El colombiano Simón Mesa convierte su película, una tragicomedia inclasificable a vueltas con los azares de la creación y del alcohol, en el más brillante éxito de la temporada Leer El colombiano Simón Mesa convierte su película, una tragicomedia inclasificable a vueltas con los azares de la creación y del alcohol, en el más brillante éxito de la temporada Leer
Un poeta, la película que no el primo de Loewe, es exactamente lo contrario de casi todo. Es comedia, pero tan agria, dura y melancólica que acaba por doler. Es tragedia, pero tan libre, desprejuiciada y salvaje que, a poco que uno se despiste, no es difícil confundirla con un termostato. O un tubo fluorescente. O ese aparato que usan los lingüistas para distinguir el vocativo del ablativo. Que existe y da corriente. Pero, ¿qué es esto, por dios? Su director, Simón Mesa, es tan consciente de ello -de su irresponsabilidad cinematográfica, llamémoslo así- que si se le pregunta que qué ha hecho, baja la voz, la cabeza y hasta la mirada, y pide perdón.
«En realidad, todo es el resultado de un largo proceso de frustración. Cuando acabé mi primera película en 2020, me sentí exhausto. Yo fui todo en aquella película. El guionista, el productor, el director… Y apenas terminé, la película quedó varada sin que nadie pudiera verla por culpa de la pandemia. Se viven muchos sacrificios y muchos dilemas y, al final, apenas queda nada. Lo cierto es que cuando eres joven, no pasa nada, Todos los esfuerzos son pocos. Estás haciendo cine y eso basta. Pero, de repente, ya no eres tan joven. Yo tengo 40 años. Es entonces cuando piensas y te lo replanteas todo… En ese momento, lo único en que piensas es en abandonar las fórmulas preestablecidas y hacer lo opuesto a lo anterior y a todo», dice al otro lado del zoom y es imposible no pensar que sí, que todo está muy bien, pero seguimos sin entender nada. O casi nada. Lo del aparato de antes, por cierto, es mentira. No existe semejante máquina. La única que sí funciona es la que diferencia el acusativo del genitivo. Con el dativo no funciona.
Para situarnos, Un poeta, la película que no el primo de Loewe, se pudo ver por primer en Cannes y allí cosechó las primeras de todas las alabanzas que vendrían después. Proyectada en la sección Un Certain Regard, para ella fue el Premio del Jurado. Luego llegaría el premio en San Sebastián, la nominación a los Goya y hasta seis candidaturas más en los Premios Platino de dentro de un mes. «Es curioso, porque, y pese a que todos los que nos dedicamos al arte buscamos validación y reconocimiento, ahora mismo puedo decir que no es mi caso. No triunfar está bien. Lo digo sin cinismos. Nos obsesionamos con el éxito, pero lo normal y lo humano es fracasar. Yo personalmente, ahora mismo, y por mi edad, porque me siento ya viejo, lo que busco es paz. Estar tranquilo. Así está bien», dice. Pero no le creemos. O no del todo. Pero, ¿qué has hecho Simón, por dios?
Para situarnos, Un poeta, la película que no el primo de Loewe, cuenta la historia de Óscar Restrepo al que interpreta más allá de cualquier duda y sentido razonable un inédito y descomunal Ubeimar Ríos. Él es el poeta del título y jamás fue llamado al Premio Loewe. El motivo de su afición no queda claro, pero lo más sensato es pensar que es poeta porque no queda más remedio. A Restrepo las cosas no le van bien. Hace ya años que no publica nada, que no interesa a nadie y cuyo objetivo en la vida es ninguno. Fracasar no es una de sus opciones, es su destino. Por supuesto, y como su admirado Bukowski, bebe. Pero no un poco, bebe mucho. Tanto como para que se le pueda considerar «un borrachito», como dice su madre, o, casi mejor, un alcohólico. Sin remedio. Vive con su progenitora enferma, y su hija, a la que no ve desde hace demasiado, le despreciaría si se tomara el trabajo de pensar en él. No hay peligro. No sucede.
«Yo no soy él, pero un poco sí. De hecho, la película es una especie de terapia. Es como si me proyectara en el futuro después de haber hecho un par de película y sin poder hacer ninguna más. Un fracaso. Por otro lado, ese tipo de bohemio existe en Medellín. Son gente que vivió y consumió su juventud en los 80 o los 90. Es una generación que sucumbió. El artista está siempre muy cercano a perderse en la noche. Los ves ahora por los cafetines de la ciudad convertidos un poco en clichés de sí mismos. Muchos de ellos tuvieron, o tienen incluso, un talento enorme, pero se quedaron ahí», comenta por aquello de dibujar el paisaje de su película, pero sin hacerlo del todo. Pero, ¿qué has hecho, Simón?
Nuestro héroes, Restrepo-Ríos, que no el primo de Loewe, encontrará un puesto de profesor. Cuando se le pase la resaca, conocerá a Yurlady (Rebeca Andrade), una alumna con todo aquello que él no parece tener: talento. Desde aquí, la película se esfuerza en narrar un viaje desesperado hacia todos y cada uno de los fracasos -a todos ellos sin excepción- que nos habitan y que, admitámoslo, no son pocos. Y aquí es donde el relato de la película y del propio Simón se complican y se confunden uno con el otro como el dativo con el acusativo si no se tiene la máquina cerca. Es entonces, y no reventamos nada, cuando cada derrota se parece demasiado al único triunfo posible. «Tienes que elegir en hacer lo que quieres hacer y hacer lo que sabes que te van a financiar. Cuando haces cine, sabes perfectamente lo que los demás quieren ver. Lo sabes porque así lo demandan los festivales y los laboratorios y talleres por los que pasa todo el cine sudamericano. Hay una tensión y tienes que elegir». ¿Y qué eligió? «Pues básicamente, reírme de mí mismo. Ese es el camino». ¿Pero qué hiciste Simón, por dios?
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