De súbito, un abanico de deportes de menor presencia se abría paso en el imaginario popular de nuestro país. Ocurrió en la segunda década de este siglo. Empezamos a hablar de bádminton, de halterofilia, de natación, también de natación artística, también de ciclismo femenino, también de trial. Tras cada una de aquellas disciplinas, un nombre femenino.
De súbito, un abanico de deportes de menor presencia se abría paso en el imaginario popular de nuestro país. Ocurrió en la segunda década de este siglo. Empezamos a hablar de bádminton, de halterofilia, de natación, también de natación artística, también de ciclismo femenino, también de trial. Tras cada una de aquellas disciplinas, un nombre femenino.Seguir leyendo…
De súbito, un abanico de deportes de menor presencia se abría paso en el imaginario popular de nuestro país. Ocurrió en la segunda década de este siglo. Empezamos a hablar de bádminton, de halterofilia, de natación, también de natación artística, también de ciclismo femenino, también de trial. Tras cada una de aquellas disciplinas, un nombre femenino.
Carolina Marín, Lydia Valentín, Mireia Belmonte, Gemma Mengual, Andrea Fuentes, Ona Carbonell, Joane Somarriba, Dori Ruano, Laia Sanz…
La aparición de cada una de ellas fue reconfigurando el panorama del deporte en España. Ni todo era fútbol, ni todo era baloncesto, tenis, motos o F-1. Ni todo era masculino.
(Y en la reflexión recupero las palabras de Carmen Valero (DEP), icono del atletismo en el postfranquismo: “Sois unos culonas y pechugonas y no servís para nada”, le decía un técnico federativo en vísperas de su primer título mundial de cross country, en 1976).
Los Juegos Olímpicos de este siglo ilustraron el cambio de paradigma. De súbito, viajaban tantas mujeres como hombres. De súbito, ellas recogían tantos podios como ellos. O más.
(En Londres 2012, ellas sumaron once podios y ellos, seis; en Río 2016, nueve y ocho).
De entre todas estas rara avis, Carolina Marín era la más inesperada. La escuchábamos en las ruedas de prensa, siempre junto a su técnico, Fernando Rivas. Eran charlas técnicas, un punto esotéricas. Les oíamos hablar de meditación, biomecánica, cámaras hipobáricas o test de lactatos, mientras nos preguntábamos: “¿Dónde va esta jugadora de bádminton zurda, afilada y excesiva en su gestualidad, peleando en un universo que le es ajeno, enfrentándose a rivales orientales…?
(Coreanas, chinas, tailandesas…; solo hay una occidental en el top 15, la canadiense Michelle Li, nacida en Hong Kong).
Los escépticos se equivocaban. La zurda afilada, personaje inesperado en aquel universo oriental, estaba decidida a revolver el mundo del bádminton y a mostrarle a las deportistas españolas que “sí, se puede”. Al irse ella, se cierra una etapa. Era la última en pie entre aquellas deportistas disruptivas. Sin embargo, su papel ha cuajado. Ya no hay raras avis entre las mujeres deportistas en España.
Deportes
