El 9 y un chupito de sangre masái

En mis primeros viajes africanos intentaba complacer siempre a todos. La juventud, supongo. Si alguien me alargaba una cerveza artesanal pastosa que sabía a mil demonios, me invitaba a un revuelto de gusanos o me alargaba un sofrito de pata de mono, respondía a aquella putada con la mejor de mis sonrisas y probaba lo que hiciera falta.

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 En mis primeros viajes africanos intentaba complacer siempre a todos. La juventud, supongo. Si alguien me alargaba una cerveza artesanal pastosa que sabía a mil demonios, me invitaba a un revuelto de gusanos o me alargaba un sofrito de pata de mono, respondía a aquella putada con la mejor de mis sonrisas y probaba lo que hiciera falta.Seguir leyendo…  

En mis primeros viajes africanos intentaba complacer siempre a todos. La juventud, supongo. Si alguien me alargaba una cerveza artesanal pastosa que sabía a mil demonios, me invitaba a un revuelto de gusanos o me alargaba un sofrito de pata de mono, respondía a aquella putada con la mejor de mis sonrisas y probaba lo que hiciera falta.

Pero me he hecho mayor.

Estoy cansado del culebrón Julián Álvarez y las pataletas forzadas del Atlético

Hace unos días, un amigo masái del lago Natron, en el norte de Tanzania, me invitó a cenar a su casa una cabra a la brasa y como el menú me pareció aceptable, acepté encantado. Había trampa. Además de servirme trozos de carne en una palangana –hasta aquí todo bien–, uno de sus amigos me dio una taza de caldo y tuvo a bien preguntarme primero. ¿Quieres un chorrito de sangre?

En la cultura masái, un pueblo ganadero y guerrero entre Tanzania y Kenia, beber sangre está considerado una suerte de ritual sagrado que permite obtener una fuente de proteínas, hierro y nutrientes clave para sobrevivir en tierras áridas.

No tengo ninguna duda de que mi yo de veinte años habría acabado la noche cual Joker de Joaquín Phoenix, pero probablemente me he hecho aburrido con la edad porque decliné la oferta vampírica y seguí sin pestañear dando cuenta de los pinchos de cabra estándar. Confieso que me preocupa un poco mi actitud viejuna porque abraza cualquier campo. Me pasa con el Barça. Hace años vivía los veranos como una invitación a ilusionarme sin ataduras. Imaginaba fichajes imposibles, me relamía con rumores que anunciaban la llegada de la estrella de turno y celebraba como un triunfo cuando un crack nos daba el sí.

Aquel tiempo terminó.

Si este julio me hubiera pillado chaval, probablemente habría hecho un esfuerzo para simular ilusión por habernos gastado casi 100 kilazos en Gordon y Adeyemi, que serán futbolistas útiles o de profundidad de plantilla –ahora se llama así a los suplentes de siempre– pero me despiertan menos emoción que ver girar el plato del microondas a las seis de la mañana.

O quizás no es tanto la edad sino que hace calor y estoy cansado del culebrón Julián Álvarez y las pataletas forzadas del Atlético o que me cubro las espaldas por si el 9 imprescindible que debía sustituir los goles perdidos de Lewandowski para traernos la Champions al final es una opción del Hacendado. Que el Barça deba salir a comprar con hambre, y que todo el mundo lo sepa, en un mercado de precios inflados, no parece la mejor estrategia, pero la edad al menos me ha aportado paciencia.

Deco y Flick proveerán. Confianza ciega (creo).

Luego igual no viene nadie, deslizan desde el club que el nueve era Hamza, Olmo o un Ferran Torres sin renovar e igual no me parece tan mala idea un chupito masái de sangre… de director deportivo.

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