustes porque las reacciones a cualquier insinuación en esa dirección fueron furibundas. En diciembre de 2025 la Asamblea Nacional aprobó el presupuesto de la Seguridad Social con la suspensión de la reforma que elevaba la edad de jubilación de 62 a 64 años, prorrogada hasta enero de 2028, con un coste reconocido de 400 millones en 2026 y 1.800 millones en 2027. Fue el precio de la gobernabilidad. Lo suele ser. Cada vez somos más viejos, pero queremos retirarnos antes. No cuadra.
Para los jóvenes, todo suena diferente. En el último trimestre de 2025 el paro de los franceses de 15 a 24 años subió 2,4 puntos hasta el 21,5%, el nivel más alto desde 2021, mientras el de los mayores de 50 se quedaba en torno al 5%. Cuatro veces. No hay discurso que consuele esa diferencia. En el mismo país, bajo el mismo techo fiscal, con la misma economía, uno de cada cinco jóvenes busca trabajo y uno de cada veinte mayores lo busca también. Hay sociedades que llaman solidaridad a un contrato que es intergeneracional, pero los jóvenes europeos comienzan a leerlo como «el estado de bienestar para los mayores y la deuda para nosotros».
Los mercados, sin piedad, ya han puesto precio a ese contrato. La prima francesa ronda los 145 puntos básicos y rebasó los 150 a principios de mes, máximos desde finales de 2011. El bono a diez años tocó el 4,96% el 1 de octubre, cota que no se veía desde julio de 2002. El tipo medio ponderado al que Francia ha colocado su deuda a medio y largo plazo en 2026 ha subido al 3,55%, desde el 3,14% del año anterior, y esa cifra discreta, que aburre a muchos, es el verdadero termómetro del problema. Es la medida en euros de lo que cuesta no decidir. La deuda alcanzó el 119% del PIB en el segundo trimestre, unos 3,6 billones, y llegará al 121,7% en 2027, con una emisión récord de 340.000 millones y una carga de intereses del Estado que salta de 62.600 a 72.900 millones en un solo ejercicio ¿Quién paga? Hay un dato todavía más preocupante, el 40% de la deuda corporativa francesa con grado de inversión cotizaba por debajo del rendimiento de un título del Tesoro de vencimiento comparable. Traducción no técnica: el mercado considera que 215.000 millones en bonos de empresas privadas son más fiables que la deuda de la República.
Alberto Alesina y Allan Drazen explicaron hace más de tres décadas por qué los ajustes fiscales necesarios se retrasan, y su modelo describe la situación francesa actual. Cuando varios grupos se niegan a pagar la factura, cada uno resiste apostando a que el otro cederá primero, y el ajuste llega el día en que alguien se rinde. No tengo muy claro que a los jóvenes franceses se les haya siquiera invitado a opinar. Hay un jugador que no puede resistir porque jamás fue admitido en la partida. Los jóvenes carecen de organización propia, de peso electoral decisivo y de escaño. Han escogido como veto el adoquín. Por eso la calle es el reverse de la prima de riesgo porque es donde se expresa el descontento que no figura en los mercados.
Flaubert escribió en La educación sentimental la novela de una generación que esperaba una herencia y se quedó esperando. Musset había llamado antes a los suyos hijos del siglo, concebidos entre dos batallas, herederos de un mundo ya gastado por sus padres. El lema que defienden los jóvenes franceses es simple: así ya no se puede vivir. Les hemos construido un Estado protector pero le hemos puesto fecha de caducidad en el día en que justo la necesitan.
Las salidas son técnicas y los deberes morales. Aquí van las propuestas. Son los ingredientes de un presupuesto responsable, si es que eso existe ya. La primera consiste en obligar al Alto Consejo de Finanzas Públicas (y a cada organismo equivalente a este en otros países) a publicar, junto a cada proyecto de ley con impacto financiero, una contabilidad generacional que diga quién paga qué a lo largo de su vida. Lo que no se mide se hereda en silencio.
La segunda consiste en abandonar esa absurda defensa de la menor edad de jubilación posible y sustituirla por una regla automática de revalorización vinculada a la ratio de dependencia, que es aritmética, se aprueba una vez y no vuelve a votarse cada otoño. Contribuir a la sostenibilidad en lugar de que la paguen otros.
La tercera, destinar íntegramente el ahorro de estas medidas (que lo habría) a vivienda y formación para jóvenes.
Y la cuarta, tal vez algo menos vistosa y más urgente, alargar la vida media de la deuda, hoy de ocho años, cuando hay que colocar 340.000 millones en un mercado que ya cobra por la duda.
Nada de esto sucederá antes del 23 de octubre, cuando Moody’s revise una calificación que ya tiene perspectiva negativa, ni antes del 27 de noviembre, cuando le toque a S&P. Una Francia muy quemada elegirá presidente en primavera y el debate se librará entre quienes prometen no tocar nada -lo que paradójicamente aviva el fuego- y quienes prometen tocarlo todo -lo que directamente dinamita el sistema-. Mientras tanto, los hijos del siglo seguirán aprendiendo la única lección que siempre duele que no es otra que la generosidad de un Estado se mide por lo que reparte, pero su justicia se mide por el orden en que lo hace. La Nobel de literatura francesa Ernaux señaló que las épocas se reconocen por lo que una sociedad da por descontado. La Francia de 2026 da por descontado que el ajuste puede esperar.
*Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas. – En X: @franrodfer.
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