Testimonio del seísmo en Colombia: “Se escuchan voces: ¡Vamos a sacarlo!”

Lo primero es el movimiento. La vida que inicia cada lunes a primera hora y de repente, pasadas las siete y media, el suelo empieza a agitarse de manera rítmica: de allá para acá y de acá para allá. Por la ventana, los árboles se unen a este bailoteo. Después, comienzan a sonar los empates de las paredes de la casa: un crujido, otro más. Y a lo lejos, los gritos de los vecinos, las plegarias como salvavidas. Enseguida, los nervios de mi perrita, Kosti, expresados en ladridos entrecortados.

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 “Salimos de la casa y vemos que se mueve. ¿Resistirá? ¿Se vendrá al suelo? Es la única pregunta”  

Lo primero es el movimiento. La vida que inicia cada lunes a primera hora y de repente, pasadas las siete y media, el suelo empieza a agitarse de manera rítmica: de allá para acá y de acá para allá. Por la ventana, los árboles se unen a este bailoteo. Después, comienzan a sonar los empates de las paredes de la casa: un crujido, otro más. Y a lo lejos, los gritos de los vecinos, las plegarias como salvavidas. Enseguida, los nervios de mi perrita, Kosti, expresados en ladridos entrecortados.

Salimos de la casa y la vemos que se mueve. ¿Resistirá? ¿Se vendrá al suelo? Es la única pregunta. Este sismo es largo. Casi dos minutos. La medida del tiempo siempre tan arbitraria: dos minutos es lo que tardo bajándome un vaso de agua para aplacar la sed.

Dos minutos tratando de guardar el equilibrio ante los embates de este sismo que va en crescendo es una vida completa que pasa ante los ojos, mientras los vecinos alcanzan a pedirle a su Dios que pare: “Para ya, papá Dios… para ya… Ya papá lindo… no te enojes más… para”.

Y sí, el sismo se ha apagado. Traigo al recuerdo los anteriores o los que me han tocado para concluir que este ha sido el más intenso, el más largo y el más atemorizante. El del 8 de febrero de 1995, menos de treinta muertos y unos doscientos heridos. Menos de veinte edificaciones caídas. Las cifras no fueron muy distintas en el siguiente, el del 25 de enero de 1999. Ahora, todo a mi alrededor se ve bien. La casa sigue erguida y no hay fisuras ni grietas. Mis vecinos y sus viviendas están bien. Nada se ha caído en este sector que es el oriente de Pereira. Pero sospecho que la potencia de la agitación terrestre debió haber causado algo en otras partes de la ciudad.

“Extraemos el cadáver de un joven desnudo. Parece que el colapso lo sorprendió a nada de ducharse”

En mi portátil busco una emisora, pero no hay internet ni fluido eléctrico. La señal del móvil también se ha caído. Y me río nervioso ante la futilidad de la tecnología digital y la importancia inusitada de un radio transistor que encienda con baterías pedestres, de esas que uno compra en la tienda de la esquina.

Lo segundo es la destrucción. La ciudad está en el suelo. Aunque haya distinciones de clase: las edificaciones de las cuadras más empobrecidas yacen en pedazos de concreto y ladrillo sobre el pavimento; las torres de apartamentos de la gente adinerada muestran unas grietas asustadoras y se ven tambaleantes, a punto del desplome. Mientras los unos están bajo los escombros, los otros a distancia segura otean los daños.

Otros sectores de Pereira, ocupados por la clase media, se encuentran a medias: hay edificios caídos con residentes debajo de la destrucción y hay calles incólumes con viviendas sin medio rasguño.

Por las radios de onda corta de unos rescatistas escucho reportes parciales: varios de los puentes que conectan amplios sectores de la ciudad quedaron averiados. La universidad pública está gravemente afectada, algunas de las privadas también. Como el aeropuerto. Hay centros médicos con daños.

“Hay edificios caídos con residentes debajo y hay calles incólumes con viviendas sin medio rasguño”

En la calle 15 con carrera novena, centro de la ciudad, un edificio de varias plantas que servía de residencia para vendedores ambulantes y rebuscadores del día está en el suelo: los pisos que son planchas de cemento han quedado apilados uno sobre otro formando un cúmulo ladeado de destrucción. Me excuso por este paralelismo: se ven como las capas de un milhojas que ha sido apelmazada. Debajo, dicen los vecinos, ha quedado gente. Y comienzan a formarse grupos de voluntarios. Sin guantes ni casco ni herramientas: la gente se enfoca en remover lo que puede y preguntar si hay alguien vivo. Se escuchan voces y lamentos. Y nos juntamos en un golpe de ánimo: “¡Vamos a sacarlo!”.

Lo tercero, que es lo último por ahora, es el dolor de la muerte en medio de pequeñas victorias de la vida. Y el caos de las horas posteriores.

Tras haber martillado adobes, cincelado varillas, removido pedazos de cemento, hemos extraído el cadáver de un joven desnudo. Parece que el colapso lo sorprendió mientras se encontraba en el baño a nada de ducharse para comenzar la jornada. La interrupción fulminante de un destino.

En la cuadra de atrás entro a la zona del desplome de un hotel de cinco o seis pisos, situado encima de un mercado. El dueño del hotel me dice que había quince huéspedes, ocho que ya han extraído entre muertos y moribundos, y siete que siguen debajo del desastre. Gente que había llegado a Pereira en la tarde del domingo anterior para ocuparse en un empleo temporal durante la semana. El dueño de lo que era el hotel no esconde su aflicción.

Hay un punto central de acopio de ayuda y de montajes de albergues situado en el parque Olaya Herrera, el único parque de zonas verdes de la ciudad. Todas las personas que han quedado sin techo están llegando aquí para buscar un lugar bajo las carpas. Todas las ayudas de alimentos y de utensilios cotidianos están siendo recibidos acá. La ciudad se resiste a sucumbir. Y alguien desde la parte más alta del parque grita: “¡Comida… hay comida!”.

Apesadumbradas y lentas, las personas se levantan de sus cambuches y se van formando en filas para llegar hasta la persona que, al pie de la olla comunitaria, servirá los platos durante las semanas que vienen.

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