Hannah Arendt en Ceuta

En la edición del 12 de agosto, las principales cabeceras europeas incluían un anuncio a toda página con el lema “Las cosas buenas pasan en España”. El deslumbrante eclipse astronómico que cruzó la Península de oeste a este aquel día trataba de proyectar su sombra sobre el otro grave eclipse humanitario y geopolítico de Ceuta, la ciudad española de África ocupada entre los días 30 y 31 de julio por más de setenta mil personas procedentes mayoritariamente de la vecina Marruecos.

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 Alguien ha tratado de poner en evidencia la debilidad no solo de nuestra soberanía en la plaza africana, sino también de nuestras convicciones  

En la edición del 12 de agosto, las principales cabeceras europeas incluían un anuncio a toda página con el lema “Las cosas buenas pasan en España”. El deslumbrante eclipse astronómico que cruzó la Península de oeste a este aquel día trataba de proyectar su sombra sobre el otro grave eclipse humanitario y geopolítico de Ceuta, la ciudad española de África ocupada entre los días 30 y 31 de julio por más de setenta mil personas procedentes mayoritariamente de la vecina Marruecos.

El ministro de Industria y Turismo, Jordi Hereu, tiró de chequera para hacer frente al descrédito internacional de España que alguien ha organizado con el propósito de demostrar las debilidades de un país, uno de los pocos de la Unión Europea que, por ahora, no había sucumbido, al menos no del todo, a la tiranía del miedo al vecino de al lado.

Alguien ha tratado de poner en evidencia la debilidad no solo de nuestra soberanía en la plaza africana, sino también de nuestras convicciones, y lo ha hecho organizando una insólita quedada de miles de jóvenes y no tan jóvenes marroquíes que recibieron en sus smartphones –en sus cuentas de WhatsApp, Instagram, TikTok– una invitación excepcional a cruzar la frontera en la playa del Tarajal el día 30 con la promesa de alcanzar una Europa tan idealizada para ellos como un siglo antes fue América para millones de europeos.

¿Quién ha sido? ¿Quién les ha engañado de ese modo? Cualquiera puede hacer conjeturas. Algo sí sabemos, ninguna autoridad española ni europea se ha atrevido a dar un nombre. Ni tan siquiera a sugerirlo.

Desgraciadamente, si esas 141 víctimas del alud humano fueran, por ejemplo, españolas, italianas o norteamericanas, ahogadas cuando se pisaban unas a otras bajo el agua, como han relatado algunos testigos, estaríamos hablando de días de luto oficial, de juicios, de investigaciones y hasta de represalias sumarias.

¿Veremos algún día a alguien responder por la muerte de las 141 víctimas de la playa del Tarajal?

A las compañías proveedoras de los mensajes se les denunciaría y seguramente se las condenaría a pagar cuantiosas indemnizaciones a las familias, mientras que los autores de los mensajes serían encarcelados acusados de homicidio.

¿Veremos algún día en el banco de los acusados a algún responsable de este crimen respondiendo a las familias de las 141 víctimas del salto en la frontera ceutí? Cuesta mucho imaginarlo.

En Los orígenes del totalitarismo (Alianza Editorial, 2006), la filósofa e historiadora alemana Hannah Arendt (1906-1975), exiliada en Estados Unidos junto a numerosos amigos, intelectuales judíos como ella que huyeron del nazismo, subraya la imprescindible condición de ciudadano para ejercer los propios derechos, entre ellos, el derecho a la justicia.

“Parece –escribe Arendt a partir de su propia experiencia vital y política– como si un hombre que no es nada más que un hombre hubiera perdido las verdaderas cualidades que hacen posible a otras personas tratarle como a un semejante”.

Dicho de otro modo: si no eres ciudadano de un país, si careces de una patria y no tienes un pasaporte, tu vida corre el riesgo de, sencillamente, no ser tenida en cuenta. Eso es lo que hizo el totalitarismo con millones de personas en Europa en el siglo XX. Negarles el derecho y el ser. Fue el siglo de los apátridas.

Ahora, en las playas de Ceuta, en las plazas de algunos barrios de la periferia de la ciudad, escondidos en los montes cercanos que la rodean, hay algunos millares de personas que se hallan ante ese mismo trance, ante la posibilidad de no ser, la cancelación de los derechos del que nos habla Arendt.

Son los jóvenes que saltaron la valla en búsqueda de una nueva ciudadanía y han quedado a medio camino en el limbo de los
a­pátridas

¿Qué haremos con ellos?

En apariencia estamos muy lejos de la experiencia que vivió la generación de Hannah Arendt. Ceuta no tiene nada que ver con aquel pasado y es indiscutible que los ciudadanos ceutíes tienen todo el derecho del mundo a recuperar sus calles, sus playas, sus negocios y su tranquilidad.

Pero no debemos olvidar que hoy el mundo avanza a una velocidad vertiginosa hacia la normalización del menosprecio a los derechos. El menosprecio a los parias, a los diferentes, a los que carecen de lugar. Actuar hoy con prisas para resolver una coyuntura difícil de soportar puede ser letal para muchos de esos jóvenes en un mundo en el que, apenas ya sin rubor, escuchamos a algún político –ni más ni menos que a un diputado nacional– hablar de salir a la caza de inmigrantes. Lo escuchamos y pasamos a la siguiente pantalla en TikTok, como si nada.

El derecho reclama tiempo, serenidad. Si resolvemos de manera injusta la crisis humanitaria de las calles de Ceuta, habrán ganado quienes provocaron esta ­crisis.

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