Trump: “Solo pido un trozo de hielo”

“Solo quiero un trozo de hielo” dijo Trump desde la tribuna de Davos. “No es pedir mucho”. Y tenía razón. Groenlandia es poco más que un gran pedazo de hielo. Lo dijo varias veces para subrayar su insignificancia para alguien que valora personas y territorios en función de su riqueza. En realidad estaba diciendo que quiere Groenlandia porque puede, porque él es quien manda. Y porque los titulares formales de esta isla más cercana a Canadá que al viejo continente, los groenlandeses, los daneses y, por delegación, también los europeos, no le merecen ningún respeto.

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 “Solo quiero un trozo de hielo” dijo Trump desde la tribuna de Davos. “No es pedir mucho”. Y tenía razón. Groenlandia es poco más que un gran pedazo de hielo. Lo dijo varias veces para subrayar su insignificancia para alguien que valora personas y territorios en función de su riqueza. En realidad estaba diciendo que quiere Groenlandia porque puede, porque él es quien manda. Y porque los titulares formales de esta isla más cercana a Canadá que al viejo continente, los groenlandeses, los daneses y, por delegación, también los europeos, no le merecen ningún respeto.Seguir leyendo…  

“Solo quiero un trozo de hielo” dijo Trump desde la tribuna de Davos. “No es pedir mucho”. Y tenía razón. Groenlandia es poco más que un gran pedazo de hielo. Lo dijo varias veces para subrayar su insignificancia para alguien que valora personas y territorios en función de su riqueza. En realidad estaba diciendo que quiere Groenlandia porque puede, porque él es quien manda. Y porque los titulares formales de esta isla más cercana a Canadá que al viejo continente, los groenlandeses, los daneses y, por delegación, también los europeos, no le merecen ningún respeto.

La alfombra roja recibió a Trump en el helipuerto de Davos
La alfombra roja recibió a Trump en el helipuerto de DavosMICHAEL BUHOLZER / AP

La clave del éxito de las reuniones de Davos (cincuenta y seis años ya) ha sido el networking que se practica en los salones de los hoteles. Ni siquiera la crisis del 2008, cuando las reuniones quedaron estigmatizadas como símbolo de la era neoliberal, empañaron su brillo. Los empresarios asumían públicamente su responsabilidad en el estado de cosas del mundo y pagaban para poder acercarse a los políticos. Como ha explicado Adrian Monck, que fue director general de los encuentros en los años buenos, unos y otros hacían ver que las desgracias globales (el cambio climático, la desigualdad) eran poco más que problemas técnicos que se podían resolver.

Trump no quiere Groenlandia por su riqueza sino porque puede hacerlo, porque es quien manda

Pero esto se ha acabado. Davos ya no es el centro de nada. Está en un continente del que el crecimiento ha pasado de largo en las últimas décadas. No hay en esta reunión presencia relevante de chinos o indios. Solo occidentales. Este año nadie ha ido hasta allí para justificarse ni para arreglar nada. Mucho menos Donald Trump, que como los capitalistas que le apoyan, piensa en un mundo en el que no hay compromisos ni límites.

Los europeos lanzaron un suspiro de alivio cuando Trump dijo que no pensaba utilizar la fuerza para quedarse con Groenlandia. Pero después pensaron en lo terribles que pueden ser unas negociaciones inmediatas para su venta. Pocas personas saben transmitir con tanta habilidad el desprecio que sienten por los que consideran inferiores como el presidente de EE.UU. La ridiculización de Emmanuel Macron, la mofa (merecida o no) de Mark Rutte… las alusiones a la ingratitud de una Europa salvada del nazismo por los norteamericanos en la II Guerra Mundial. Sin ellos, “los europeos hablarían alemán y quizás un poco de japonés”.

En febrero de 2025, J.D. Vance , vicepresidente de EE.UU. viajó a la Conferencia de Seguridad de Múnich para señalar que nuestro problema no era la extrema derecha ni Rusia, sino la propia democracia. Europa se sorprendió ante un discurso que medía el abismo que hay entre la manera de pensar de la nueva derecha americana y el consenso europeo. En las palabras de Trump de ayer en Davos no hubo ideología. Solo ese desprecio coñón que siente hacia quienes considera unos “perdedores”.

En el banquete de la noche del martes, en el que Larry Fink (Blackrock), actuaba como anfitrión, Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, dejó con la palabra en la boca a Howard Lutnick, secretario de estado de Comercio de EE.UU. , que entre plato y plato, lanzó duras críticas contra Europa por la marcha de su economía. Fue el único gesto digno de una europea en un Davos en el que el networking fue lo de menos.

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