Desconocidos, pero no tanto: la importancia de los ‘extraños familiares’ que nos cruzamos a diario

Cada mañana, en el transcurso del camino al trabajo o a otra cita, la rutina se repite: sales alrededor de la misma hora, te mueves por las mismas calles o usas las mismas líneas de transporte público. Y también puedes llegar a coincidir con las mismas personas: no sabes quiénes son, de dónde vienen ni a dónde van, pero siempre están ahí. Nunca has interactuado con ellas ni ellas contigo, pero, si no están, llegas a echarlas de menos.

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 Aunque no interactuamos con ellas, las personas con las que coincidimos repetidamente en el transporte público o en el barrio contribuyen a cierta sensación de pertenencia, una familiaridad que nos aporta estabilidad en entornos sobre todo urbanos  

Cada mañana, en el transcurso del camino al trabajo o a otra cita, la rutina se repite: sales alrededor de la misma hora, te mueves por las mismas calles o usas las mismas líneas de transporte público. Y también puedes llegar a coincidir con las mismas personas: no sabes quiénes son, de dónde vienen ni a dónde van, pero siempre están ahí. Nunca has interactuado con ellas ni ellas contigo, pero, si no están, llegas a echarlas de menos.

El psicólogo social Stanley Milgram, famoso por su experimento sobre la obediencia, definió este fenómeno en 1972 bajo el nombre de familiar stranger (extraño familiar): para que una persona sea considerada de tal manera, debe ser vista de forma repetida a lo largo del tiempo, pero sin llegar a interactuar. Milgram determinó que esta forma de reconocimiento sin contacto está directamente relacionada con la sobrecarga de información urbana. En entornos que están saturados de estímulos constantes, las personas pueden llegar a reconocer mediante la mirada al extraño familiar, aunque evitan cualquier interacción posterior porque requiere más capacidad interactiva.

“La antropología urbana trata de identificar una sociedad nueva que aparece en el mundo urbano, industrializado o capitalista. Esto empieza en Chicago a principios de siglo, y se dan cuenta de que de repente llega gente con otras trayectorias y culturas sin conectarse en la ciudad”, argumenta Miquel Fernández, profesor de sociología en la Universidad de Valencia y miembro del GRECS de la Universidad de Barcelona. “En el pueblo, cuando te ves con alguien, prácticamente nadie es extraño. Todo el mundo te es más o menos conocido. En una ciudad, con las prisas y la aceleración que estamos viviendo en los últimos decenios, esto sería un elemento completamente disruptor. No funcionaría si estuviésemos todos los días saludando”, añade.

No obstante, aunque la comunicación no se transmita mediante palabras, sí se transmite mediante gestos, afirma el experto. “En esta especie de anonimato siempre estamos mostrándonos y dejándonos ver. Al mirar, también damos permiso para que nos miren. Todo este enjambre de comunicación se produce sobre todo en las ciudades”, indica Fernández, experto en el barrio del Raval de Barcelona, que considera que este lugar es un ejemplo de “eminentes flujos de población y de gente que se conoce de vista, pues hay un movimiento cada vez mayor de personas y de otros que están de paso”. Por tanto, añade, esto “implica que debe haber un mínimo de persistencia en la vida urbana”, un caso que no se da en el Raval, donde la población varía constantemente, pero sí que se da en zonas como el Guinardó o, en menor medida, Gràcia.

Tanto la cantidad de gente que hay como la densidad y el movimiento de población que pueda haber son dos de los factores más importantes a la hora de comenzar a establecer una posible red de desconocidos habituales. El papel de la repetición en la construcción de una familiaridad con una persona que conoces de vista, pero con la que no te has relacionado, es asimismo un factor fundamental a la hora de pasar de ser una persona totalmente desconocida a un desconocido habitual, sin llegar a ser conocido.

“El punto interesante de la densidad y las interacciones tan seguidas en ciudades grandes es que hay un compromiso y una atención. Los desconocidos habituales creen que esta red va a ponerse en marcha si pasa algún problema”, incide. Por consiguiente, la seguridad también es un factor capital, dado que, para el experto, una persona se va a sentir más segura si en una calle vacía hay locales, tiendas o un viandante conocido. “Para sentirse seguro, lo importante es que haya una calle repleta de gente. Aunque no tengas una relación de intimidad, el hecho de estar presente en un mismo espacio urbano va a hacer que la sensación de seguridad sea más contundente y confortable”, explica.

Según el estudio The Familiar Stranger: Anxiety, Comfort, and Play in Public Places, la figura de los desconocidos habituales es una presencia que influye directamente en cómo percibimos y habitamos los espacios públicos: las personas con las que coincidimos repetidamente, aunque nunca interactuemos con ellas, contribuyen a construir una sensación tanto de incomodidad inicial como de familiaridad que aporta estabilidad y reconocimiento en entornos cambiantes como la ciudad.

Como lamenta Fernández, la precariedad radica también en la desaparición de la red invisible de reconocimiento y autoreconocimiento: “En generaciones como la nuestra o anteriores, desde que comenzabas a trabajar, en muchos momentos ya te jubilabas ahí. La sensación de precariedad ya nos ha reducido solamente a los trabajos poco valorados. Incluso la población con trabajos muy cualificados también tiene esa sensación de precariedad”, señala el experto.

Otro estudio sobre la movilidad humana a través del fenómeno de los desconocidos habituales revela que estos encuentros no son fruto del azar, sino el resultado de patrones colectivos de movilidad. Mediante el análisis de datos de telefonía móvil, se demostró que las personas tienden a coincidir de forma sistemática con ciertos desconocidos en sus rutinas diarias. Asimismo, se indicó que a más encuentros entre las dos personas, menor distancia social existe entre ellas, incluso aunque no haya interacción directa.

Para Fernández, la sensación de reconocer a alguien que te reconoce a ti mismo, y su consecuente sensación de previsibilidad, se está dinamitando por la aceleración del mercado laboral y su rotación: “No tienes ningún control sobre tu horario, y esto afecta tanto a trabajadores como a directivos”. La pérdida de esa previsibilidad altera tanto las rutinas de cada uno como la forma en la que la sociedad habita los espacios de convivencia y reconoce a los desconocidos de siempre, por lo que puede erosionar un apartado invisible, pero existente, de la vida social urbana.

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