Qué es la disritmia sexual y qué hacer cuando las ganas de sexo no coinciden en la pareja: “Hay que preguntar por qué, no reprochar”

La vida en pareja conlleva numerosas discrepancias: dietas y apetitos diferentes, equipos de fútbol contrarios, preferencias de entretenimiento diversas o sensación térmica disonante (aire acondicionado/edredón). Pero nadie hace un drama del hecho de que a su pareja le guste el fútbol y a él/ella no; o de que uno tenga siempre ganas de comer y el otro esté a dieta. Se buscan soluciones, diferentes menús, y hasta en verano se duerme en habitaciones separadas si uno quiere temperatura de congelador y el otro prefiere, simplemente, abrir la ventana o poner el ventilador. Sin embargo, las divergencias en cuanto al deseo sexual crean grandes dramas, que pueden incluso acabar con la relación.

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 El deseo de tener relaciones no siempre es igual en ambos miembros de la relación. La falta de coincidencia en el ritmo o la frecuencia no es un drama, sino algo muy común pasada la fase del enamoramiento y que se puede gestionar con comunicación y erotismo  

La vida en pareja conlleva numerosas discrepancias: dietas y apetitos diferentes, equipos de fútbol contrarios, preferencias de entretenimiento diversas o sensación térmica disonante (aire acondicionado/edredón). Pero nadie hace un drama del hecho de que a su pareja le guste el fútbol y a él/ella no; o de que uno tenga siempre ganas de comer y el otro esté a dieta. Se buscan soluciones, diferentes menús, y hasta en verano se duerme en habitaciones separadas si uno quiere temperatura de congelador y el otro prefiere, simplemente, abrir la ventana o poner el ventilador. Sin embargo, las divergencias en cuanto al deseo sexual crean grandes dramas, que pueden incluso acabar con la relación.

El más inapetente se puede llegar a sentir presionado, mientras el más deseante sospechará que ya no es atractivo para el otro; que puede, incluso, que ya no le quiera o que tenga un amante. A menudo, al menos activo se le etiqueta de “enfermo” y, con la inteligencia artificial, se diagnostica su dolencia como Trastorno del Deseo Sexual Hipoactivo (TDSH); lo que puede conllevar intentos varios de erotización, desde pasar por un sex shop hasta escapadas de fin de semana (dirty weekends). Si la cosa no funciona y aun así se apuesta por la pareja, lo más probable es que se acabe en una consulta de sexología.

“Lo primero que les digo es que lo que les pasa no es un problema, sino la norma”, cuenta Bárbara Montes Saiz, especialista en sexología clínica y terapia de pareja y directora de marketing y comunicación de Diversual, tienda erótica online. “Es muy difícil que, pasada la fase de enamoramiento, la pareja mantenga los mismos niveles de deseo, lo que los sexólogos llamamos disritmia. La disritmia sexual [también llamada discronaxia sexual] es la falta de coincidencia en el ritmo, la frecuencia o el nivel de deseo entre los miembros de una pareja. Hay también que conocer los diferentes tipos de deseo. Está el deseo espontáneo, el que aparece sin avisar y está muy presente al principio de la relación, y el deseo reactivo o responsivo, que no surge de primeras. Aparece en respuesta a un estímulo, una caricia, la conexión emocional o el ambiente adecuado”, sostiene Montes.

“Cuando el deseo escasea en una pareja, lo que habría que hacer es preguntarse por qué, en vez de reprocharle al otro, o a uno mismo, el hecho de que las ganas no están siempre presentes”, señala Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga clínica, terapeuta del Centro Máxima, en Barcelona, y directora del Instituto Iberoamericano de Sexología. “Porque muchos problemas de desajuste se interpretan como bajo deseo y no siempre es así. A veces, asuntos como la carga mental, el trabajo o la familia pueden generar estrés y bajar la libido. Está comprobado que los factores externos a la relación afectan más a la sexualidad de las mujeres que a la de los hombres. Ellos pueden desconectar con más facilidad o separar mejor la sexualidad de los otros aspectos de la vida”, explica.

El conflicto se instala cuando uno cede sin ganas a las peticiones del otro, ya sea porque los tiempos, la frecuencia o las maneras de tener sexo no coinciden y esta situación se sostiene en el tiempo. Esto es lo que le pasó a Carmen, vecina de A Coruña de 40 años, cuando intentó evitar roces y discusiones y estar siempre dispuesta a las demandas de su pareja. De esta manera, había uno que se sacrificaba por la relación y otro que pensaba que sus demandas eran compartidas por el otro. “Con el tiempo me di cuenta de que donde menos funciona el buenismo, el dar sin recibir o el ser siempre el que cede, es en la pareja, en el amor”, cuenta Carmen, “porque luego, cuando te sinceras, eres además la tonta… ‘¿Por qué no me dijiste nada? Yo creía que a ti también te apetecería”. Suponer, dar por hecho, creer, pensar, imaginar… son verbos que no deberían conjugarse en la pareja cuando hay un problema. Habría que sustituirlos por preguntar, comentar, hablar, reflexionar, convenir.

“Hay dos cosas que son incompatibles con el deseo: los reproches y la obligación”, sentencia el sexólogo Raúl González Castellanos, también psicopedagogo y terapeuta de pareja del gabinete de apoyo A la Par, en Madrid. “Desgraciadamente, estas dos conductas son las que más se instalan en este conflicto. Cuando hay un desencuentro en la pareja es porque se ha perdido algo de esa calidez emocional, de la complicidad, de la intimidad. Lo físico y lo carnal siempre encuentra sus momentos-apretón, pero lo que hay que restaurar primero es la parte emocional”.

Si no ha habido grandes conflictos y el desajuste sexual en la pareja proviene del tiempo y la convivencia, hay que llegar a acuerdos; y la base para lograrlos es la comunicación cercana y positiva. “Hay que conversar sobre los aceleradores y frenos, lo que a uno le enciende y lo que le apaga, transmitir las necesidades, los miedos, las preocupaciones; pero de manera amable y sin regañar al otro”, apunta Montes. Y añade: “En cierta manera, hacer una especie de introspección de la relación, lo que a menudo cuesta mucho; pero es también una buena oportunidad para conocerse mejor. Por ejemplo, un ejercicio que les pongo a las parejas es que recuerden su mejor relación y analicen por qué fue tan buena”.

Otra idea importante a tener en cuenta es separar sexo de coito, lo que González llama “ampliar el concepto de lo que entendemos por una relación sexual”. “Esto hará que los besos, caricias y demás gestos de afecto no se entiendan de manera estrictamente sexual e incomoden al más desganado, pensando que se hacen para iniciar una relación, y provoquen lo que hay que evitar a toda costa: el distanciamiento físico”, explica el sexólogo. La ausencia de expectativas y, por tanto, la relajación, es el mejor ecosistema para que el deseo responsivo crezca y florezca.

La masturbación y la agenda pueden ayudar

En opinión de Molero, sería también de agradecer que empecemos a considerar que “la sexualidad no tiene por qué ser siempre compartida, ni siquiera en pareja”. “La masturbación puede ser una buena opción para el que tenga más deseo, como una mera descarga, para relajarse, y no tiene que acarrear culpa al que la practica ni suspicacia o recelo en el otro”. Filosofía que, en tono jocoso, resume González: “Solo o en pareja, la paja no se deja”.

Otra herramienta tan válida como la anterior en deseos no coincidentes es la de agendar las relaciones, algo que tiene mala prensa porque se supone que la pasión y el éxtasis no se programan. “Sin embargo, funciona muy bien con el deseo responsivo. Especialmente, si varios días antes se van enviando mensajes, propuestas y se va creando un clima erótico en torno a la cita”, cuenta Montes, “aquí puede entrar también el tema de contar las fantasías al otro, o hacerle propuestas novedosas y excitantes”.

Una leyenda urbana que hace mucho daño es la idea de que las demás parejas tienen más sexo que la nuestra; olvidando que eso está por demostrar y que la calidad siempre es mejor que la cantidad. Todavía el estereotipo en la mente de muchos es que la mujer es la que empieza antes a dejar de tener ganas, mientras el hombre está siempre dispuesto. No es así, y la serie británica de los setenta Los Roper ya demostraba que también había varones apáticos y hembras insaciables. “Cada vez tengo más parejas en consulta en las que él es el que tiene menos ganas”, cuenta Molero, “y estos casos son más complicados porque todavía seguimos interiorizando que el hombre nunca puede decir que no y, si eso ocurre, es porque ya no está interesado en su pareja o tiene una amante. Entonces saltan todas las alarmas y la reacción de las mujeres buscando soluciones puede empeorar la situación todavía más: seducirlo mucho, con lo que él se siente presionado y cuando intenta tener relaciones no puede. Sin contar con el hecho de que el hombre vive peor que la mujer la falta de deseo”.

Cuando las ganas no coinciden, no hay que tratar de que vengan a toda costa. Lo más inteligente sería abonar el terreno para que las semillas germinen por sí solas.

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