España no necesita renunciar a aquello en lo que ha construido una ventaja; necesita dejar de confundir una ventaja con un defecto. Leer España no necesita renunciar a aquello en lo que ha construido una ventaja; necesita dejar de confundir una ventaja con un defecto. Leer
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Cada año, al hacer balance de la temporada veraniega, volvemos a escuchar o a leer ese mantra económico: «España es demasiado dependiente del turismo». Sin embargo, hace más de 200 años que David Ricardo nos enseñó que la especialización productiva no es una anomalía, sino una consecuencia natural que permite a los países explotar sus ventajas comparativas. Por lo tanto, no existen razones económicas para considerar menos legítima la especialización productiva de España en turismo que la de Noruega, Alemania o Países Bajos en actividades como la extracción de crudo y gas, la fabricación de automóviles y los servicios de logística y distribución, respectivamente.
Durante la última década, el sector turístico no solo creció más que el resto de la economía española, sino que lo hizo de forma equilibrada: generó empleo y aumentó su productividad. De hecho, el turismo explica más del 25% de nuestras ganancias de productividad de la última década. La comparación europea resulta todavía más reveladora: entre 2015 y 2024, la productividad por hora del turismo español aumentó cerca de un 13%, frente al 2% en el resto de la Unión Europea.
Estos datos ponen de manifiesto que el turismo tiene un carácter estratégico para la economía española y que ha conseguido este liderazgo europeo mediante una estrategia poco habitual.
Por un lado, este salto en términos de productividad ha permitido al sector aumentar su capacidad competitiva sin tener que reducir márgenes ni salarios. Por el contrario, la facturación de la hostelería creció un 85% entre 2015 y 2024, frente al 71% del resto de la Unión Europea, al mismo tiempo que los márgenes operativos del sector aumentaban hasta alcanzar la media europea y el salario mínimo crecía un 75%.
Por otro lado, el esfuerzo inversor del sector en España es la mitad del que registra el resto de la Unión Europea. Sin embargo, detrás de ese bajo volumen hay un cambio cualitativo profundo. Entre 2015 y 2022, la inversión turística española en intangibles creció el doble que la de nuestros principales competidores europeos.
Por consiguiente, el turismo español no se está modernizando únicamente construyendo más hoteles o acumulando activos físicos, sino incorporando capital que permite producir más y mejores servicios. Menos ladrillo y más tecnología. En suma, durante la última década, el sector ha hecho algo bastante difícil: se ha transformado mientras crecía. El turismo ha demostrado una notable capacidad endógena para invertir, incorporar tecnología y aumentar su competitividad sin devaluar salarios. Sin embargo, a pesar de haber demostrado esta capacidad de transformación, resulta paradójico que el turismo no se encontrara entre los grandes sectores beneficiarios de los fondos Next Generation.
Esta paradoja tiene un buen precedente en Japón. Entre 1955 y 1990, el Estado japonés desplegó una política industrial activa para impulsar sectores considerados estratégicos. Richard Beason y David E. Weinstein analizaron posteriormente 13 industrias para comprobar si el apoyo había terminado allí donde estaban las mayores oportunidades de crecimiento y productividad. El resultado fue llamativo: el apoyo se concentró de forma desproporcionada en sectores de bajo crecimiento y con rendimientos decrecientes a escala (minería o textil), mientras que algunas de las industrias que mejor evolucionaron en productividad, como la automoción o la microelectrónica, recibieron comparativamente menos apoyo. El estudio no demostraba causalidad, pero sí cuestiona la capacidad del Estado para identificar sectores estratégicos.
El paralelismo con España resulta inevitable: del mismo modo que la automoción y la microelectrónica acabaron convirtiéndose en motores de la transformación japonesa sin haber sido necesariamente las grandes apuestas de su política industrial, el turismo puede estar desempeñando hoy un papel similar en nuestra economía. La lección no debería ser que la política industrial deba dejar de intervenir, sino que quizá deba hacerlo de otra manera: menos preocupada por seleccionar sectores ganadores y más orientada a retirar las barreras que impiden crecer a las actividades que ya están demostrando capacidad para hacerlo. No se trata de repartir premios, sino de evitar que la política económica termine poniendo obstáculos precisamente allí donde ya están apareciendo oportunidades.
En España seguimos mirando el turismo como una especialización fácil, basada en una ventaja natural y con un limitado recorrido productivo, cuando precisamente su evolución reciente sugiere lo contrario. Jane Austen sabía que el prejuicio puede nublar el juicio incluso cuando los hechos están delante de nosotros. Quizá eso sea lo que nos está ocurriendo con el turismo. No se trata de idealizarlo ni de ignorar sus costes, sino de juzgarlo por lo que es y no por lo que durante demasiado tiempo hemos creído que era. España no necesita renunciar a aquello en lo que ha construido una ventaja; necesita dejar de confundir una ventaja con un defecto.
*Víctor Ausín es técnico comercial y economista del Estado y socio de ‘aimTFP’.
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