Vari Caramés, Premio Nacional de Fotografía 2026: «No tengo ni una sola cámara digital»

El jurado reconoce la trayectoria del artista ferrolano, de 72 años, y su capacidad para transformar escenas cotidianas en composiciones que rozan la abstracción pictórica Leer El jurado reconoce la trayectoria del artista ferrolano, de 72 años, y su capacidad para transformar escenas cotidianas en composiciones que rozan la abstracción pictórica Leer  

«No me veo ni muy fotógrafo, ni muy pintor, ni muy artista, ni muy nada. Estoy entre algo que me entretiene».

Cuando el Ministerio de Cultura preparaba el comunicado para anunciar su elección como ganador del Premio Nacional de Fotografía 2026, Vari Caramés (Ferrol, 1953) bromeó con que podían ahorrarse sus datos de contacto, porque total, tampoco iba a llamarlo nadie. Se equivocaba.

Desde que este mediodía se hizo público el fallo, el teléfono no ha dejado de sonar y el artista atiende a EL MUNDO desde su casa de La Coruña, algo apurado por la «avalancha» de llamadas de periodistas que, al contrario de lo que había pronosticado, ahora se disputan unos minutos de su tiempo.

«No había estado pendiente del premio, como tampoco había pretendido nunca vivir de la fotografía. Pero supongo que lo inesperado siempre está presente y que, a estas alturas de la vida, uno ya debería estar acostumbrado a que le sorprendan», explica el artista, que este viernes cumplirá 73 años y que todavía saca a pasear la Voigtländer manual que su padre le regaló cuando apenas era un adolescente.

Lo imprevisto, precisamente, es también el hilo conductor de su próximo libro, Inesperadas, una recopilación de fotografías inéditas que prepara para publicar entre noviembre y diciembre con el apoyo de la Fundación Marta Ortega Pérez (MOP), con sede en La Coruña. El premio, mientras tanto, ha llegado como una de esas imágenes que uno no esperaba encontrarse. O, como prefiere decir el propio Caramés, como «un regalo de cumpleaños adelantado».

El jurado ha reconocido con 30.000 euros una trayectoria en la que Caramés ha ido construyendo un «universo reconocible» a base de manchas, reflejos y sus característicos desenfoques, con los que transforma escenas cotidianas en composiciones más próximas a la pintura abstracta que a la fotografía convencional. Un reconocimiento que sitúa su nombre junto al de otros galardonados como Laia Abril, Cristóbal Hara, Pilar Aymerich o Carmela García, premiada en la edición anterior.

«Scorsese dijo aquello de que un artista es alguien capaz de hacer que sus obsesiones interesen a los demás, y yo siempre he creído mucho en eso. Por eso me he dejado llevar por mis propias referencias, por ese pequeño universo personal, sin preocuparme demasiado por lo comercial», explica Caramés, que reconoce sentirse más cómodo en los terrenos de la abstracción y encuentra buena parte de sus referentes fuera de la fotografía, especialmente en el cine.

«Me interesan mucho directores como David Lynch o Jim Jarmusch, y también Oliver Laxe, que además de gustarme mucho como cineasta es un gran amigo», confiesa.

Precisamente por esa afinidad con el cine, celebra que cada vez más creadores españoles se atrevan a escapar de las fórmulas tradicionales y a explorar otros lenguajes. Habla de una «nueva escuela» que considera especialmente prometedora, en la que incluye también a Javier Calvo y Javier Ambrossi, cuya última película, La bola negra, califica de «exquisita».

Después de más de cuatro décadas dedicado a la fotografía, Caramés sigue hablando de su oficio con el entusiasmo de quien nunca ha terminado de considerarlo un trabajo. «Somos muchos los que tenemos la suerte de dedicarnos a algo que nos apasiona y, por eso, no lo vivimos como algo tan trabajoso. Evidentemente hay muchísimas horas detrás, pero cuando algo te gusta tanto no lo sientes como una esclavitud. Al contrario, le dedicas todo lo que tienes. Al final es como una droga, aunque una sana«, bromea.

Ni siquiera la revolución tecnológica ha conseguido apartarlo de la fotografía analógica. Mientras las cámaras digitales, los programas de edición y, más recientemente, la inteligencia artificial han transformado las posibilidades de la creación visual, él continúa fiel a los carretes con los que aprendió a mirar el mundo. Primero porque eran «lo único que había» cuando empezó y después porque nunca ha sentido la necesidad de sustituirlos.

«Te confieso que no tengo ni una sola cámara digital«, cuenta. Y tampoco parece tener intención de comprarse una. Mientras sigan fabricándose rollos de película, asegura, seguirá utilizándolos.

A los jóvenes que empiezan en la fotografía y se preguntan si podrán ganarse la vida con ella, Caramés suele transmitirles una pequeña receta que, según dice, es prácticamente lo único que puede ofrecerles después de tantos años de experiencia.

La ha reducido a tres letras: IAT, que en su particular vocabulario significan «intención, atención y ternura». «La intención es fundamental para saber qué quieres hacer y darle un sentido a tu proyecto. Después viene la atención, que consiste en dedicarle tiempo, cuidarlo, mimarlo y apasionarte con él. Y, por último, la ternura, que es aprender a querer aquello que estás creando», explica.

Una fórmula que considera especialmente necesaria en una época en la que las imágenes se multiplican hasta resultar agotadoras. «Vivimos en un mundo demasiado sobreexcitado visualmente, sometidos a tantos estímulos y a una sobreexposición de imágenes que a veces resulta difícil que una fotografía consiga emocionarte, provocarte o incluso obsesionarte», reflexiona.

De ahí que insista en la importancia de detenerse, prestar atención y establecer una relación personal con lo que se pretende fotografiar. Aunque tampoco quiere vender su receta como una fórmula infalible. A las tres letras, advierte, todavía habría que añadirles otro ingrediente bastante menos misterioso. «Luego, trabajo, trabajo y trabajo. Claro«.

Y ahora que el premio ha llegado sin buscarlo, tampoco parece dispuesto a cambiar demasiado sus planes. «No creo que estas cosas lleguen porque uno las espere. A veces es el azar, las circunstancias… No lo sé. Pero estoy feliz, claro, y pienso disfrutarlo», reconoce, antes de recordar que hay muchos fotógrafos y fotógrafas extraordinarios en España que también merecerían el reconocimiento.

«Si no me lo hubieran dado nunca, habría sido igualmente feliz, porque yo ya tengo el premio de poder dedicarme a mi pasión por la fotografía», asegura. Una pasión que sigue estrechamente vinculada a Galicia, a sus paisajes y a esa atmósfera tantas veces nebulosa que ha contribuido a definir su manera de mirar.

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