Sultán era un chimpancé de la Estación de Antropoides que la Academia Prusiana de Ciencias tenía en Tenerife a comienzos del siglo pasado. Entre 1913 y 1917 fue el protagonista de unos experimentos que pusieron patas arriba la psicología animal. En su versión resumida, el psicólogo Wolfgang Köhler colgaba plátanos de una cuerda (ver imagen más abajo). Al principio, Sultán y el resto de chimpancés saltaban intentando coger el premio. Algunos se frustraban desinteresándose, pero Sultán ideó una estrategia: apiló varias cajas una sobre otra, se encaramó y se comió los plátanos. Eran los años de Ivan Pavlov y el aprendizaje condicionado de sus perros. Se creía que los animales solo podían aprender mediante ensayo y error y el refuerzo de las conductas acertadas (el palo y la zanahoria). Pero Köhler y Sultán demostraron que, al menos los grandes simios, lo hacían de forma intuitiva, ideando estrategias orientadas a un objetivo como hacían los humanos. Más de un siglo después, una investigación de gran calado publicada en Science demuestra ahora que los abejorros también.
Una serie de experimentos muestra que son capaces de idear estrategias para conseguir agua azucarada que no pueden alcanzar volando
Sultán era un chimpancé de la Estación de Antropoides que la Academia Prusiana de Ciencias tenía en Tenerife a comienzos del siglo pasado. Entre 1913 y 1917 fue el protagonista de unos experimentos que pusieron patas arriba la psicología animal. En su versión resumida, el psicólogo Wolfgang Köhler colgaba plátanos de una cuerda (ver imagen más abajo). Al principio, Sultán y el resto de chimpancés saltaban intentando coger el premio. Algunos se frustraban desinteresándose, pero Sultán ideó una estrategia: apiló varias cajas una sobre otra, se encaramó y se comió los plátanos. Eran los años de Ivan Pavlov y el aprendizaje condicionado de sus perros. Se creía que los animales solo podían aprender mediante ensayo y error y el refuerzo de las conductas acertadas (el palo y la zanahoria). Pero Köhler y Sultán demostraron que, al menos los grandes simios, lo hacían de forma intuitiva, ideando estrategias orientadas a un objetivo como hacían los humanos. Más de un siglo después, una investigación de gran calado publicada en Science demuestra ahora que los abejorros también.
Aunque los trabajos de Köhler, que plasmó en libros de éxito como The mentality of apes (traducida en España como La inteligencia de los chimpancés, 1925), suscitaron controversia, sentaron las bases de la primatología. También ayudaron a que la ciencia empezara a ver a los animales como sujetos sensibles y no meros objetos biológicos. Ya en este siglo se han acumulado las pruebas de que no solo los grandes simios, sino que el resto de primates, otros mamíferos como los marinos y diversas especies de aves tienen habilidades cognitivas que encajarían en alguna que otra definición de inteligencia. Pero, ¿y los seres más pequeños? ¿Qué pasa con los invertebrados?
“Los abejorros ofrecen una excelente oportunidad para estudiar los principios fundamentales de la cognición”, dice Olli Loukola, ecólogo cognitivo de la Universidad de Oulu (Finlandia) y autor sénior del estudio de Science. “Lo que me fascina es intentar comprender cuáles son realmente sus límites cognitivos y cómo resuelven problemas”, añade. Porque, termina, “si animales con cerebros tan pequeños pueden resolver problemas que antes se creía que requerían cerebros mucho más grandes, esto sugiere que la cognición sofisticada podría lograrse mediante mecanismos neuronales más eficientes de lo que habíamos supuesto”.

Loukola lleva años investigando con abejorros, en particular la especie más común, Bombus terrestris. Presente en todas las latitudes del continente europeo, desde Gibraltar al borde del Ártico, es un insecto eusocial: como las abejas, establece colmenas, con su reina, sus zánganos y obreras. Para adentrarse en su habilidad cognitiva, Loukola y su equipo recurrieron a una versión adaptada de los experimentos de Köhler. Idearon una sucesión de experimentos de creciente complejidad. En su versión más simple, expusieron a varias decenas de abejorros a unas bolitas de corcho y a unas flores pintadas en el suelo con un agujero repleto de agua azucarada. Tras explorar el entorno, comprobaron que la mayoría de los himenópteros movían la bolita hasta ponerla debajo de la flor, subiéndose encima para que su probóscide pudiera llegar hasta la sacarosa.
“Probamos tres grupos: uno con toda la información (preentrenado), donde los abejorros tenían experiencia previa con la flor azul y la bola como objeto móvil; en el segundo grupo, las abejas estaban familiarizadas con la flor, pero no con la pelota; los del grupo de control no tenían experiencia previa ni con la flor azul ni con la bola”, explica Akshaye Bhambore, también de la Universidad de Oulu y primer autor del estudio. Los resultados fueron contundentes: el 73% de los individuos preentrenados resolvieron la tarea con éxito. Pero solo dos de los 42 insectos de los otros grupos alcanzaron el agua azucarada.
Bhambore aclara enseguida lo del entrenamiento previo: “Nos referimos a que a se les proporcionaron asociaciones básicas, no a que se les enseñara la solución”. Buscaban que relacionaran la flor azul con el premio y que no temieran a un objeto que se mueve. “Los abejorros nunca fueron entrenados para hacer rodar la bola en una dirección específica ni para usarla como herramienta para resolver la tarea”, insiste el investigador. En las dos siguientes fases de los experimentos, alejaron la bolita de corcho de la flor, para que esta no sirviera de estímulo. De nuevo, a pesar de no ver el premio, la gran mayoría movieron la bola hasta llevarla debajo de la flor y su néctar.
“Los abejorros pasaron de ser animales voladores a animales terrestres, ya que el techo era demasiado bajo para que pudieran volar”, casi exclama Lars Chittka, entomólogo de la Queen Mary University of London y uno de los mayores expertos en el comportamiento de abejas y abejorros. “Es un estudio asombroso, básicamente una ampliación de las observaciones clásicas de Wolfgang Köhler sobre los chimpancés en Tenerife”, añade Chittka. Para él, sin embargo, la conducta de los abejorros “es incluso más impresionante, ya que en algunos experimentos no podían ver el objetivo cuando empezaron a mover la caja”.
Chittka pone un ejemplo para destacar a los abejorros: “Es como si tú y yo entráramos en una habitación, viéramos algo en el techo que necesitara arreglo (quizás cambiar la bombilla), nos diéramos cuenta de que necesitábamos una silla o una escalera para alcanzar la altura suficiente, fuéramos a otra habitación a buscarla y volviéramos con ella al lugar correcto. Esto requiere comprender bien la tarea, tener presente dónde está el objetivo y tomar las medidas adecuadas. Así que, ¡me parece impresionante!“.
Impresiona también que sea una solución a un nuevo problema. “A diferencia de los cuervos o los primates, que yo sepa, las abejas, los abejorros, no usan herramientas para interactuar con las flores”, recuerda Mario Vallejo-Marin, biólogo de la Universidad de Uppsala. Como Chittka, no ha participado en esta investigación. Y como a él, le fascina que, a diferencia de los chimpancés, que ya usan herramientas en la naturaleza, los B. terrestris no recurran a ellas, así que lo descubierto ahora sería algo completamente nuevo. “Hay especies que construyen nidos usando técnicas especiales, ciertas hojas, palitos, semillas, etcétera”, cuenta. El investigador mexicano demostró, por ejemplo, cómo los abejorros usan vibraciones para hacerse con el polen, “pero el uso de herramientas en el género Bombus no existe”, termina.
El entomólogo de la Estación Biológica de Doñana y el CSIC, Ignasi Bartomeus, opina que “nos sorprendemos porque son insectos”. Pero, como las abejas, los abejorros tienen que enfrentarse a entornos muy diferentes. Y esa exigencia podría explicar su flexibilidad cognitiva. “Navegan por tres kilómetros cuadrados, sabiendo dónde están las flores, sabiendo dónde no tienen que ir… Cuando se encuentran con una flor exótica, aprenden a explotarla”, recuerda. Para Bartomeus, “no debería sorprendernos que sean capaces de planificar, aunque probablemente lo hagan mediante procesos diferentes a los nuestros”.
La entomóloga de la Universidad Complutense, Concepción Ornosa, una de las mayores expertas en abejorros de España, recuerda que son “los mejores polinizadores del reino animal”. Así que no le sorprende que demuestren usar herramientas. “Son capaces de manipular objetos y aprender de la experiencia observando a otros”, recuerda. En definitiva, termina, “cuentan con una capacidad cognitiva que no es por ensayo y error”. En eso, igualan a Sultán y el resto de chimpancés de Köhler.
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