La xenofobia de baja intensidad se ha convertido en uno de los motores de la política japonesa. La primera ministra derechista, Sanae Takaichi, cabalga dicha ola sin despeinarse. Todo vale para frenar a Sanseito, el partido trumpista que hace un año escaló de 1 a 15 senadores bajo el lema ‘Japón primero’. A tal efecto, la semana pasada formó una comisión que estudiará cómo poner coto a la población extranjera, cuya mayor visibilidad parece angustiar a una parte de su electorado.
La mayor visibilidad de la mano de obra extranjera y la explosión turística alimentan a la extrema derecha
La xenofobia de baja intensidad se ha convertido en uno de los motores de la política japonesa. La primera ministra derechista, Sanae Takaichi, cabalga dicha ola sin despeinarse. Todo vale para frenar a Sanseito, el partido trumpista que hace un año escaló de 1 a 15 senadores bajo el lema ‘Japón primero’. A tal efecto, la semana pasada formó una comisión que estudiará cómo poner coto a la población extranjera, cuya mayor visibilidad parece angustiar a una parte de su electorado.
Un profesor de la Universidad de Tokio encabezará dicho equipo, que deberá proponer medidas legislativas antes de que termine el año. Se pondera un porcentaje máximo de extranjeros y cuotas de permisos de residencia, que serán más caros. Además de endurecer los requisitos para establecerse en el país así como los de integración, para permanecer en él.
El neoliberal Partido de la Innovación apoyó en su día a Takaichi a condición de que pusiera “un tope” a la inmigración, pero de momento se emplea el eufemismo “gestión cuantitativa”. Toda prudencia es poca porque, como telón de fondo, está el envejecimiento de Japón, que el año pasado perdió 470.000 ciudadanos mientras ganaba 420.000 trabajadores extranjeros.
Un sector del Partido Liberal Democrático comprende el instinto populista de su primera ministra, pero sabe hacer números. Mientras que la Asociación Nacional de Gobernadores se rebela contra los que reducen a meros números una mano de obra imprescindible. “Son nuestros vecinos, nuestros contribuyentes”, proclamaron hace un año los 47 gobernadores de otras tantas prefecturas, en un mensaje “contra la xenofobia” que inundaba las redes sociales.
La realidad es que Japón ha perdido 3,1 millones de habitantes en los últimos cinco años, según el censo de 2025. El mismo que dice que de las 47 prefecturas japonesas, solo una -Tokio- ha ganado población y solo una -Okinawa- ha logrado un equilibrio. Todas las demás se están despoblando.
El Japón vaciado estaría en apuros si no fuera por los pescadores indonesios, los jornaleros nepalíes, los operarios vietnamitas o las esposas filipinas y tailandesas. Pero muchos japoneses prefieren vivir en la ilusión de que los trabajadores temporales no computan y que algún día se marcharán.
De lo que no hay duda es de que la visibilidad de los extranjeros se ha multiplicado en poco más de una década. Están en todos los 7Eleven y demás tiendas de conveniencia, donde los estudiantes extranjeros con un permiso especial para trabajar hasta 28 horas semanales superan ya el 10% de los empleados. No son la únicas empresas que se los disputan.

Aun así, son cifras que impresionan poco en Europa. Japón está a punto de alcanzar los 4 millones de residentes nacidos en el extranjero, peros estos solo representan un 3,2% de la población. En España, siete veces más.
El caso es que alguien deberá cuidar de sus ancianos, aunque algunos no tengan más remedio que cuidarse a sí mismos y ganarse un salario hasta mucho más allá de los setenta, singularmente las viudas, por la racanería de sus pensiones.
En la actual fase xenófoba de Japón también influye un tema de amor propio. Durante décadas, los japoneses viajaron por el mundo como si fueran millonarios, por el tipo de cambio del yen. Eso se acabó. Hoy viajan más turistas tailandeses a Japón que turistas japoneses a Tailandia. Según una fuente gubernamental, este verano viajarán al extranjero un 8,8% menos de japoneses que el verano anterior.
Mientras tanto, la cifra de turistas extranjeros prácticamente se ha doblado en un par de años, por el innegable atractivo de la cultura japonesa y por sus precios ahora por los suelos (excepto el de los hoteles, que no dan abasto). 2025 batió un récord en este sentido, aunque este año las llegadas se han moderado por el boicot de Pekín, ante la injerencia de Takaichi en la disputa de Taiwán. De este modo, los turistas chinos han caído a la mitad, por debajo del 10% del total (aunque ha aumentado el número de surcoreanos y taiwaneses). Un alivio para algunos japoneses, que cuando despotrican contra los turistas extranjeros en realidad están hablando en clave sobre los chinos.

En realidad, la xenofobia enmascara un malestar más profundo. Durante veinticinco años, los salarios japoneses se estancaron. Pero desde hace un lustro han perdido poder adquisitivo, año tras año. La depreciación del yen -en parte para sostener las exportaciones industriales ante la pujanza china- encarece la cesta de la compra. Más del 60% de las familias niponas se declara en apuros para llegar a fin de mes. El porcentaje es superior entre las familias con hijos, aunque de estas haya cada vez menos. En solo uno de cada seis hogares japoneses hay algún menor. El precio de la enseñanza privada o de los refuerzos educativos contribuye a hundir la natalidad. Un pez que se muerde la cola.
Redes
En Japón se ha puesto de moda presentar a los extranjeros como incívicos. El que no clasifica la basura como corresponde se arriesga a ser delatado sin contemplaciones. En las redes sociales, el choque cultural a veces se magnifica, cuando no se inventa. Nadie ha sido capaz de demostrar que algún extranjero pateara a los cervatillos de los jardines de inspiración budista de Nara, circunscripción natal de Sanae Takaichi. Pero la misma primera ministra -en campaña- dio pábulo al bulo. El problema de fondo es que Japón sigue viéndose a sí mismo, no como una sociedad moderna y plural en un mundo globalizado, sino como una tribu -la mayor tribu del mundo- con el emperador en su cúspide. Tal vez sepan que, con tiempo y dedicación, cualquiera puede convertirse en estadounidense y hasta en francés, pero en una tribu -como en una casta- se nace o no se nace. Por otro lado, nadie dijo que pasarle por la derecha a la militarista Takaichi fuera a ser fácil. Su gobierno, de paso, desvía la atención sobre escándalos periódicos, como el que gira alrededor de los tres secretarios de libre designación (casi siempre secretarias) con que puede contar cada diputado, a cargo de los presupuestos del Estado.
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