A la entrada del aparcamiento del Embolsamiento, una superficie asfaltada para descongestionar el tráfico en Ceuta, un enorme cartel recibe a todos los vehículos que suelen esperar horas antes de cruzar a Marruecos: “Prohibido tocar el claxon, zona hospitalaria”. Pero allí, en los alrededores de la explanada, habilitada con carpas militares para acoger inmigrantes, hace semanas que no se escuchan pitidos. De los vehículos, policiales o sanitarios, que pasan por la barriada de Loma Colmenar, solo salen sonidos de sirenas. También el de algún disparo al aire. El ruido que desespera a los vecinos es el griterío, constante, de cientos de marroquíes que se han asentado a los pies de sus viviendas a la espera de acceder al interior del recinto para conseguir una cama donde dormir.
Los marroquíes que esperan entrar en el centro de acogida de Loma Colmenar han quebrado la rutina de los vecinos de Loma Colmenar, que se sienten discriminados por las autoridades e invadidos por los extranjeros
A la entrada del aparcamiento del Embolsamiento, una superficie asfaltada para descongestionar el tráfico en Ceuta, un enorme cartel recibe a todos los vehículos que suelen esperar horas antes de cruzar a Marruecos: “Prohibido tocar el claxon, zona hospitalaria”. Pero allí, en los alrededores de la explanada, habilitada con carpas militares para acoger inmigrantes, hace semanas que no se escuchan pitidos. De los vehículos, policiales o sanitarios, que pasan por la barriada de Loma Colmenar, solo salen sonidos de sirenas. También el de algún disparo al aire. El ruido que desespera a los vecinos es el griterío, constante, de cientos de marroquíes que se han asentado a los pies de sus viviendas a la espera de acceder al interior del recinto para conseguir una cama donde dormir.
Abdelwahed vive en el primer piso de uno de los edificios de la avenida Cadí Iyad con soportales abiertos, en los que han colocado cámaras de vigilancia por la inseguridad que sienten. Apoyado en la barandilla, narra en una descripción que va oscilando de la indignación a la desesperación lo que ve ahora cada vez que sale de su casa: al frente, operarios que despliegan más camas en el centro provisional de acogida; a la derecha, antidisturbios conteniendo a cientos de inmigrantes que se agolpan a las puertas del Embolsamiento; a la izquierda, más extranjeros levantando con lonas y maderas tiendas para cubrirse por la noche porque amenaza con lluvia; y debajo, el cordón de plástico con el que han delimitado su fachada. Y dentro de su vivienda, el telediario que informa que el Gobierno ha habilitado 3.300 plazas para atender a personas migrantes en Ceuta. Pero se preparan otras 3.000. “No podemos dormir. Son las 02:00 de la madrugada y siguen cantando, bailando, peleándose, porque no tienen otra cosa que hacer”, detalla mientras señala cómo las personas que se agrupan debajo miran la infinito.

Un piso más arriba vive una ceutí musulmana que pide no ser identificada. Lleva mascarilla, pero no por el olor que invade el edificio. Tampoco por el miedo a un contagio. Desde hace diez días a su velo habitual ha añadido el cubrebocas para que ningún inmigrante fotografíe su rostro. La mujer, nacida en Ceuta hace más de cinco décadas, denuncia que los musulmanes que se niegan a ayudar a los marroquíes que siguen en la calle están siendo víctimas de campañas de señalamiento en redes sociales. Listas negras. “Encima de que han invadido nuestra convivencia, nos graban para propagar que somos unos traidores. Si sale mi cara no puedo volver a pisar Marruecos”, lamenta la madre de familia, que se pregunta “dónde están los militares cuando se les necesitan”. “Pago todos mis impuestos, pero en la periferia nos sentimos ceutíes, y españoles, de segunda”, denuncia.
Los habitantes de los bloques colindantes, hartos del caos bajo sus casas, dicen sentirse “ceutíes de segunda”
Ambos vecinos coinciden en que el descanso se ha vuelto inexistente, que arrastran una fatiga que les hace tener pesadillas. Se acerca otra propietaria, de la misma planta, que ha salido al pasillo para ver qué sucedía en la calle, donde han subido los decibelios. La Policía ha tenido que dar un golpe de autoridad cuando varios migrantes trataban de colarse en la fila, ante los gritos de otros. Fátima, a quien no le importa dar su nombre, pero no el apellido, explica que ha tenido que aprovechar a primera hora del día, cuando los migrantes seguían arropados en mantas sobre el suelo, para hacer unos recados. “Tengo que ir escondiéndome, como si fuese una rata, por mi barrio. No hay derecho. No podemos tener una vida como antes”, cuenta. Los tres entienden como “antes” su vida previa a la avalancha en El Tarajal, cuando vivían en un bloque en el que los niños jugaban en la calle. Ahora no se ve ninguno. Pero, sobre todo, en sus vidas hay un “antes” y “después” a cuando el Gobierno anunció, a través de su portavoz, que el Embolsamiento que tienen frente a ellos acogería a cientos de inmigrantes.

El Gobierno confirma que está dispuesto a habilitar 6.000 plazas para sacar a todos las personas de las calles
El Ministerio de Migraciones no confirma si el aparcamiento se ampliará, pese al descontento vecinal. Pero los movimientos de ayer en el interior del recinto señalaban la evidencia: decenas de catres verdes se iban apilando ante la estructura metálica de una carpa sobre la que colocaban toldos blancos a toda velocidad. La llegada de nueva logística ha provocado un efecto llamada entre migrantes que, hasta ahora, permanecían en otros puntos de la ciudad. Algunos han llegado desde el otro extremo, la Playa del Trampolín, que ayer también seguía sumando líneas de chozas. Cada vez son más reacios a hablar con la prensa. Los que están en las filas no se mueven un milímetro para no perder su puesto; los que se sitúan en la acera de enfrente, asumiendo que su turno no llegará pronto, no pierden de vista las pantallas de sus teléfonos, por las que les llegan rumores de que pronto se abrirán, en otros espacios, nuevas plazas. En sus móviles se cuelan los bulos. Karim, un taxista ceutí que habla árabe, traduce un vídeo en el que un joven asegura que entrar en un centro temporal es el salvoconducto para cruzar a la Península. La realidad es otra: la acogida de los adultos marroquíes, con casi nulas posibilidades de acogerse a la protección internacional, será el paso previo a la devolución a su país.
Los marroquíes que se acumulan en el asentamiento que parece una olla a presión también denuncian el acoso que sufren cada noche. Un grupo señala en el suelo las cáscaras rotas de los huevos que la pasada madrugada les lanzaron desde balcones. También hay botellas rotas. El pasado fin de semana, un menor de edad, parte médico en la mano, mostraba la herida que le habían hecho al clavarle un punzón. Otro aseguraba que los moratones en sus brazos eran fruto de las patadas que le habían dado durmiendo.

En lo que sí coinciden ceutíes e inmigrantes es en que la situación tomaría otro rumbo si el Gobierno sacase de la calle a los que aún pasan los días en ellas. Ayer, el designado como mando único, el ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, confirmó que el Gobierno habilitará hasta 6.000 plazas en Ceuta. Una cifra que no cuadra con los números que ofrece Interior, desde donde insisten en que son 5.000 las personas que continúan sin techo. Tras días de secretismo, ayer se reveló la ubicación de los nuevos espacios para centros: varias parcelas del puerto de Ceuta, terrenos del Ministerio de Vivienda y el acuartelamiento K-8. No se avanzó cuándo abrirán para no provocar otro efecto llamada entre inmigrantes, pero el simple anuncio ya provocó malestar entre los vecinos. Varias asociaciones amenazaron con movilizaciones.
En Ceuta corre la idea de que la gestión de la crisis se parece cada vez más a una barcaza, que se hunde por el agua que entra por sus agujeros. Cuando las autoridades se centran en taponar uno, surge otro. O dos más.
Expulsados 214 marroquíes desde el 31 de julio
Desde el cruce masivo durante los días 30 y 31 de julio, por el que entraron en Ceuta más de 70.000 personas, han sido expulsados a Marruecos 214 inmigrantes por delinquir, según un informe del Ministerio del Interior. Esta cifra excluye a los regresaron voluntariamente. Fuentes policiales detallan que tres de los expulsados contaban con antecedentes por delitos relacionados con terrorismo yihadista. Además, entre el 10 de agosto y el 31 del mismo mes, 3.519 personas han regresado voluntariamente a Marruecos, que sigue teniendo abierta la puerta en el cruce del Tarajal. Estos retornos voluntarios serían el goteo continuo tras el reguero de regreso en el primer fin de semana
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