El creador de Star Wars inaugura en Los Ángeles un coloso de 28.000 metros cuadrados con 1.300 obras y piezas de su colección privada, construida durante más de cinco décadas Leer El creador de Star Wars inaugura en Los Ángeles un coloso de 28.000 metros cuadrados con 1.300 obras y piezas de su colección privada, construida durante más de cinco décadas Leer
George Lucas compró el primer objeto de su colección privada cuando solo tenía 22 años. Pagó 30 dólares por una ilustración original de Alley Oop, la tira cómica del cavernícola que viajaba en el tiempo a lomos de su mascota, un dinosaurio. Lucas era entonces un estudiante universitario en Los Ángeles sin dinero para pagarse una cena decente, pero ya entonces tenía claro por dónde discurrían sus obsesiones. Cuando empezaron a llegar los millones de Star Wars, mantuvo la misma línea. Apostó por cuadros de Norman Rockwell o Maxfield Parrish en lugar de intentar hacerse con un Rembrandt o un Manet. Huyó de lo que se consideraba como arte serio porque quería que el suyo fuera «un templo del arte del pueblo», un espacio para dar cabida a los ilustradores y artistas del cómic que le inspiraron a convertirse en un dios del cine de ciencia ficción.
Ese impulso de coleccionista terco y sentimental, sostenido durante más de cinco décadas, es el que ahora llena los 9.200 metros cuadrados de exposición del Museo Lucas de Arte Narrativo en Los Ángeles, justo al lado de la universidad (USC) donde todo empezó con aquel Alley Oop de 30 dólares. La colección, que él construyó junto a su esposa Mellody Hobson, ha crecido hasta superar las 40.000 piezas. El 22 de septiembre abrirá sus puertas al público en un edificio monumental diseñado por el arquitecto chino Ma Yansong, casi 28.000 metros cuadrados con forma de nave espacial. No podía ser de otra forma.
Lucas, acompañado por su mujer, recordó ante medios de todo el mundo el «largo camino» recorrido para llegar a inaugurar el museo, 17 años después de que gestara la idea hasta decantarse por Los Ángeles —tras considerar San Francisco y Chicago— y superar los obstáculos burocráticos de un edificio que ha costado mil millones de dólares, financiados enteramente por el propio Lucas.
«Estoy acostumbrado a hacer lo imposible», dijo Lucas, de 82 años. «Me gusta ir contra la corriente y hacer cosas que la gente cree que no se pueden hacer». Su intención, explicó, es dar espacio a artistas que «conectaron nuestra imaginación moderna con nuestras emociones ancestrales. Se merecen estar en un museo».
No es museo para ver de un tirón. Hay 1.300 objetos desplegados entre cuadros, esculturas, fotografías y objetos exhibidos en 30 galerías. Cuenta, además, con una biblioteca de investigación abierta al público, dos salas de cine con programación continúa durante todo el día y un nuevo restaurante: el Skywalker Grill. Todo ello con las imponentes vistas de fondo del skyline de Los Ángeles que a buen seguro serán un cebo para instagramers e influencers.
Norman Rockwell, el hombre que convirtió las portadas del Saturday Evening Post en el gran relato costumbrista del sueño americano, tiene una sala dedicada a su obra. Maxfield Parrish, quizás el ilustrador más reconocible de la llamada Edad de Oro de la ilustración americana, otra, ambos despreciados en su época como meros ilustradores comerciales. Hoy, algunos de sus cuadros valen millones de dólares.
Cerca de su obra, caminando por un espacio diáfano que se prolonga casi hasta donde alcanza la vista, comienzan a surgir entrelazados otra clase de tesoros: un Mary Cassatt de 1907, una litografía de Renoir, un dibujo de Picasso o un autorretrato de Frida Kahlo escoltado por cinco cuadros del que fuera su marido, Diego Rivera. Se trata de un museo en las antípodas del concepto enciclopédico, en una narrativa ordenada no por corrientes artísticas clásicas sino por temas tan universales como el amor, la familia, la fantasía o el trabajo, sin olvidarnos del manga, la ciencia ficción, la fotografía o los murales.
«Más de 10 de Banksy hay en la sala dedicada a los murales, encargos específicos realizados por el artista para el museo que justo terminó ayer», comparte con EL MUNDO Tracey Bates, directora ejecutiva del museo. «No es algo que suceda todos los días. Este museo es único y excepcional».
Bates explica que «no hay jerarquía o un elemento que hayamos querido destacar por encima del otro en las salas. Es un descubrimiento constante de arte, donde lo mismo te puedes encontrar un Picasso o un Van Gogh, como un cómic o una fotografía de Richard Avedon«.
Eso sí. En el centro del edificio brilla con luz propia la que para muchos será la joya de la corona del museo, una sala dedicada al cine y, en concreto, a las naves que se usaron para las seis primeras películas del universo Star Wars. Está el Halcón Milenario, la primera nave que usó Luke Skywalker en La guerra de las galaxias o las speeder bikes que pilotaban Luke y la princesa Leia en la luna boscosa de Endor en El retorno del Jedi.
Es un despliegue de artefactos de Star Wars de impresión que a buen seguro conectará con millones de aficionados a la saga en todo el mundo. Puede que el sueño multimillonario de Lucas consiga lo que muchos museos han intentado hasta la saciedad sin éxito: atraer público que en condiciones normales jamás pisaría un museo.
«Nunca he visto una visión materializada a esta escala», apunta Bates, un coloso que abre sus puertas dos años antes del desembarco de los Juegos Olímpicos en Los Ángeles y en plena explosión cultural de la ciudad, tras la apertura del museo de la Academia de Hollywood y la inauguración de la nueva sala del LACMA.
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