Semana importante para los culés, que han tenido que hacer compatibles las emociones provocadas por el aquelarre de Florentino Pérez y el adiós, anunciado por el propio jugador, de Robert Lewandowski. Son sentimientos compatibles. Pero si existe una jerarquía íntima de alegrías barcelonistas, sospecho que las calamidades florentinianas (homenaje vodevilesco, el síntoma que confirma los peores males del fútbol de élite como McGuffin de inconfesables luchas de poder) atraen a más adeptos que la despedida a Lewandowski, que, en el fondo, atribuimos a una implacable ley de vida. Si aceptamos el despido de Messi con indigna pasividad, ¿por qué deberíamos llorar por el adiós, mucho más pragmático, del polaco? Con una mezcla de hipocresía y madurez, nos hemos apresurado a homenajear el compromiso del polaco cuando hace cuatro días exigíamos su marcha urgente con el argumento de que estaba acabado.
Semana importante para los culés, que han tenido que hacer compatibles las emociones provocadas por el aquelarre de Florentino Pérez y el adiós, anunciado por el propio jugador, de Robert Lewandowski. Son sentimientos compatibles. Pero si existe una jerarquía íntima de alegrías barcelonistas, sospecho que las calamidades florentinianas (homenaje vodevilesco, el síntoma que confirma los peores males del fútbol de élite como McGuffin de inconfesables luchas de poder) atraen a más adeptos que la despedida a Lewandowski, que, en el fondo, atribuimos a una implacable ley de vida. Si aceptamos el despido de Messi con indigna pasividad, ¿por qué deberíamos llorar por el adiós, mucho más pragmático, del polaco? Con una mezcla de hipocresía y madurez, nos hemos apresurado a homenajear el compromiso del polaco cuando hace cuatro días exigíamos su marcha urgente con el argumento de que estaba acabado.Seguir leyendo…
Semana importante para los culés, que han tenido que hacer compatibles las emociones provocadas por el aquelarre de Florentino Pérez y el adiós, anunciado por el propio jugador, de Robert Lewandowski. Son sentimientos compatibles. Pero si existe una jerarquía íntima de alegrías barcelonistas, sospecho que las calamidades florentinianas (homenaje vodevilesco, el síntoma que confirma los peores males del fútbol de élite como McGuffin de inconfesables luchas de poder) atraen a más adeptos que la despedida a Lewandowski, que, en el fondo, atribuimos a una implacable ley de vida. Si aceptamos el despido de Messi con indigna pasividad, ¿por qué deberíamos llorar por el adiós, mucho más pragmático, del polaco? Con una mezcla de hipocresía y madurez, nos hemos apresurado a homenajear el compromiso del polaco cuando hace cuatro días exigíamos su marcha urgente con el argumento de que estaba acabado.
Las evidencias estadísticas de Lewandowski no siempre se han correspondido con la devoción que ha suscitado entre muchos culés y el entorno del club. Quizá porque fue uno de los goleadores de la noche del 8-2, hemos aceptado su potencial goleador como un lujo mercenario, pero regateándole la condición de ídolo unánimemente querido. No es la primera vez que nos pasa. Eto’o, por ejemplo, que propulsó al equipo en un momento crucial, nunca contó con el apoyo de cantar su nombre en el Camp Nou. En las últimas horas hemos corregido esta percepción con elogios de emergencia que probablemente llegan demasiado tarde y que dicen más sobre nosotros que sobre el impresionante historial de Lewandowski.
Los elogios a Lewandowski nos definen más a nosotros que a él
También hay que tener en cuenta la química entre la afición y los jugadores. Todos recordamos la explosiva idolatría que provocó el fichaje de Larsson, que, mientras Eto’o se hinchaba a marcar goles, fagocitaba el afecto insondable de la grada. Por su carácter y su actitud semirrobótica, sin recrearse nunca en populismos sentimentales y aplicando un criterio propio y una competitividad cien por cien profesional, Lewandowski no ha invertido demasiada energía en gestos de cara a la galería y sí en ayudar a sus compañeros más jóvenes. Ahora, en las últimas horas, le queremos con un énfasis retroactivo que formará parte del álbum sentimental del jugador. Seamos realistas: no renovarle libera una parte del fair play financiero que podremos invertir en un fichaje que ojalá sea tan rentable y fiable como el del polaco.
“¿Y de Florentino no piensas decir nada?”, me pregunta mi vecino fanático, más antimadridista que culé. Pues no pienso decir nada porque he disfrutado de una semana que ha elevado la interpretación periodística de un momento profundamente extravagante a la categoría de las bellas artes. Miles de páginas, horas de radio y televisión sobre una conferencia de prensa tan paranormal como memorable. Una conferencia de prensa que certifica lo que dijo Bill Gates sobre el éxito y los triunfadores: “El éxito no es un buen profesor. Empuja a personas inteligentes a creer que son infalibles”.

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