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Calderón imaginó el mundo como un gran teatro en el que cada hombre recibía un papel y creía que aquel personaje era suyo. El barroco amaba el exceso, pero detrás del oro, la abundancia y la representación aguardaba siempre el desengaño. Cuatro siglos después hemos levantado otro escenario. Los actores son gobiernos, bancos centrales y mercados, y la obra consiste en pretender que cada uno sigue interpretando únicamente su papel.
Kevin Warsh habló ayer en Jackson Hole del poder de la Reserva Federal sobre el precio del dinero en tiempos donde la economía está en pleno cambio tecnológico. Reconoció que la inflación está lejos de estar bajo control. Mientras, el Tesoro estadounidense hace algo más silencioso. Aumenta las recompras de su propia deuda a largo plazo. Pero retirar bonos antiguos también puede sostener su precio y aliviar la presión sobre los intereses a largo plazo porque financiarlos empieza a doler.
Bienvenidos al teatro de los excesos. Durante décadas el reparto parecía sencillo. Los gobiernos cobraban impuestos, gastaban y se endeudaban. Los bancos centrales cuidaban del dinero y de la inflación. Llegó la crisis y descubrimos que las fronteras son maravillosas mientras no necesitamos cruzarlas. Los primeros fueron los bancos centrales. Comenzaron a comprar cantidades gigantescas de deuda pública para salvar el sistema financiero, evitar la deflación y, más tarde, sobrevivir a una pandemia. Funcionó. Pero el banco central contribuía a reducir lo que los gobiernos pagaban por endeudarse. En Europa esto era aún más delicado porque los tratados prohíben al BCE financiar directamente a los Estados.
Ahora contemplamos el viaje contrario. Warsh quiere que los mercados recuperen protagonismo para decidir cuánto vale el dinero, mientras el Gobierno busca fórmulas para que endeudarse a largo plazo resulte menos costoso. Y después aparecen las stablecoins. La ironía es formidable. Pasamos años preocupados porque los bancos centrales adquirían poderes casi fiscales. Ahora los gobiernos empiezan a adquirir poderes casi monetarios.
Estados Unidos debe ya más de 40 billones de dólares. Cuanto mayor sea la deuda y las dudas sobre el futuro, más puede pedir el inversor. Una pequeña subida del interés aplicada a una montaña de deuda termina siendo una cantidad gigantesca de dinero que ya no puede dedicarse a otras cosas.
Es nuestro Godot, el colapso de la deuda. Llevamos 15 años anunciando su llegada y comprobando que no viene. Cada vez que se acerca alguien cambia el decorado. El peligro es circular. Si los bonos sufren una crisis grave, el banco central tendrá que intervenir porque detrás de ellos están bancos, pensiones, hipotecas y empresas. Y si todos sabemos que siempre acudirá, gobiernos e inversores irán un poco más lejos.
Durante 15 años los bancos centrales aprendieron a comportarse un poco como gobiernos. Ahora los gobiernos empiezan a comportarse un poco como bancos centrales. Calderón sabía que ninguna representación dura para siempre. Al final cae el telón y queda lo que había detrás del decorado. Todos quieren controlar el precio del dinero. Hasta que algún día el dinero decida ponerles precio a ellos.
Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas.
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