Veinticuatro horas después del PSG-Bayern y su oda al fútbol, el Atlético de Madrid-Arsenal fue una oda al penalti, el único lance que puede cambiar la vida de un partido en un instante, como si fuese un accidente de tráfico inesperado. Gracias a dos penaltis de esos que un día se pitan y otros no, como el picante y los pimientos de Padrón, y un vicepenalti revisado por el VAR, la semifinal de las clases subalternas fue un partido vibrante, escrito en prosa, eso sí.
Veinticuatro horas después del PSG-Bayern y su oda al fútbol, el Atlético de Madrid-Arsenal fue una oda al penalti, el único lance que puede cambiar la vida de un partido en un instante, como si fuese un accidente de tráfico inesperado. Gracias a dos penaltis de esos que un día se pitan y otros no, como el picante y los pimientos de Padrón, y un vicepenalti revisado por el VAR, la semifinal de las clases subalternas fue un partido vibrante, escrito en prosa, eso sí.Seguir leyendo…
Veinticuatro horas después del PSG-Bayern y su oda al fútbol, el Atlético de Madrid-Arsenal fue una oda al penalti, el único lance que puede cambiar la vida de un partido en un instante, como si fuese un accidente de tráfico inesperado. Gracias a dos penaltis de esos que un día se pitan y otros no, como el picante y los pimientos de Padrón, y un vicepenalti revisado por el VAR, la semifinal de las clases subalternas fue un partido vibrante, escrito en prosa, eso sí.
Mereció el Atleti ganar el partido porque si alguien arriesgó algo –tampoco fue una noche loca– fueron los rojiblancos, resucitados por una pena máxima por una mano de esas tontas que fusiló Julián Álvarez para lograr el 1-1. Un detalle tan nimio y azaroso imprimió a la semifinal otros aires, menos espesos, y favoreció una segunda parte trepidante, lo suficiente para no despreciar a dos equipos cuya filosofía es primero defender y después Dios proveerá.
El Atlético se fue contento con el empate de los penaltis, decisivos en la semifinal de las clases subalternas
Con el VAR, el penalti ha dejado de ser una trifulca en la que al árbitro tenía todas las de perder. Aun así, lo visto anoche –dos penas máximas señaladas y anotadas y otra anulada– sigue alimentando lo duro que resulta a los futbolistas aceptar una condena sin juicio. A destacar la reacción rojiblanca cuando el colegiado no pitó penalti por manos: un tropel cuya presión favoreció la revisión. Va por el Barça, más timorato y pardillo en situaciones similares.
El partido tuvo una atmósfera asfixiante, y hasta un telespectador sentado en el sofá terminaba por sentir que a sus espaldas, resoplando en su cogote, estaba un jugador del equipo contrario. Si la presión fuese un arte, colchoneros y cañoneros bordaron la excelencia porque todos y cada uno de los jugadores se dejaron cuerpo y alma en atosigar a su contrincante. Y aun así, la segunda parte resultó abierta y distraída, una reivindicación de que el fútbol puede entretener a base de entrega y aquello tan antiguo del pundonor.
Si hay un equipo esta temporada en España que gestiona, administra y rentabiliza las eliminatorias es el Atlético de Madrid, que parecía anoche satisfecho con el empate. Son los que mejor entienden que las eliminatorias duran 180 minutos y no 90, un plato que se cocina a fuego bajo, vigilando el detalle y, sobre todo, minimizando la posibilidad del error. Por eso están en semifinales sin un fútbol vistoso, haciendo del sufrimiento una fiesta, tal que si fueran masoquistas. Tampoco el Arsenal es amigo de alegrías. Londres no será una fiesta, pero sí un campo de batalla de trincheras, alambradas y acaso tanda de penaltis.
Deportes
