El Papa, contra los tecnooligarcas

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la Inteligencia Artificial (IA). Destruirá empleos a una escala desconocida. Hará las guerras más letales y eficientes (elimina a muchos más enemigos y más deprisa). Puede destruir la Tierra. Y colocará en la cúspide del poder a una generación de multimillonarios sin ningún tipo de control democrático.

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 Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la Inteligencia Artificial (IA). Destruirá empleos a una escala desconocida. Hará las guerras más letales y eficientes (elimina a muchos más enemigos y más deprisa). Puede destruir la Tierra. Y colocará en la cúspide del poder a una generación de multimillonarios sin ningún tipo de control democrático.Seguir leyendo…  

Sam Altman, en el centro, junto a Darío Amodei, en un encuentro en la India  (Photo by Ludovic MARIN / AFP)
Sam Altman, en el centro, junto a Darío Amodei, en un encuentro en la India  (Photo by Ludovic MARIN / AFP)LUDOVIC MARIN / AFP

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la Inteligencia Artificial (IA). Destruirá empleos a una escala desconocida. Hará las guerras más letales y eficientes (elimina a muchos más enemigos y más deprisa). Puede destruir la Tierra. Y colocará en la cúspide del poder a una generación de multimillonarios sin ningún tipo de control democrático.

Las cuatro afirmaciones son discutibles. Pero sirven para entender la magnitud de la gran transformación en la que estamos desde la mejora de las técnicas del “deep learning ” con el uso de las redes neuronales y los nuevos modelos de lenguaje popularizados en 2022.

La pérdida de empleo es la amenaza que más llama la atención. La tecnología siempre ha destruido empleo y ha creado otros. Pero la IA lo hace a una velocidad y con una intensidad muy superior, pongamos por caso, que la primera Revolución Industrial.

Los ingenieros de las Big Tech dicen que no hay marcha atrás. Los economistas son más escépticos. ¿Cómo funcionará una sociedad en la que (casi) todo esté automatizado? ¿Quién consumirá? El cambio, en cualquier caso, ya ha empezado. Las grandes consultoras contratan ya más jóvenes especializados en IA que auditores. Y hace tres días, en el discurso de graduación de la Universidad de Arizona, Eric Schmidt, ex CEO de Google, fue abucheado cada vez que mencionaba la IA.

La teóloga británica Anna Rowlands y uno de los fundadores de Anthropic, Christopher Olah, en el Vaticano
La teóloga británica Anna Rowlands y uno de los fundadores de Anthropic, Christopher Olah, en el VaticanoAlessandra Tarantino / Ap-LaPresse

El miedo a la IA es imprevisible, porque alimenta lo que más temen los gigantes tecnológicos: la regulación, que alguien les controle y supervise lo que hacen. Los primeros signos de angustia por la IA que llegaron a Silicon Valley despertaron dos tipos de reacciones. La más virulenta, la encabezan los partidarios de la aceleración, personajes como Marc Andriessen, Elon Musk o Peter Thiel. Para ellos, frenar el cambio tecnológico por razones humanistas sería una pérdida de tiempo imperdonable. El más furibundo de todos es Peter Thiel, que ha identificado en el progresismo que alimenta el rechazo a la IA al Anticristo y ha declarado como enemigo al pensamiento católico que representa León XIV.

Un fantasma recorre el mundo: tiene forma de desempleo masivo y de poder sin control

El segundo tipo de reacciones ha sido más sutil. Es la de emprendedores como Sam Altman (Open AI) y Darío Amodei (Anthropic). Los dos hablan de riesgo de colapso social, sugieren la necesidad de alcanzar un New Deal , y esbozan la necesidad de un de salario mínimo para los excluidos y de más impuestos para los muy ricos.

Los fundadores de Open AI y de Antrhopic actúan por los mismos intereses comerciales que Musk y Thiel. Pero están menos ideologizados y piensan que un choque frontal puede perjudicarles. A finales de 2026 todos ellos habrán sacado sus empresas a bolsa y serán inmensamente ricos. No quieren ser el centro de las iras de los más perjudicados.

La saga de Anthropic es la más interesante de todas. Dario y su hermana Daniela Amodei fundaron Anthropic en 2021. Nacidos en San Francisco, de origen judío italiano, abandonaron Open AI por diferencias éticas y de seguridad con Sam Altman. Hoy serían lo más parecido a la cara responsable del sector. Se han enfrentado con el Pentágono por no ceder sus algoritmos para programas militares (Donald Trump los ha calificado de izquierdistas y de ser unos wokes ). Son los más abiertamente partidarios de la regulación y han creado programas como Claude o el temido Mythos.

En la Alta Edad Media, en lo que entonces era el centro del mundo, de Roma a Bizancio y Jerusalén, las diferentes Iglesias competían con los gobiernos por el poder terrenal. Su opinión y su fuerza eran determinantes para legitimar las decisiones de los gobiernos, y cuando estos las desoían, los excomulgaban o lanzaban cruzadas y guerras santas.

En el siglo XXI, el Papa León XIV embiste contra la legitimidad del conflicto que enfrenta a Estados Unidos, la primera potencia terrenal, con Irán y al que altos cargos de la Casa Blanca les gusta calificar de guerra santa.

Anthropic destaca cada vez más como la cara “responsable” de la IA

El lunes presentó una Encíclica que reclama embridar una revolución tecnológica que toca la fibra misma de la existencia humana y, sobre la cual, de manera sorprendente, los gobiernos guardan silencio. Prevost presentó la encíclica en persona en una conferencia en la que se hizo acompañar de Christopher Olah, uno de los fundadores de Anthropic, pionero en la “interpretabilidad” de la IA (cómo funcionan por dentro los nuevos modelos de lenguaje).

Olah dijo que las empresas de la IA se enfrentan a presiones comerciales, geopolíticas y personales que pueden entrar en conflicto con los intereses generales. “Existe el riesgo de que las cosas salgan mal, y es nuestra responsabilidad impulsarla en la dirección correcta” dijo. El lunes, en el Vaticano, echó a andar una alianza de futuro incierto, y a Peter Thiel le sentó mal el desayuno.

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