El ser querido: Cannes se rinde al virtuosismo de Sorogoyen y a la furia compartida de Javier Bardem y Victoria Luengo (*****)

La sección oficial vive una jornada plena con la primera película española de las tres a competición, una historia entre un padre y una hija de abandonos, paternidades heridas y cine. A su lado, James Gray deslumbra con Paper Tiger (****) y Kore-eda debuta confusamente en la ciencia-ficción con Sheep in the Box (***) Leer La sección oficial vive una jornada plena con la primera película española de las tres a competición, una historia entre un padre y una hija de abandonos, paternidades heridas y cine. A su lado, James Gray deslumbra con Paper Tiger (****) y Kore-eda debuta confusamente en la ciencia-ficción con Sheep in the Box (***) Leer  

Lo complicado siempre es empezar. Y no lo decimos tanto nosotros, que también, como la primera ley de Newton, la de la inercia que todo lo arrastra y que no hay manera de parar. Uno se sienta a oscuras en el cine y todo lo que no sea un travelling que arranque con un primer plano de un hombre con una bomba en las manos, o con una persecución policial sobre los tejados de San Francisco, o con, simplemente, una puerta que se abre al horizonte a contraluz, se antoja, como poco, perezoso.

Uno de los pioneros de este invento mantenía que una película tenía que empezar con un terremoto y de ahí, hacia arriba. Y Rodrigo Sorogoyen hace tiempo que milita en esta creencia con fe ciega. Cada uno de sus trabajos está bendecido por una primera secuencia electrificada.As bestas, por ejemplo, empezaba con la pelea desigual de un hombre y un caballo, y en la tensión puramente animal de las pieles entrelazadas se resumía perfectamente la brutalidad callada y explosiva que vendría después.

Lo que hace en El ser querido, la primera de las tres películas españolas que figuran en la lista de honor de la competición de Cannes, roza el milagro. Cara a cara, un padre y una hija se vuelven a ver después de 17 años. El encuentro es en un restaurante. Tienen mucho que contarse, pero les faltan las palabras. Tienen aún más que reprocharse, pero les fallan las fuerzas. Les gustaría abrazarse, pero el resentimiento es demasiado profundo y hasta evidente. Podrían incluso pegarse, pero sería demasiado humillante. Y triste. Cada uno guarda una memoria muy diferente, e incompatible entre sí, de lo que llegaron a ser juntos el poco tiempo que eso ocurrió. Quizá lo sensato debería ser perdonarse. Pero para entender el perdón hace falta antes desmontar y volver a montar mil universos. Todo está ahí. Y lo está con un sentido de la precisión, de la violencia y del mismo silencio que abruman.

Cuenta el director que la escena se rodó en una sola toma, sin repeticiones y sin que los intérpretes la preparan juntos. Cuenta eso y que se trataba de dar vida a 10 páginas de guion que, en verdad, no eran más que indicaciones de un deseo. Queríamos un terremoto y lo tenemos. Ahora, si se hace caso a Cecil B. DeMille, solo queda tirar para arriba.

Y eso ocurre.

El ser querido cuenta la historia de un director de cine y una actriz. Él es Javier Bardem en una de sus más logradas (y ya son unas cuantas) exhibición de sí mismo y ella, Victoria Luengo en el papel de la parte de su carrera que llega hasta hoy. Es solo el inicio. Son, ya se ha dicho, padre e hija. Él da vida a un cineasta de fama mundial que regresa a su país para reconciliarse con los suyos y, lo más importante, consigo mismo. Quiere que la hija que tiempo atrás abandonó sea la protagonista de su próxima película. Quiere algo parecido al perdón, pero no solo eso. A ella, por su parte, le bastaría con entender algo de lo que pasó para llegar a comprender lo que le pasa.

Lo que sigue es la historia de un rodaje de cine. Cine dentro del cine. Ficción contra ficción. Se trata de un tema clásico en la historia del cine que, de repente, vive ahora su momento de gloria. Como mínimo, cuatro películas notables (la de Farhadi, la de Almodóvar, la de Schoenbrun y ésta) se ocupan del mismo argumento en un intento, quizá, de huir de una realidad tan en horas bajas como la que vivimos o, mejor, de reivindicación de la fabulación como la única manera de salvarnos. Nos quedamos con la segunda opción. Sea como sea, el ejercicio de cine que firma Sorogoyen quiere y aspira a más.

El ser querido
Javier Bardem y Victoria Luengo en un momento del rodaje de ‘El ser querido’, de Rodrigo Sorogoyen.MOVISTAR PLUS+

Sobre la superficie de la pantalla, el relato del padre se da de bruces con el de ella de la misma manera que el drama familiar se sobrepone sobre el drama histórico que se filma dentro (dentro de dentro, se podría decir). La película en el interior de la película habla de un lugar del mundo desamparado por sus colonizadores. Habla de un Sáhara dejado a su suerte por un país, España, que simplemente se despreocupó de sus responsabilidades y deberes, los dos morales, además de políticos. Y lo mismo vale para una mujer que fue abandonada cuando apenas era una niña por un hombre que aspiraba a ser el gran cineasta que, por fin y a la vuelta de los años, ha conseguido ser. De la misma manera, el conflicto moral e íntimo acaba por ser político y, por tanto, de todos.

En un depurado y magnético juego de espejos, el director mezcla elementos, sublima formatos y enreda mecanismos en un intento de quebrar el hilo que teje el sentido mismo de lo real. Y así, hasta construir un laberinto formal que también lo es emocional. Si cataclismo es la escena apertura, hecatombe es el momento del rodaje rodado (todo es duplicación) en el que hasta lo más elemental se rompe, en el que el padre que no fue se lanza en su papel de director-dictador a su última y frustrada oportunidad. Se trata de un instante de inquietud y agonía que lo es en la misma medida de simple y brutal incomodidad. La película, en sentido riguroso, no avanza, no quiere hacerlo, no estamos hablando ni de redención ni del perdón de antes. Todo obedece a un ritual repetido de incomprensión, dolor y renuncia. Y así, hasta un momento final, espejo del terremoto del principio, en el que la emoción sencillamente se desborda. Brillante.

Lo que queda es la confirmación de un director (cineasta antes que realizador) que, tras un largo viaje a través de cinco películas y unas cuantas series entre la desconstrucción del género más clásico y el virtuosismo, ha encontrado su sitio. Hacia arriba. Qué inolvidables arranques, por cierto, los de Sed de mal, Vértigo y Centauros del desierto. Y el de El ser querido.

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