Dafne Fernández (Madrid, 41 años) acapara las miradas desde un rincón. La actriz y bailarina ha entrado sigilosa en el Salón Carlos III del Teatro Real de Madrid, donde una veintena de periodistas e influencers esperan a que imparta un breve taller de danza clásica con motivo del 25º aniversario de la película Barbie en El Cascanueces (2001), del que es la embajadora en España. Ya en el centro de la sala, después de agradecer su nombramiento y de dar las primeras indicaciones, parece tan cercana que apetece seguirla. Plié, demi-plié, relevé; las presentes intentan imitar sus movimientos hasta que, de pronto, rompe la disciplina y se sienta en el suelo, animando al resto a hacer lo mismo mientras suena el emocionante Pas de Deux compuesto por Chaikovski para el ballet estrenado en 1892: “Así supe lo que era el síndrome de Stendhal. Es la música que me pongo cuando paso por un momento difícil y quiero escapar a otro lugar”, dice. Mientras, en el suelo, escucha con los ojos cerrados.
La intérprete y bailarina, que acaba de firmar una colaboración con la franquicia de ‘Barbie’, vive desde 2025 un proceso de descubrimiento que califica como “doloroso pero sanador”. Cercana y sensible, asegura que va al psicólogo para ser una mujer trabajada y una madre mejor
Dafne Fernández (Madrid, 41 años) acapara las miradas desde un rincón. La actriz y bailarina ha entrado sigilosa en el Salón Carlos III del Teatro Real de Madrid, donde una veintena de periodistas e influencers esperan a que imparta un breve taller de danza clásica con motivo del 25º aniversario de la película Barbie en El Cascanueces (2001), del que es la embajadora en España. Ya en el centro de la sala, después de agradecer su nombramiento y de dar las primeras indicaciones, parece tan cercana que apetece seguirla. Plié, demi-plié, relevé; las presentes intentan imitar sus movimientos hasta que, de pronto, rompe la disciplina y se sienta en el suelo, animando al resto a hacer lo mismo mientras suena el emocionante Pas de Deux compuesto por Chaikovski para el ballet estrenado en 1892: “Así supe lo que era el síndrome de Stendhal. Es la música que me pongo cuando paso por un momento difícil y quiero escapar a otro lugar”, dice. Mientras, en el suelo, escucha con los ojos cerrados.
“En realidad, yo siempre he estado en otra posición; he sido alumna, no profesora”, explica Fernández más tarde, durante una entrevista con EL PAÍS en un salón contiguo, en el que confiesa haber sentido algo de miedo cuando le propusieron impartir el taller. Su papel como embajadora en este aniversario de Barbie en El Cascanueces, la primera película de animación de la franquicia, en la que la muñeca más famosa del mundo baila al compás del compositor ruso, “es un sueño hecho realidad”, asegura: “Ojalá hubiera podido coleccionar barbies de pequeña. Yo las quería todas, pero en la familia éramos tres hijos [tiene una hermana y un hermano], solo trabajaba mi padre y yo solo tenía una barbie, que era mi tesoro”. “Para mí no era un juguete, era yo misma siendo mayor, me proyectaba en ella”, matiza.
A principios de los dos mil, tras cursar danza clásica hasta los 18 años en el Conservatorio Profesional de Danza de Madrid, Fernández se hizo famosa interpretando a Marta Ramos en la serie Un paso adelante (2002), donde volvió a ser alumna, esta vez en la academia de baile ficticia Carmen Arranz. A los 11 años había debutado en el cine, en Malena es un nombre de tango (1996), y un año después, en 1997, fue Fuensanta en Pajarico, de Carlos Saura. Estos papeles fueron la continuación de un sueño que había empezado en casa, de niña, cuando escapaba de su vida a través de la música clásica y, junto a sus hermanos, creaba mundos, imaginaba personajes y confeccionaba invitaciones para sus abuelos, que vivían en el primer piso y tenían asientos reservados en primera fila para el espectáculo de su nieta. Sus padres, que supieron leerla y fomentaron sus sueños artísticos, junto a sus profesoras de la escuela pública, a las que Fernández reivindica, hicieron el resto: “Mi padre era el que me llevaba a las clases de ballet, y luego estaba pendiente de mis deberes, porque para ellos los estudios eran lo primero”, recuerda la actriz, que hasta el próximo 25 de octubre interpreta Locuras paralelas en el Teatro Pavón de Madrid.
Ahora, casada desde 2017 con el fotógrafo Mario Chavarria, madre de un niño y una niña de 8 y 5 años y con el sueño de la interpretación cumplido, ella recoge el testigo de quienes le dieron alas. Lo hace a su manera, intentando estar a la altura de sus padres y, a la vez, sin cometer sus errores; o cometiendo otros: “A lo mejor lo estoy haciendo mal, pero como yo no tuve nada, a mis hijos les quiero dar todo. Por ejemplo, mi hija está ahora loca con las barbies y no tiene una, como tenía yo… No sé cuántas tiene, tiene todas… Yo creo que se las regalo porque también me las regalo a mí”, confiesa, divertida. Pero Fernández procura también otras cosas para sus hijos: “Ahora mismo lo que más me preocupa es valorar sus emociones, verlos, acompañarles en lo que sienten. Valido cada cosa que les pasa, no lo paso por encima”. Reconoce también que les exige mucho; al fin y al cabo, ella viene “de eso”, del esfuerzo y la exigencia de una carrera de ballet: “A lo mejor hacía una pirueta y me caía y me hacía mucho daño, pero mis profesoras no dejaban que el miedo me paralizara y yo acababa haciendo cuatro piruetas más”, rememora sobre su experiencia en un mundo que, aunque le encantaba y le proporcionó herramientas de vida, acabó cambiando por la interpretación: “En 2003, cuando terminé mi carrera, ya medía 1,78 y solo podía aspirar a bailarina solista”, explica sobre su decisión.
Tras mucho tiempo entregada a un esfuerzo que para la mayoría nunca tiene recompensa, Fernández ya es capaz de reconocer (y reconocerse) que ha tenido éxito en la vida: “Nunca me ha gustado escuchar cosas positivas de mí, quizás porque siempre he escuchado cosas negativas. En la danza, si me decían lo bien que lo hacía, no mejoraba; pero si se fijaban en lo que hacía mal, eso sí lo podía mejorar”, admite. Durante muchos años, también fue incapaz de apoyarse en los demás y luchó pensando que podía con todo ella sola. Hasta 2025, cuando le dijo esto mismo a su amiga Ana Gracia, también actriz, y ella le respondió: “No, cariño, tú no puedes con todo”. “Ahí me di cuenta de que iba a colapsar y de que necesitaba ayuda”, explica la actriz. Finalmente, la pidió, y aunque dice que “está siendo un proceso muy doloroso, también está siendo muy sanador”. A su lado está su marido, de quien se confiesa aún muy enamorada: “Me sigue produciendo mariposas, y no solo no es que me guste, sino que es mi compañero, me suma muchísimo. También ha evolucionado conmigo; es una maravilla de hombre y de padre, en el que sé que me puedo apoyar”, describe a Chavarria.
Las heridas de Fernández son tan recientes que están aún a flor de piel, desbordándose en algunos momentos de la conversación, aunque responda siempre que está bien. De cerca, la actriz es tan transparente como cuando la prensa le pone delante un micrófono y ella, rara avis, opina sobre el derecho a la vivienda, la inexistencia de una conciliación real o la brecha de género, que la hizo renunciar a un trabajo en televisión (El chiringuito de Pepe, 2014): “No podía seguir en una serie en la que sabía que era la que más trabajaba y era la que menos cobraba”, explica y, aunque reconoce que si hubiera sido madre en ese momento no se habría atrevido, lo cierto es que pagó el precio por plantarse con un tiempo sin trabajar. “Lo hago por inconsciencia”, afirma, asegurando que no quiere abanderar nada: “Cuando hablo, tengo que hablar desde lo que siento. Hay veces que me tengo que cortar porque hay gente del mundo este que me dice: ‘Tú tienes que ser blanquita y the show must go on’. Pero, ¿cómo no voy a estar con los derechos humanos? ¿Cómo no voy a estar con que todo el mundo tiene que tener una casa? Es que lo pone en la Constitución. ¿Cómo no voy a estar con el colectivo LGTBIQ+? ¿Cómo no voy a estar a favor del aborto? Yo creo que estar en el lado positivo de la historia nunca va a ser nada negativo para mí“.
Esa conciencia, dice, arraiga en su casa de la infancia, donde su abuelo le hablaba de la Guerra Civil: “Me contó de todo, yo no lo di en el colegio ni nada”, recuerda. “Como mis abuelos fueron niños de la guerra, creo que cuando criaron a sus hijos estaban sobre todo preocupados de ponerles un plato en la mesa y de que tuvieran un uniforme del colegio. Por eso creo que mis padres han valorado menos las emociones”, reflexiona, midiendo sus palabras para no dañar a nadie. Aunque reconoce el valor de su madre, quien de muy joven ya tenía tres hijos y “estaba totalmente desbordada”, Fernández también admite que le hubiera gustado entenderla mejor: “Si me hubiese explicado lo que le pasaba, igual me hubiese ayudado”. Ella, dispuesta a no repetir patrones, tiene clara su estrategia con la siguiente generación: “Por eso voy al psicólogo, porque quiero ser una mujer trabajada. Quiero saber lo que me pasa para poder darle nombre y explicarles a mis hijos por qué lloro, por qué estoy feliz, por qué todo”, sentencia.
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