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Me gusta más veces Carlos Boyero que Pedro Almodóvar. Esa es la verdad. Soy de esa generación de jóvenes abocados a convertirnos en señoros tirando a machirulos que crecimos, nos emocionamos, nos hicimos, con el cine que recomendaban Carlos, en sus charlas y sus críticas, y José Luis Garci, en su programa. Si les huelo a humo, Brummel y testosterona, lo asumo, pero no voy a pedir perdón. Muy poca gente me ha suministrado más felicidad que ellos.
Pienso en mis películas preferidas y es una lista que podría haber escrito perfectamente Boyero porque, de hecho, a muchas llegué por él. El apartamento, El buscavidas, La ley de la calle, Grupo Salvaje, Blade Runner, todo el Woody Allen del siglo XX… Es el Panteón del hombre heteronormativo. También es una colección de obras maestras indiscutibles. Que cada uno se quede con la lectura que considere, pero convertir en pimpampum a quien consiguió que tantos chavales viéramos clásicos es injusto. Como alguien que aún no ha logrado que su hija llegue a La Marsellesa en Casablanca, les diré que no es fácil. Mi agradecimiento es eterno.
Según crecí, entendí que Boyero peca de fobias irracionales. Como todos. Almodóvar, no es ningún secreto, es la suya. La mía son los Beatles, cada uno con su pedrada. En realidad, la película que me hizo abandonar su senda fue Eternal Sunshine of the Spotless Mind [me niego a llamarla ¡Olvídate de mí!, retitulado terrorista]. Anclado a una forma de entender el cine y la vida, hay ciertas sensibilidades que no entiende o no quiere entender. En su derecho está, pero quita peso a sus opiniones sobre películas que se salen del canon del cine para padres. Es así y le da igual. En todo caso, sigue sabiendo de lo que habla.
Lo de Almodóvar es otra cosa. Irene Cuevas, residente en esta columna los martes y de quien soy lector devoto, le daba esta semana un palo a Boyero por su inevitable meneo a Amarga Navidad. Tiene razón en la tesis central: director y crítico no juegan en la misma liga y aunque el manchego hubiera hecho la mejor película de todos los tiempos, la hostia se la iba a llevar igual. Pero cae Cuevas en el error de Carlos a la inversa: trata a Almodóvar como el genio infalible e incapaz de parir un truño que no es. Pasa con él como con los Beatles, sus fans te quieren hacer creer que Los amantes pasajeros, Kika, Ob-La-Di, Ob-La-Da o Lady Madonna, algunas de las peores cosas jamás creadas por el ser humano, son obras maestras. Y no. Son espantosas. Pese a quien pese, Boyero a veces acierta con Almodóvar. El combate lo ganará el director, pero será a los puntos y no por KO.
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