Arranca el juicio de la operación Kitchen y uno tiene la sensación de asistir a una vieja costumbre española: cuando las cloacas se abren, el olor llega lejos, pero casi nunca alcanza el último piso del edificio.
Arranca el juicio de la operación Kitchen y uno tiene la sensación de asistir a una vieja costumbre española: cuando las cloacas se abren, el olor llega lejos, pero casi nunca alcanza el último piso del edificio.Seguir leyendo…
Arranca el juicio de la operación Kitchen y uno tiene la sensación de asistir a una vieja costumbre española: cuando las cloacas se abren, el olor llega lejos, pero casi nunca alcanza el último piso del edificio.
LaKitchen nació, según la investigación judicial, para proteger al PP de las revelaciones de su extesorero Luis Bárcenas, en pleno terremoto Gürtel. Espionaje, fondos reservados, confidentes pagados con dinero público. Un pequeño manual de cómo convertir al Estado en parapeto de partido.
¿Hay suficientes barreras para que algo como la Kitchen no vuelva a ocurrir?
En el banquillo aparecen un ministro del Interior, el funesto Jorge Fernández Díaz, altos cargos policiales y el jeta de Villarejo. Perfiles grotescos que ya resultan como parte inevitable de ese paisaje que el gran Lluís Carandell retrató en su libro Celtiberia Show como una España “enamorada de sí misma y al tiempo dispuesta a suicidarse cualquier día que la dejen”.
En esa tradición, la Kitchenno fue solo una operación defensiva. Coincidió con otro frente político: el desafío independentista catalán. Y ahí emergen las conexiones con aquella operación Catalunya destapada con grabaciones conocidas entre Villarejo y dirigentes del PP como María Dolores de Cospedal, hablando de encargarse de “lo de los catalanes”. Política y policía conversando con una proximidad impropia de una democracia sana. Una vez más.
Porque el estallido del caso Pujolretrató dos movimientos simultáneos de quienes utilizaban las cloacas: protegerse del escándalo propio y golpear al adversario. Distintos objetivos, mismo método. La corrupción, permanente. Como las campañas en política. Como la erosión antipolítica que se infligen las instituciones a sí mismas en España.
Por eso, la cuestión de fondo no es solo la corrupción clásica (la caja B o la cuenta suiza) sino algo más delicado: el uso de estructuras del Estado en guerras políticas. Las cloacas, una vez más. Y ahí aparece la otra cara del fenómeno: cómo esos resortes se activaron contra un movimiento político (el independentismo) que formaba parte de la disputa democrática. Cosas de la inercia.
Lo curioso es que en estas historias siempre aparece alguien sentado en el banquillo y alguien sentado en su casa leyendo el periódico con calma. Mariano Rajoy pertenece a esa categoría de supervivientes institucionales que contemplan las tormentas con pachorra y paraguas judicial.
De nuevo, cuando el escándalo sube demasiado alto, aparece la famosa X . Hoy vuelve la misma geometría política: ministros en problemas, policías en el foco y una incógnita donde deberían aparecer responsabilidades más arriba.
La Kitchen juzga hechos concretos, pero deja una pregunta más incómoda: si hemos levantado ya suficientes barreras para que algo así no vuelva a ocurrir o si seguimos confiando en que nadie mire demasiado arriba.
En la mitología griega, Asclepio era capaz de devolver la vida a los muertos y Zeus lo fulminó por alterar el orden del mundo. En el show patrio español, ocurre algo así con la verdad: incomoda resucitarla y siempre se insiste en terminar de enterrarla.
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