La leyenda de los Pérez de las Shetland

Cuando los visitantes extranjeros se marchan del pub de la Mounthooly Street de Lerwick, los lugareños cuchichean e intercambian miradas conspirativas. Con su cabello negro, ojos oscuros y piel olivácea -en contraste con las facciones nórdicas de la mayoría de locales-, ¿no serán tal vez descendientes de los trescientos marineros y soldados que en 1588 sobrevivieron al hundimiento de El Gran Grifón , buque de suministro de la Armada Invencible, en las islas Shetland?

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 Hay el mito popular de que los habitantes de cabello y piel oscura son descendientes de marineros de la Armada Invencible  

Cuando los visitantes extranjeros se marchan del pub de la Mounthooly Street de Lerwick, los lugareños cuchichean e intercambian miradas conspirativas. Con su cabello negro, ojos oscuros y piel olivácea -en contraste con las facciones nórdicas de la mayoría de locales-, ¿no serán tal vez descendientes de los trescientos marineros y soldados que en 1588 sobrevivieron al hundimiento de El Gran Grifón , buque de suministro de la Armada Invencible, en las islas Shetland?

Es un mito extendido -pero sin fundamento genealógico o de ADN- que algunos de esos españoles se mezclaron con nativos durante su breve estancia de alrededor de dos meses en el archipiélago, después de que su barco fuera empujado por las tormentas y feroces vientos del sur hacia Fair Isle -una isla remota entre las Shetland y las Orcadas- y se estrellara contra los acantilados cuando huía de la flota inglesa del capitán Drake, tras el desastre de la batalla de las Gravelinas, e intentaba rodear escocia por el norte.

Un fondo establecido con los beneficios del petróleo, versión mini del noruego, vale casi mil millones de euros

Entre los 23.000 habitantes del archipiélago, que administrativamente forma parte de Escocia, no figura ningún López, ni García, ni Fernández o Martínez. Pero la escritora Ann Cleeves, inspirándose en esa leyenda y esa historia, y buscando un personaje que fuera local pero al mismo tiempo se sintiera como un forastero, creó para sus novelas (llevadas a la televisión por la BBC) el personaje del detective Jimmy Pérez (el actor Douglas Henshall).

La ficción es la ficción, y en la realidad en las Shetland no se producen los crímenes horribles de la serie (la delincuencia es muy escasa), ni hay nadie con apellidos o de descendencia española. Lo que sí hay son muertos. De aquellos trescientos supervivientes de El Gran Grifón que llegaron a Fair Isle utilizando los mástiles de la urca naufragada, medio centenar falleció de hambre o enfermedad y están enterrados en el cementerio junto a una cruz de hierro.

“En Fair Isle, muertos de miedo, de frío y de hambre, encontramos una población de diecisiete hogares muy pobres y sucios, casi salvajes, que vivían en una especie de cabañas, no tenían más que pan de cebada y comían sobre todo pescado que cocinaban con un combustible que sacaban de la tierra y llamaban turba. Y eso que había ganado, pero de las vacas sólo querían la leche y la mantequilla, de las ovejas, la lana y de las gallinas, los huevos”, contó uno de los náufragos en su diario.

Vistos desde la avioneta de ocho plazas que lleva a Fair Isle desde la isla principal de las Shetland, los acantilados donde naufragó El Gran Grifón son imponentes y casi parecería que la aeronave, mecida por el viento, se va a estrellar también contra ellos. Hoy es una comunidad aislada pero no pobre, sin pub ni hospital, una sola tienda que también hace de oficina de correos, y dos iglesias, ambas protestantes pero de denominaciones distintas (es tradición ir los domingos a las misas de ambas). Varias mujeres tejen en sus casas los famosos suéter de lana de estilo escandinavo, parecidos a los de las Feroe, y que compran los almacenes de lujo.

Las Shetland están en el limbo. No se sienten del todo escandinavos ni del todo escoceses

Pero cuando aparecieron los marineros españoles a finales del verano del 1588 las cosas eran muy distintas, y los locales apenas tenían para comer ellos, no digamos para compartir con forasteros. Cuando la noticia de su presencia llegó a oídos del propietario de la isla, un tal Andrew Umphray, en seguida organizó el rescate de los que seguían vivos, e invitó al capitán de El Gran Grifón (Juan Gómez de Medina) a pasar una temporada en su residencia de las Shetland, mientras la tripulación era trasladada a las Orcadas. La leyenda de los Pérez no es descabellada, porque en ese archipiélago se casaron e hicieron raíces algunos, cuyos descendientes son llamados Westray Dons .

Las Shetland están más cerca de Noruega que de Escocia,y no serían parte de Gran Bretaña de no ser porque el rey Christian I se las empeñó en el siglo XV a Jacobo III como garantía del pago de la dote de su hija Margarita, valorada en sesenta mil florines. En 1472, y en vista de que no pudo pagar el dinero, el parlamento escocés se anexionó las islas.

Tal vez por todo eso están en un limbo político e identitario, con una población que no se siente ni del todo escandinava ni del todo escocesa, que no quiere la independencia del Reino Unido pero sí una mayor autonomía (al estilo de las Feroe, o un estatus de territorio de ultramar como la isla de Man), y un mayor pedazo del pastel de su riqueza (tiene los mayores yacimientos de petróleo del país, y captura más pesca que toda Inglaterra y Gales juntos).

El descubrimiento de petróleo en el mar del Norte hace medio siglo cambió su naturaleza, transformándola de una comunidad pesquera a la capital energética del Reino Unido. El Consejo de las Shetland (la autoridad administrativa, integrada en su mayor parte por políticos independientes que no pertenecen a los grandes partidos) negoció con Londres quedarse con un 2.5% de los beneficios del crudo, creando con ese dinero un fondo al estilo del noruego (aunque mucho menor) que hoy vale casi mil millones de euros, y ha permitido desarrollar unas infraestructuras envidiables. Los baños públicos de la Commercial Street de Lerwick (con duchas incluidas) parecen de hotel de cinco estrellas, un conductor de autobús puede ganar 70.000 euros al año, las carreteras están impecablemente asfaltadas y llevan hasta las aldeas más remotas, en el puerto siempre hay anclados varios cruceros turísticos, cada pueblo tiene su piscina climatizada y polideportivo, y hay escuelas que son sólo para uno o dos estudiantes. Pero el presupuesto que dedica Edimburgo es cada vez menor, y está obligando a recurrir al fondo del petróleo.

La gran cuestión del momento es si se explotará (y cuándo) el yacimiento petrolífero de Rosebank, 120 kilómetros al noroeste de las Shetland, con una producción potencial de 500 millones de barriles, cuya licencia concedió el anterior gobierno pero al que se oponen grupos medioambientales. Es uno de los primeros grandes dilemas del primer ministro británico Andy Burnham, que se ha marcado el objetivo de reducir el coste de la vida. Sea cual sea su decisión, podría decir como la canción que Los Tres Sudamericanos hicieron popular en la España de Franco: “Me lo dijo Pérez, que estuvo en Mallorca…” En este caso, en las Shetland.

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