Iban a ser dos horas escasas, pero Luis Bárcenas tuvo que comer un bocadillo en el pasillo de la Audiencia Nacional porque su declaración duró varias más. Era una de las más esperadas del juicio de la trama Kitchen, uno de los mayores escándalos en un país demasiado acostumbrado a la corrupción. Y no defraudó.
Iban a ser dos horas escasas, pero Luis Bárcenas tuvo que comer un bocadillo en el pasillo de la Audiencia Nacional porque su declaración duró varias más. Era una de las más esperadas del juicio de la trama Kitchen, uno de los mayores escándalos en un país demasiado acostumbrado a la corrupción. Y no defraudó.Seguir leyendo…
Iban a ser dos horas escasas, pero Luis Bárcenas tuvo que comer un bocadillo en el pasillo de la Audiencia Nacional porque su declaración duró varias más. Era una de las más esperadas del juicio de la trama Kitchen, uno de los mayores escándalos en un país demasiado acostumbrado a la corrupción. Y no defraudó.
Bárcenas actuó ayer en clave Montecristo. En la novela, Dantés se liberaba de la prisión y reconstruía su vida. Algo parecido le ha ocurrido al extesorero popular, ahora un hombre libre. Y jubilado. Ahora su única tarea es ayudar a su hijo Willy con la contabilidad del grupo Taburete , a quien no le va mal. Sin ataduras, era el momento de tirar para arriba.
Con traje gris, camisa blanca de cuello italiano con pañuelo a juego en el pecho, corbata oscura y pelo plata hacia atrás, parece que los años no han pasado por Bárcenas. Ni que ha estado ocho en prisión. La presidenta del tribunal le instó en varios momentos a hacer un receso, pero él respondió que no quería parar. La única debilidad física que evidenció fue el permiso pedido al tribunal para ir al baño “por cuestiones de edad”.
Uno de los momentos culmen de la declaración de Bárcenas fue cuando apuntó contra la cúpula policial del PP. “Esta operación policial para espiarme se inicia por los responsables del PP”. ¿Pruebas? Ninguna. A escasos metros se sentaba en el banquillo Jorge Fernández Díaz. Tranquilidad absoluta. Más nervioso se mostró su exchófer Sergio Ríos, a quien situó como el topo que captó la trama. El tribunal le llamó la atención: gesticulaba demasiado.

Bárcenas cargó contra el póquer de poder del marianismo. Para, de nuevo, el propio Rajoy, “M.R”, de quien volvió a decir que le grabó un audio destruyendo papeles comprometedores. Para su archienemiga María Dolores de Cospedal, a quien le devolvió el “que cada palo aguante su vela”. Para el entonces omnipresente Javier Arenas. Y para la antigua cúpula del Ministerio del Interior liderada por Jorge Fernández Díaz. Génova no hizo prisioneros, como tampoco los hizo Ferraz.
Todo tenor de la corrupción que se precie tiene que tener en cuenta que puede sufrir consecuencias en carne propia. Es de primero de cloacas, que diría Rufián. Cuando comenzó a hacer declaraciones que podrían perjudicar al PP, Bárcenas relató lo que sufrió en la cárcel. Primero se filtró su foto de presidiario. Luego se le categorizó como preso peligroso, con especial protección, “algo que se hace con los yihadistas”. Y se le obligó a desnudarse, “algo que solo se hace a quien trafica con droga”.
No se le escapó decir que ese infierno tuvo un principio –cuando empezó a cantar–, pero también un final. El epílogo coincidió con la moción de censura contra el PP, en el 2018. Con el cambio de gobierno, el día a día del extesorero en Soto del Real dio un giro de 180 grados. Sánchez, en definitiva, le cambió la vida a Bárcenas.
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