Después de seis días de sesudos análisis destinados a escudriñar los motivos por los que la selección española había empatado (y lo que es peor, jugado fatal) contra la debutante Cabo Verde, veinte minutos de buen fútbol ante Arabia lo redujeron retroactivamente todo a palabrería de usar y tirar. Es lo que tiene incrustar casi una semana entre el primer y el segundo partido, una eternidad pulverizada por la inclusión en el once de Lamine Yamal y de una inyección de energía en consonancia con la competición en juego, un Mundial nada menos.
Después de seis días de sesudos análisis destinados a escudriñar los motivos por los que la selección española había empatado (y lo que es peor, jugado fatal) contra la debutante Cabo Verde, veinte minutos de buen fútbol ante Arabia lo redujeron retroactivamente todo a palabrería de usar y tirar. Es lo que tiene incrustar casi una semana entre el primer y el segundo partido, una eternidad pulverizada por la inclusión en el once de Lamine Yamal y de una inyección de energía en consonancia con la competición en juego, un Mundial nada menos.Seguir leyendo…
Después de seis días de sesudos análisis destinados a escudriñar los motivos por los que la selección española había empatado (y lo que es peor, jugado fatal) contra la debutante Cabo Verde, veinte minutos de buen fútbol ante Arabia lo redujeron retroactivamente todo a palabrería de usar y tirar. Es lo que tiene incrustar casi una semana entre el primer y el segundo partido, una eternidad pulverizada por la inclusión en el once de Lamine Yamal y de una inyección de energía en consonancia con la competición en juego, un Mundial nada menos.
Es el turno para que próximamente los sabiondos se den la razón los unos a los otros (se viene otra interminable semana que llenar) con los beneficios que otorga jugar con los extremos abiertos, ubicar a Pedri en una posición más retrasada (y panorámica) e imprimir una mayor velocidad a la circulación de balón, todo verdades como puños pero pequeños detalles al lado de disponer o no de Lamine Yamal y jugar o no con el vigor que requiere la Copa del Mundo.
Todos contentos pues.
También el seleccionador Luis de la Fuente, que podrá dar sentido a la teoría lanzada en la previa sobre lo picadísimos que estaban sus futbolistas por culpa de las críticas recibidas. Un clásico destinado a compactar vestuarios nada original y tirando a ventajista cuando el próximo rival es Arabia y no Francia y cuando pretender el aplauso después de igualar con Cabo Verde es comprar cariño a cambio de nada.

La aparición del de Mataró
Toneladas de retórica vencidas por un solo futbolista. Buenas noticias para un fútbol de élite en tozuda decadencia, donde la rebeldía escasea cada día más. Quizás por eso nos atrae tanto Lamine Yamal (o Michael Olise), un futbolista de apariencia libre rodeado de robots, sucesor de Messi en cuanto a imprevisibilidad. Si la distancia entre las selecciones se estrecha cada vez más es porque faltan jugadores diferenciales y abundan los facturados con el mismo patrón, en una especie de gregarismo homogeneizador que este Mundial está ratificando.
Apenas hay futbolistas contestatarios sobre el césped y menos aún fuera de él. Uno no se imagina a Gianni Infatino campando a sus anchas décadas atrás, cuando los tipos que estaban al otro lado podían ser Johan Cruyff entre calada y calada o Diego Armando Maradona, astro que se rebotaba incluso antes de saber cuál era la causa por la que lo hacía. Hoy, sumisos todos, los futbolistas actúan como marionetas, encajan los cambios sin rechistar (los parones de hidratación y el terrorífico precio de las entradas han sido aceptados con una naturalidad que ni los habitantes de Pionyang) y solo unos pocos nos recuerdan lo que una vez fue su gremio: talentos callejeros escurridizos e indomables. Por eso celebramos a Lamine Yamal, porque, suprimidas las voces propias e independientes (terraplanistas con gafas de color naranja aparte, qué cruz) el balón es el último reducto de expresión individual al servicio de la comunidad. La diferencia entre un 0-0 y un 4-0.
Fuera del campo ya sólo protesta Marcelo Bielsa, a quien no solo se le da por loco sino que se le llama así.
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