Los debutantes Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys regalan un ejercicio de cine voraz, frontal, febril y esencialmente cierto Leer Los debutantes Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys regalan un ejercicio de cine voraz, frontal, febril y esencialmente cierto Leer
Lo más complicado de lograr acostumbra a ser lo más sencillo. Los profesores de latín avezados saben que el verbo amar es el más simple de conjugar gramaticalmente y el más complejo de llevar a la práctica. Las más conspicuas enseñanzas místicas nos invitan a viajar no para ver, sino para no-ver como la forma más pura y, otra vez, sencilla de contemplar lo inefable, lo misterioso, lo invisible. Lo más elemental exige antes un esmerado trabajo de depuración, de limpieza, de simplificación hasta el silencio si es necesario. Yo te creo, de los debutantes Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys, podría pasar por la más sencilla (o simple, incluso) de las películas del año. Su puesta en escena se resume a una cámara y un rostro; una cámara que registra de manera frontal y en toda su crudeza, y un rostro que habla, que sufre, que se confiesa y que llora. No hay más. Y en su claridad libre de barroquismos, exhibiciones y grandes proclamas, la película alcanza ya no solo a sorprender, sino a describir con una nitidez y una verdad irrevocables asuntos tan graves y, en efecto, complejos como los abusos dentro de la familia, el sistema judicial que los juzga y la maternidad misma.
La película cuenta un día en la vida del personaje encarnado más allá de la perfección por Myriem Akeddiou. Le espera una cita en el juzgado para mantener la custodia de sus dos hijos. El padre, acusado de abusos, se la discute y la reclama después de dos años. Yo te creo deja todo el valor probatorio en manos de la palabra, del texto, de un guion que mucho más allá de su simple intención narrativa aspira a confeccionar la radiografía emocional y existencial de una tragedia desmedida, inconmensurable incluso.
Todas las decisiones de dirección son las correctas. La pantalla enseña la profundidad del drama sin llegar a invadir la intimidad de los personajes, sin avasallar, dejando espacio suficiente entre la mirada del espectador y el dolor. En verdad, lo relevante no es tanto lo que se ve, que es básicamente todo, como lo que queda expuesto, lo que se muestra, en cada una de las grietas del sufrimiento de una persona (madre para más señas) acosada por la brutalidad del que fue su marido, por la ineficiencia presumiblemente aséptica del sistema y por la responsabilidad de todos. Una vieja enseñanza dice que puesta en escena es todo aquello de lo que es capaz el cine sin echar mano de la palabra. Pues bien, ahora es el valor de la palabra el que dignifica tanto la puesta en escena como el mismo cine.
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Directores: Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys. Intérpretes: Myriem Akeddiou, Laurent Capelluto, Natali Broods. Duración: 78 minutos. Nacionalidad: Bélgica.
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