Una victoria de Trump

La ofensiva de Estados Unidos contra Irán no solo ha reactivado un foco de máxima tensión en Oriente Próximo. Ha abierto, también, una grieta política en Europa que trasciende el episodio militar. En esa grieta se cuela, una vez más, la figura de Donald Trump. Sin necesidad de ocupar territorio europeo, el presidente norteamericano ha conseguido algo más sutil y quizá más decisivo: fracturar la posición común del continente y forzar a cada capital a definirse.

Seguir leyendo…

 La ofensiva de Estados Unidos contra Irán no solo ha reactivado un foco de máxima tensión en Oriente Próximo. Ha abierto, también, una grieta política en Europa que trasciende el episodio militar. En esa grieta se cuela, una vez más, la figura de Donald Trump. Sin necesidad de ocupar territorio europeo, el presidente norteamericano ha conseguido algo más sutil y quizá más decisivo: fracturar la posición común del continente y forzar a cada capital a definirse.Seguir leyendo…  

La ofensiva de Estados Unidos contra Irán no solo ha reactivado un foco de máxima tensión en Oriente Próximo. Ha abierto, también, una grieta política en Europa que trasciende el episodio militar. En esa grieta se cuela, una vez más, la figura de Donald Trump. Sin necesidad de ocupar territorio europeo, el presidente norteamericano ha conseguido algo más sutil y quizá más decisivo: fracturar la posición común del continente y forzar a cada capital a definirse.

Alemania ha optado por el pragmatismo con Washington. El Reino Unido y Francia han marcado distancias, reclamando contención y respeto a los equilibrios internacionales. España, en cambio, ha elevado el tono crítico. El resul­tado es una Europa descoordinada, incapaz de articular una voz única en un momento muy grave. La vieja aspiración de autonomía estratégica vuelve a diluirse ante la realidad de los hechos: el centro de gravedad de la Unión Europea está ahora en la Casa Blanca.

Trump acelera la fractura europea y condiciona una futura campaña electoral española

Pero donde la sacudida adquiere un relieve particular es en la política española. La respuesta a la ofensiva estadounidense no es solo una cuestión de política exterior; es un posicionamiento estratégico con consecuencias internas de gran calado. Pedro Sánchez ha asumido una postura contundente que evoca deliberadamente el espíritu del “No a la guerra”
del 2003. La referencia no es casual:
conecta con una memoria colectiva movilizadora y sitúa al PSOE en un terreno moral reconocible para su electorado. Sánchez arriesga, sí, pero también delimita un campo político nítido frente a Washington.

Enfrente, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal han definido igualmente
su posición. Feijóo, más cómodo en la gestión que en la geopolítica, se inclina por una defensa de la Alianza Atlántica sin estridencias, consciente de que una ruptura frontal con Estados Unidos sería
difícil de explicar en términos de seguridad. Abascal, por su parte, no duda en respaldar la ofensiva norteamericana, reforzando su alineamiento ideológico con Trump y su apuesta por un atlantismo sin matices.

Estas posiciones no son retóricas ni
coyunturales. Van a marcar la agenda de los próximos meses. Si la crisis se prolonga o escala, cada declaración, cada voto en el Congreso, cada gesto diplomático se leerá en clave interna. La política exterior se convertirá en un termómetro de liderazgo y en un factor de diferenciación electoral.

Y si el calendario político español de unas elecciones generales se acelera, la actitud frente a Estados Unidos y ante la redefinición del orden internacional será uno de los ejes de confrontación. Trump, mientras tanto, habrá logrado su objetivo estratégico: obligar a sus aliados a retratarse y tensionar sus consensos. En ese movimiento, la cohesión europea se debilita y la política española entra en una nueva fase de polarización. Esa es, por ahora, su victoria.

 Política

Noticias Similares