El Barça salió perdedor de una trilogía con final desgarrador. Le cayó al equipo blaugrana todo la crueldad del fútbol encima, como si fuera el malo y no el bueno de la película, eliminado sin merecerlo, aunque ese verbo en este deporte no compute como miles de veces nos ha dejado claro. Fue el Atlético, su más odiosa antítesis, el equipo responsable de su tragedia, club con firma de autor omnipresente, director coreográfico y conceptual de nombre Cholo Simeone, aniquilador de cualquier forma de lirismo y representante máximo de la contrapropuesta como saque inicial. Le adoran en el Metropolitano porque les ha dotado de un patrón. Y en el fútbol cada cual elige el suyo libremente. Solo faltaría.
El Barça salió perdedor de una trilogía con final desgarrador. Le cayó al equipo blaugrana todo la crueldad del fútbol encima, como si fuera el malo y no el bueno de la película, eliminado sin merecerlo, aunque ese verbo en este deporte no compute como miles de veces nos ha dejado claro. Fue el Atlético, su más odiosa antítesis, el equipo responsable de su tragedia, club con firma de autor omnipresente, director coreográfico y conceptual de nombre Cholo Simeone, aniquilador de cualquier forma de lirismo y representante máximo de la contrapropuesta como saque inicial. Le adoran en el Metropolitano porque les ha dotado de un patrón. Y en el fútbol cada cual elige el suyo libremente. Solo faltaría.Seguir leyendo…
El Barça salió perdedor de una trilogía con final desgarrador. Le cayó al equipo blaugrana todo la crueldad del fútbol encima, como si fuera el malo y no el bueno de la película, eliminado sin merecerlo, aunque ese verbo en este deporte no compute como miles de veces nos ha dejado claro. Fue el Atlético, su más odiosa antítesis, el equipo responsable de su tragedia, club con firma de autor omnipresente, director coreográfico y conceptual de nombre Cholo Simeone, aniquilador de cualquier forma de lirismo y representante máximo de la contrapropuesta como saque inicial. Le adoran en el Metropolitano porque les ha dotado de un patrón. Y en el fútbol cada cual elige el suyo libremente. Solo faltaría.
El Barça tiene otro y murió rindiéndole el tributo debido, en parecida (de)función a la de la temporada pasada en la Champions con el Inter, aquella vez en San Siro en semifinales, ahora un escalón más abajo en los cuartos con otro rival de inclinación italiana. No le van los equipos ásperos a este grupo de jugadores de edad y entusiasmo juveniles, conmovedores en su esfuerzo y maravillosos en su manera de jugar pero cándidos hasta la desprotección ante las pistolas del fútbol de hoy: el VAR no tembló ante los inofensivos comunicados del Barça, un club que no pinta nada de nada en Europa y por si alguien no se había dado cuenta hete aquí esta reveladora eliminatoria. Se rompió la camiseta en dos Eric Garcia al ser expulsado, una imagen que define varias impotencias en una de un central extraordinario.

Hay demasiada injusticia encajada y una rebeldía evidente en este equipo al que se le presuponen futuros éxitos europeos. Es probable que no haya llegado su hora ni esté para ganar todavía la competición (PSG y Bayern están más hervidos y cuentan con mejores plantillas) pero ha enamorado a su gente y la ha transformado por dentro.
Le cayó al equipo blaugrana, muy joven, todo la crueldad del fútbol encima
La previa del partido, por ejemplo, llegó impregnada de un aroma de extraña ilusión de raíz espontánea. Lamine Yamal se puso las gafas de señor mayor y a los culés les dio por animarse unos a otros, sobrexcitados, entregados a un aquelarre de autoayuda destinado a retroalimentar la esperanza en la remontada. La sensación resultante era chocante porque en otros tiempos con un 0-2 adverso sufrido en el Camp Nou en el barcelonismo los optimistas eran seres perseguidos y sin amistades, bichos raros que no entendían que seguir al equipo blaugrana sin su dosis de flagelación te convertía en disidente. Disputada la primera media hora de partido del Metropolitano (0-2 y Fermín rozando el 0-3) el descreído, de repente, lo entiende todo. El Barça de Flick, comandado por un Lamine Yamal levitante, irrumpe en el campo como una bestia a la que no han dado de comer hace días. Desacomplejado y joven a rabiar, despliega un fútbol arrollador cuya densidad le hermana con el guardiolismo (muchos centrocampistas y asociaciones cortas con el balón para progresar) y con el cruyffismo (atacar como plataforma para defender). El Atlético, en esa fase del partido, es un equipo menguante que pasa miedo. Luego todo pasó a ser un partido de fútbol normal.
Tiempo habrá para analizar los defectos de este Barça, pero una primera reflexión es evidente. Compactado a través del producto local (nueve españoles en el once titular, cinco de ellos canteranos –grandioso Gavi– y dos extranjeros en los laterales), le faltan al equipo blaugrana esos fichajes venidos de fuera para dar el salto de calidad definitivo. Los Barça más trascendentes siempre fueron así. Los jugadores ya se han partido la cara. Ahora les toca a otros hacerles aún mejores con nuevas compañías.
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