El futuro ya está aquí

Tengo miedo de ser esa persona que, un buen día, tras afearle a una IA un trabajo mal hecho, desencadena el fin de los tiempos. Leer Tengo miedo de ser esa persona que, un buen día, tras afearle a una IA un trabajo mal hecho, desencadena el fin de los tiempos. Leer  

Metrópolis está ambientada en 2026. El clásico de Fritz Lang, estrenado en 1927, retrata un futuro de robots, megarrascacielos y desigualdad social extrema. El presente se parece nada y todo al 2026 que Lang imaginó. Metrópolis fue concebida antes del Holocausto, la bomba atómica, la llegada a la Luna, los Beatles y Beyoncé. Pero hoy sí tenemos megarrascacielos y clases sociales alejándose. Y robots. Y a la IA amenazando con quedarse con todo.

En 2019, el calendario alcanzó la fecha en la que se desarrolla Blade Runner. Ridley Scott y sus guionistas propusieron, en 1982, un 2019 con coches voladores, colonias extraterrestres y humanoides artificiales esclavizados. Se vinieron demasiado arriba: en 35 años a la tecnología no le dio tiempo a tanto. En Terminator 2, ambientada en 1995, se intenta evitar una rebelión de las máquinas que ocurriría dos años después, en agosto del 97. Matrix es mucho más ambigua (y menos naïf) en ese sentido y, aprovechando su premisa de un mundo en el que la realidad ha sido sustituida por una simulación perfecta, la fecha del comienzo de esa simulación no queda clara. Así que a lo mejor sí ocurre en el futuro y así la película sería, además de catastrófica, profética. La Her de Spike Jonze tampoco aclara del todo qué año es en su diégesis, pero varias cosas la acercan mucho al aquí y al ahora. El bigote y los pantalones que luce Joaquin Phoenix no desentonarían hoy en nuestras calles. Tampoco su relación con una inteligencia artificial. Conozco gente más cercana a Alexa que el personaje de Phoenix a Samantha, el sistema operativo con la voz de Scarlett Johansson. Yo mismo terminé el otro día tratando al asistente virtual de Vinted como si fuese (ella) una funcionaria pasivo-agresiva y yo un señor que no entiende que está hablando con una máquina.

Se insta a las autoridades a que le pongan coto a las hermanas mayores de esa señora digital (y altiva) que aseguraba que mi paquete había llegado a su destino cuando yo sabía que no era así. Los científicos alertan de la capacidad de tomar decisiones rápidas, drásticas y peligrosas de los sistemas de inteligencia artificial actuales. Como a Claude se le hinchen los microchips, estamos apañados.

En Dune hablan en pasado de unas máquinas pensantes que se levantaron contra sus amos humanos. Éstos finalmente las derrotaron. Y las prohibieron. Eso ocurre más de 10.000 años antes de los hechos que relatan las novelas de Frank Herbert, que fantasea con una Humanidad futurísima en la que la mente humana, potenciada por una droga, ha llegado más allá de cualquier tecnología. Es una Humanidad que sigue a la gresca, pero que puede viajar por la galaxia y ni discute con entidades abstractas sobre camisetas de segunda mano ni tiene que asegurarse de que los datos que le da ChatGPT son correctos. Tengo miedo de ser esa persona que, un buen día, tras afearle a una IA un trabajo mal hecho, desencadena el fin de los tiempos.

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