Hay escenas que, cuando uno las ve, sabe inmediatamente que van a quedarse ahí, ocupando un pequeño espacio en la memoria para siempre. Me ocurrió con el inicio del quinto episodio de Empatía . Quien la haya visto sabrá perfectamente de qué escena hablo. Quien todavía no haya llegado hasta ahí, tranquilo: no voy a estropearle el momento. Solo escribiré que, después de verla, me quedé con una sensación incómoda pero poderosa: la de recordar que muchas veces nuestra vida depende de pequeños detalles.
Hay escenas que, cuando uno las ve, sabe inmediatamente que van a quedarse ahí, ocupando un pequeño espacio en la memoria para siempre. Me ocurrió con el inicio del quinto episodio de Empatía . Quien la haya visto sabrá perfectamente de qué escena hablo. Quien todavía no haya llegado hasta ahí, tranquilo: no voy a estropearle el momento. Solo escribiré que, después de verla, me quedé con una sensación incómoda pero poderosa: la de recordar que muchas veces nuestra vida depende de pequeños detalles.Seguir leyendo…
Hay escenas que, cuando uno las ve, sabe inmediatamente que van a quedarse ahí, ocupando un pequeño espacio en la memoria para siempre. Me ocurrió con el inicio del quinto episodio de Empatía . Quien la haya visto sabrá perfectamente de qué escena hablo. Quien todavía no haya llegado hasta ahí, tranquilo: no voy a estropearle el momento. Solo escribiré que, después de verla, me quedé con una sensación incómoda pero poderosa: la de recordar que muchas veces nuestra vida depende de pequeños detalles.
Más allá de esa escena que se queda grabada, recomiendo acercarse a esta serie disponible en Movistar Plus aprovechando que las vacaciones es un buen momento para recuperar esas producciones que se nos pasaron y que merecen una oportunidad. Eso sí, conviene avisar: Empatía no es una serie ligera para ver mientras se desconecta el cerebro. No busca entretener sin más. Más bien puede incomodar.
Quizá por eso no la recomendaría como una serie de otoño para esos días grises en los que uno está más expuesto al desánimo. Aunque vista desde otro ángulo, tiene algo profundamente estimulante: recuerda que la fragilidad forma parte de la experiencia humana y que entender a los demás también puede ser una forma de entendernos mejor.

Porque Empatía habla de salud mental, sí, pero quedarse solo con esa etiqueta sería quedarse muy corto. Habla de dolor, de culpa, de segundas oportunidades, de las heridas que escondemos y de esa frontera tan difícil de medir entre ayudar a alguien y acabar perdiéndonos dentro de sus problemas.
La serie nos sitúa en un hospital psiquiátrico de Montreal y sigue a Suzanne, una antigua criminóloga que, tras una tragedia personal, decide convertirse en psiquiatra. Después de dos años alejada de su profesión, vuelve a ese hospital intentando reconstruir su propia vida.
Cada episodio se centra en diferentes historias de pacientes que arrastran situaciones complejas. Pero lo interesante es que nunca se utilizan esos casos como simples ejemplos de enfermedad. Su mayor acierto es entender que la salud mental no puede reducirse a diagnósticos. Antes que pacientes, hay personas.
Detrás de esta mirada está Florence Longpré, una figura cada vez más relevante de la ficción canadiense, que ejerce como creadora, guionista y protagonista. Si después de ver Empatía se quedan con ganas de más, hay una buena noticia: una segunda temporada ya está en camino.
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