Las primeras informaciones sobre la muerte de un operario de las obras del Camp Nou mientras trabajaba hablan de un hombre rumano de 54 años. ¿Las circunstancias? Con la inevitable frialdad informativa, se enmarcan en la categoría de “accidente laboral”. No hace falta ser vidente para vaticinar que el operario rumano no tendrá una estatua conmemorativa en la explanada del Camp Nou. Su muerte se asumirá como un daño colateral que, pese a las protestas del sindicato CC.OO., no activará grandes indignaciones.
Las primeras informaciones sobre la muerte de un operario de las obras del Camp Nou mientras trabajaba hablan de un hombre rumano de 54 años. ¿Las circunstancias? Con la inevitable frialdad informativa, se enmarcan en la categoría de “accidente laboral”. No hace falta ser vidente para vaticinar que el operario rumano no tendrá una estatua conmemorativa en la explanada del Camp Nou. Su muerte se asumirá como un daño colateral que, pese a las protestas del sindicato CC.OO., no activará grandes indignaciones.Seguir leyendo…
Las primeras informaciones sobre la muerte de un operario de las obras del Camp Nou mientras trabajaba hablan de un hombre rumano de 54 años. ¿Las circunstancias? Con la inevitable frialdad informativa, se enmarcan en la categoría de “accidente laboral”. No hace falta ser vidente para vaticinar que el operario rumano no tendrá una estatua conmemorativa en la explanada del Camp Nou. Su muerte se asumirá como un daño colateral que, pese a las protestas del sindicato CC.OO., no activará grandes indignaciones.
El paisaje laboral de la remodelación del Camp Nou justificaría una docuserie trepidante y llena de giros argumentales, pero, hoy por hoy, se ajusta a la fláccida casuística legal. Eso, en el mundo actual, exige someter derechos y principios a contorsiones varias y obliga al fervor militante a entender que el romanticismo de la justicia absoluta es una utopía.
A Joan Laporta le han criticado su apoyo inequívoco a la selección española
Más riesgos laborales: que Frenkie de Jong haya vuelto del Mundial con la rodilla hecha papilla y unas explicaciones que no convencen ni a la dirección deportiva ni a la directiva. Que el accidente laboral se haya producido lejos del Camp Nou ha reactivado las antipatías que provoca De Jong en parte de la opinión publicada. Al final, el episodio y la lesión perjudican al Barça sin que las autoridades que podrían intervenir (FIFA, UEFA y, a otro nivel, FEF y AFE) tengan previsto corregir una injusticia que lleva durando décadas, pero que, con el calendario actual, se ha agravado.
Quizá porque es consciente del mundo en el que vive, Aitana Bonmatí intenta evitar el accidente laboral con una confesión que rompe la tendencia a los silencios cómplices. Aprovechando su altavoz mediático, la jugadora dice: “No pondré mi cuerpo en peligro”, que debe de significar que existía la posibilidad de, por inercia o disciplina de club, ponerlo en peligro. Bonmatí también ha explicado que llegó al final de la temporada en un estado “de supervivencia”. Es una manera de hablar, ya que hay más darwinismo de supervivencia en las obras del Camp Nou que en la élite del fútbol masculino y femenino.

Otro caso de supervivencia: el presidente Joan Laporta. Después del Mundial, le han criticado su presencia y su apoyo inequívoco a la selección española. Le subrayan la contradicción de, siendo un independentista conspicuo, mostrarse tan entusiasta con el equipo que, al final, ha ganado merecidamente el Mundial. Es un riesgo laboral que debemos entender en un contexto de competencia salvaje y en un mundo regido por unas leyes depredadoras. Laporta ha hecho un ejercicio de pragmatismo diplomático para empezar a ganarse el privilegio de que el nuevo Camp Nou sea, en el 2030, la sede de la final del Mundial. De paso, ha trabajado para fortalecer las relaciones personales (sonrisas, miradas y silencios cómplices, abrazos testosterónicos en palcos y reservados de locales con un derecho de admisión neofeudal) con los individuos (mayoritariamente hombres) que mueven los hilos del tinglado. Un tinglado que, hoy por hoy, se rige más por el lenguaje verbal y no verbal de Vito Corleone que por las inflamadas arengas –los mejores años de nuestra vida han pasado definitivamente a la historia– de Braveheart.
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