Israel siente que EE.UU. la ha traicionado. Los países del Golfo piensan que Washington ya no los protege. Irán está envalentonado. El paso de Trump por Oriente Medio ha sido el de un huracán. Golpea con fuerza y deja un mar de escombros.
Israel siente que EE.UU. la ha traicionado. Los países del Golfo piensan que Washington ya no los protege. Irán está envalentonado. El paso de Trump por Oriente Medio ha sido el de un huracán. Golpea con fuerza y deja un mar de escombros.Seguir leyendo…
Israel siente que EE.UU. la ha traicionado. Los países del Golfo piensan que Washington ya no los protege. Irán está envalentonado. El paso de Trump por Oriente Medio ha sido el de un huracán. Golpea con fuerza y deja un mar de escombros.

El día en que los seguidores del Imán Jomeini derrocaron al Sha de Persia, en 1979, los temblores se pudieron sentir en las arenas de Arabia. La Casa de Saud, amenazada en su hegemonía religiosa y política, hizo dos cosas. Estrechó las relaciones con unos Estados Unidos que la protegían militarmente y dejó la moral del país en manos del wahabismo, una corriente religiosa conservadora y antioccidental.
Miles de jóvenes de la élite saudí enviados al exterior con el encargo de modernizar la monarquía, se vieron atrapados en esa contradicción. Entre ellos, el séptimo hijo varón del constructor Mohamed bin Laden, padre de un imperio empresarial y de 52 hijos biológicos. En su adolescencia, Osama pasó unos meses por Oxford y estudió business administration en la Universidad Rey Abdulaziz. Allí hizo amistades que le llevaron al extremismo islamista y, al final, a fundar Al Qaeda.
El 11 de septiembre del 2001, militantes de la organización a las órdenes del joven saudí estrellaron dos aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York. Murieron 2.700 personas. Puede decirse que Bin Laden cambió la historia. El atentado hundió la confianza de los americanos para gobernar el mundo. Y enfangó a sus autoridades en una aventura militar que les llevó a Irak y Afganistán en busca de armas masivas y de barbudos islámicos.
Veinticinco años después, Donald Trump ha vuelto a la escena del crimen, con ese don que tiene para acelerar los acontecimientos; para cambiar, él también, la historia. Los observadores destacan que el 2001 fue el año en que Estados Unidos emitió las primeras señales de decadencia. Ahora añaden que con la chapuza de Versailles, Trump ha dado un paso de gigante en esa dirección. Ha hecho una guerra que ha fortalecido al enemigo y ha firmado un acuerdo que le beneficia.
Los historiadores avisan que los imperios tardan mucho en morir. Y que Estados Unidos tiene cuerda para rato. Pero, en manos del presidente de la cabellera naranja, la historia parece un teatrillo en el que el tiempo corre vertiginosamente.
Trump fue de los que se indignaron en 1980, cuando un enjambre de estudiantes iraníes saltó las vallas de la embajada de EE.UU. en Teherán y secuestró una cincuentena de empleados. El secuestro duró 444 días y dejó un sentimiento de humillación enorme. Cuando en 2015, Barak Obama firmó un acuerdo con Irán por el que le retiraba las sanciones a cambio de detener el programa nuclear, Trump lo criticó. Después, ya en la Casa Blanca, lo anuló.
Hace un mes quería destruir Irán, hoy levanta bloqueos y sanciones y ayuda a su economía
La animosidad iraní con EE.UU. venía de lejos. Washington era el protector del Sha, personaje que triunfaba en la prensa del corazón con su esposa, la Farah Diba, y que gobernaba con mano dura un país lleno de miseria. A cambio, explotaban su petróleo. Los occidentales descubrieron el oro negro persa en 1908, treinta años antes que el de la península arábiga. Los petrodólares y las bases militares de EE.UU. alumbraron uno de los mayores focos de riqueza del planeta, los emiratos y monarquías del Golfo. Y allí, justo al lado, estaba Irán, convertida en némesis de ese mundo de sofisticación y lujo.
En las tres décadas siguientes, gracias al chiísmo y a la causa palestina, Irán extendió su influencia en la región a través de organizaciones como Hizbulah. En paralelo, los servicios secretos de Israel, la otra potencia en la zona, no dejaron de acumular información sobre Irán y sus milicias para cuando llegara el gran día de la destrucción del país y su desmembración.
La matanza de israelíes por Hamas el 7 de octubre del 2022 fue la oportunidad que un sector de la derecha israelí estaba esperando. Tanto, que empezó a practicar una política de aniquilación en Gaza, la asfixia de Cisjordania y la ocupación del sur de Líbano. Proyectos de anexión justificados no en el derecho a defenderse, sino en la historia y en la religión.
En ese clima, Beniamin Netanyahu, en una reunión documentada por The New York Times, convenció a Trump que era el momento de atacar el país y derrocar al régimen. El entorno del presidente le advirtió que en el plan de Israel había mucha fantasía. Pero Trump siguió adelante.
Estados Unidos e Israel bombardearon Teherán el 28 de febrero de 2026 y eliminaron al líder supremo y a la cúpula del régimen. Como en Venezuela, lo descabezaron. Pero a diferencia del país caribeño, en Irán no había una Delcy Rodriguez con la que negociar. Solo la Guardia Revolucionaria. No hubo levantamiento popular, ni entrada de kurdos y baluches por tierra. Solo un derroche de armamento por EE.UU. y el castigo de Irán sobre las infraestructuras de los países del Golfo y el bloqueo del estrecho de Ormuz, lo que dejó a Estados Unidos descolocado.
La solución a todo ese embrollo ha sido un acuerdo que levanta el bloqueo, elimina sanciones y ayuda a reconstruir el mismo país que en primavera quería desestabilizar. Y que ha convertido a Israel en el gran escollo de un pacto que intenta reventar como sea. Pese a la advertencia que les hizo J.D. Vance el jueves: “Trump es el único jefe de Estado en todo el mundo que simpatiza con la nación de Israel en este momento”. Los países del Golfo tampoco son felices. Han llegado a la conclusión de que Washington ya no les protege y buscan en otras potencias (Pakistán, Turquía) ese apoyo en una región en la que Estados Unidos ya no garantiza la seguridad.
Israel, perplejo ante el cambio de posición de Trump, se ha convertido en el gran escollo de la paz
El mundo contempla, en suma, cómo Estados Unidos es capaz de aplastar militarmente un país para después no saber qué hacer con todo ello.
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