José Mourinho empezó el fin de su primera etapa en el Real Madrid en Cornellà, donde claudicó matemáticamente en la Liga en favor del Barça antes de perder la final de Copa. Aquel entrenador colérico y estridente del 2013, siempre protagonista sin importar el resultado, dio paso este sábado, por el momento, a un Mou tranquilo y en segundo plano en su reestreno con triunfo en el feudo del Espanyol.
El técnico estuvo tranquilo en su debut, a diferencia del brasileño
José Mourinho empezó el fin de su primera etapa en el Real Madrid en Cornellà, donde claudicó matemáticamente en la Liga en favor del Barça antes de perder la final de Copa. Aquel entrenador colérico y estridente del 2013, siempre protagonista sin importar el resultado, dio paso este sábado, por el momento, a un Mou tranquilo y en segundo plano en su reestreno con triunfo en el feudo del Espanyol.
Mientras Manolo González se situó casi todo el partido en la línea de banda, fuera de su área técnica, el de Setúbal estuvo agazapado la mayor parte del tiempo en su banquillo. Todas las miradas apuntaban al luso en su vuelta a la Liga, pero fue Vinícius quien atrajo los focos. Y no precisamente por su fútbol. El brasileño no cambia pese a su nueva cara tras someterse al bisturí.
Con un polo gris y ataviado con un bolígrafo, un subrayador y un papel para tomar notas, Mourinho se sentó en su asiento como si la urgencia de dos temporadas en blanco no le pesara. En un Madrid con muchas novedades y variaciones de posición, apenas salió para dar tímidas indicaciones. A su homólogo Manolo, en cambio, le faltaba voz para expresar todo lo que quería.
El primer gol de su segundo periplo blanco tampoco alteró a Mourinho, que se levantó sin aspavientos para celebrar con sus ayudantes, también los de la grada. El técnico solo elevó sus pulsaciones con detalles: para pedir la entrada de Huijsen, que tenía un corte, y para meter prisa en un saque de banda a Dumfries. El tanto perico le dejó con cara seria y el gaznate seco, pues se animó a abrir la nevera para coger un agua.
El portugués vive en un segundo plano su vuelta a la Liga, mientras que Vinícius vuelve a encararse con el público
Aprovechando un parón, Mourinho hizo un aparte con Vinícius, quizá para explicarle las bondades de la vida sin polémica. Pero el brasileño sigue empeñado en ganarse la enemistad de todos los estadios de España. Le bastó un forcejeo con Riedel para encararse con el público.
El respetable acogió como un regalo la actitud del extremo para entonar el ya habitual cántico ‘Balón de playa’. El extremo se ganó después la amarilla tras empujar a Cala, lo que le valió volver a ser el objetivo de la parroquia . Trataba de defenderle Mou hablando con linier y cuarto árbitro, pero el técnico, por ahora más zen, no puso mucho empeño.
Vinícius también fue el mismo del año pasado con el balón. A cada contacto rival se fue al suelo, algunos merecedores de falta y otros no. Apático en la presión, no estuvo acertado en la toma de decisiones en el área rival. Su millonaria renovación no le ha servido de acicate.
Con el brasileño sin chispa, fue Espí quien sacó, al menos por unos segundos, al Mourinho más efusivo. El entrenador entró en el campo para celebrar el gol del triunfo y conversó con Valverde para evitar un susto de última hora. Con el pitido final, The Special One entró al césped para saludar a todos, jugadores y árbitros, antes de aplaudir desde la lejanía al Espanyol y entrar solo y sin protagonismo en el túnel de vestuarios.
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