Raúl Arévalo (Madrid, 1979) interpreta a El Suizo en El castillo, la serie que se adentra en las redes de trata de mujeres con fines de explotación sexual. Apenas quince días después de su estreno en Movistar Plus, la ficción basada en el libro de Mabel Lozano, El proxeneta, se perfila como una de las revelaciones de la temporada por la crudeza de su relato y su mirada sobre una realidad a menudo invisibilizada. El actor de títulos como Antidisturbios y La isla mínima sorprende además con una transformación física tan radical que cuesta reconocerlo en pantalla. Esta semana, el actor acompañó a los creadores de la serie, Isabel Peña y Eduardo Villanueva, en una clase magistral organizada por el Festival Internacional de Series de Barcelona.
El actor protagoniza ‘El castillo’, la serie de Movistar Plus basada en la novela ‘El proxeneta’ de Mabel Lozano
Raúl Arévalo (Madrid, 1979) interpreta a El Suizo en El castillo, la serie que se adentra en las redes de trata de mujeres con fines de explotación sexual. Apenas quince días después de su estreno en Movistar Plus, la ficción basada en el libro de Mabel Lozano, El proxeneta, se perfila como una de las revelaciones de la temporada por la crudeza de su relato y su mirada sobre una realidad a menudo invisibilizada. El actor de títulos como Antidisturbios y La isla mínima sorprende además con una transformación física tan radical que cuesta reconocerlo en pantalla. Esta semana, el actor acompañó a los creadores de la serie, Isabel Peña y Eduardo Villanueva, en una clase magistral organizada por el Festival Internacional de Series de Barcelona.
¿Qué le ha sorprendido más de todo lo que ha descubierto a través de El castillo?
El dato de que España sea el país de Europa donde más prostitución se consume y el tercero del mundo. Es algo que te hace pensar. Pero me gustaría matizar que El castillo habla de la trata de mujeres con fines de explotación sexual. La prostitución es una realidad mucho más amplia, pero la serie se centra concretamente en la trata.
Una de las realidades mostradas es la de las “mujeres de deuda”, captadas y explotadas sexualmente para saldar una deuda mediante la prostitución.
Es sorprendente ver cómo funcionaban estas mafias, cómo tenían enganchadas y engañadas a las mujeres. Aunque muchas supieran a lo que venían, no sabían cómo las iban a tratar. Y todas esas artimañas de los proxenetas para conseguir que se quedaran… Cuando lo leí en el guion y en el libro de Mabel Lozano no me podía creer que aquello fuera así.
También sorprende la dificultad que tenían las autoridades para perseguir estas redes, incluso cuando había indicios de explotación.
La trata de seres humanos, incluida la de mujeres con fines de explotación sexual, no fue delito en España hasta 2010, y eso es increíble. Es verdad que las autoridades estaban muy perdidas, porque no se sabía bien a qué se enfrentaban. A veces iban a los clubes y podían actuar porque había mujeres sin papeles, pero el foco se ponía en ellas, en lugar de en los proxenetas o en los consumidores. Nos cuentan personas de aquella época que los agentes llegaban a los clubes pidiendo perdón a los clientes y, en muchos casos, al empresario, mientras que a las mujeres las trataban como delincuentes, aunque no hubieran hecho nada y muchas estuvieran siendo explotadas. Eso me perturba y me sorprende muchísimo.
La historia se sitúa entre finales de los noventa y principios de los 2000. ¿Cree que los mecanismos de explotación han cambiado sustancialmente?
La serie llega hasta la actualidad precisamente porque es algo que sigue ocurriendo, aunque de diferentes formas y por diferentes vías. No creo que haya que confundir la época en la que se sitúa la historia con la idea de que aquello pertenece al pasado. Es una realidad que sigue existiendo.
La serie también apunta que el consumo de prostitución entre los jóvenes sigue creciendo. ¿Una ficción como esta puede ayudar a despertar conciencias?
No sé si puede ayudar en ese sentido, pero, desde luego, que la serie te conmueva y te haga aprender cosas que no sabías ya genera un debate. Y eso puede despertar conciencias. Creo que todo reside en la educación, aunque ahí está la gran dificultad. Hemos hablado mucho con supervivientes de trata y con Amelia Tiganus, una activista que ha escrito varios libros y da charlas por toda Europa, también en institutos, sobre educación sexual. Ella nos contaba que había empezado a dar charlas a chicos de 16 y 17 años y que después había tenido que bajar la edad hasta los 13. Según nos explicaba, la exposición al porno está haciendo que muchos niños asocien el sexo con dominar a una mujer, tirarle del pelo o hacerle daño, en lugar de con las caricias, la sensualidad, los primeros besos o el descubrimiento de otra persona. Eso es un caldo de cultivo brutal para futuros consumidores de prostitución. Si la serie consigue despertar la conciencia de algunos padres y les ayuda a prestar más atención a la educación sexual de sus hijos, bienvenido sea.
“Si la serie anima a algunos padres a implicarse más en la educación sexual de sus hijos, habrá merecido la pena”
Su personaje, conocido como el Suizo, experimenta una transformación física muy llamativa. ¿De dónde surgió la idea de cambiar tanto tu aspecto?
El personaje recoge parte de la esencia de un personaje del libro de Mabel Lozano llamado El Músico pero también de otros proxenetas que los creadores habían conocido a través de entrevistas, libros y fotografías de la época. Isabel Peña y Edu Villanueva me propusieron que ganara envergadura y unos kilos, que trabajáramos el aspecto físico para alejarnos de mi imagen y acercarnos a algunas de las tipologías de proxenetas que habían visto.
¿Cómo preparó esa transformación?
Al principio intenté hacerlo de la manera más saludable posible, con gimnasio y una dieta muy calórica, procurando comer grasas saludables. Pero, después de seis meses de rodaje, se me fue de las manos y acabé comiendo mal: hamburguesas, donuts, bollería industrial… Les cogí manía.
¿Qué fue lo más complicado?
Mantener el peso. Necesitaba comer mucho, hacer ejercicios de fuerza, evitar el cardio y descansar bastante. Pero las jornadas de rodaje, los desplazamientos y las condiciones de trabajo no siempre encajaban con lo que necesitaba. Tampoco tenía siempre a mi disposición la alimentación que me habría venido bien, según las indicaciones de la nutricionista. Al final, mantenerlo se me fue de las manos. Llegué a pesar 99 kilos y ahora estoy en unos 77 u 78. Por suerte, estoy bien, pero no recomendaría hacer algo así.

Para construir al Suizo, ¿contaron con asesoramiento de especialistas que os ayudaran a comprender su personalidad y sus mecanismos psicológicos?
Sí. Elena Garrido, una psicóloga forense de Barcelona, fue fundamental para entender cómo funcionaba el personaje y cómo era su cabeza. Nos habló de personas con rasgos narcisistas y nos ayudó a comprender que, en este caso, no estábamos construyendo a un psicópata, sino a alguien carente de empatía. Queríamos acercarnos a un ser humano capaz de hacer cosas monstruosas sin caer en el cliché del villano de película. Ella insistía en que podía ser tu vecino. Y eso es lo más inquietante: que muchas personas que hacen cosas terribles tienen una apariencia completamente normal. Nos ayudó mucho a entender esa mentalidad.
Después de interpretar a un personaje vinculado a un universo tan oscuro, ¿hay algo que se le haya quedado dentro o que te haya cambiado la mirada sobre la prostitución?
Me ha cambiado la perspectiva absolutamente. Solo por conocer todo lo que he conocido, tanto a través de las personas con las que he hablado como de lo que he leído, mi mirada es otra. Pero, como actor y como persona, no siento que se me haya quedado nada dentro en el sentido de arrastrar esa oscuridad. Las creadoras insistían mucho en que, ya que estábamos contando algo tan duro, era importante que nos dejáramos el alma al hacerlo, pero que después, al terminar, fuéramos capaces de desconectar. Lo llamábamos “desengrasar”: irnos a comer, tomar algo y recuperar la normalidad. Creo que lo hicimos muy bien. Nos queríamos mucho y nos lo pasábamos bien, a pesar de la dureza del rodaje. Eso fue fundamental durante los seis meses de trabajo.
¿Qué comentarios te están llegando de los espectadores tras el estreno de El castillo ?
No tengo redes sociales, pero sí que me llega que a la gente le gusta mucho. Luego te puede gustar más o menos, pero ya simplemente lo que cuenta y cómo lo cuenta me parece algo novedoso. No digo que esté inventando nada, pero es verdad que una temática así no se había tratado, por lo menos en España, desde esta perspectiva. Siempre ha habido una romantización o una idealización de estos mundos, y no se había profundizado como se hace aquí. Creo que esa manera de contarlo es algo que gusta a la gente.
¿Hay algún otro aspecto de El castillo del que se sienta especialmente orgulloso?
Del casting. Hay muchos actores catalanes maravillosos, y es verdad que en Catalunya hay intérpretes de primerísimo nivel. Elena Martín Gimeno, que es catalana, pudo contar con ellos, y el resultado es un reparto increíble. Me siento muy orgulloso de mis compañeros. Además de trabajar con Marc Rodríguez y Claudio Villarrubia, Valentina Vidal y Omar Ayuso, que han sido una luz dentro de toda esta oscuridad. Trabajar con ellos, lo majos y lo divertidos que son fuera del rodaje, fue fundamental para sobrellevar esos seis meses.
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