Llevaba un año y medio acudiendo al mismo gimnasio. Entre el ruido de las pesas y los selfis, apenas había cruzado alguna conversación breve y trivial con dos compañeras. Le caían bien, pero dar el salto y pedirles el número de teléfono para quedar fuera de allí le llevó 18 meses de dudas. “Lo medité, lo pensé mucho. Sentía mucho miedo al rechazo”, explica Andrea. “Creo que la diferencia con la infancia es que compartíamos espacios donde el juego nos unía, pero de adultos nos terminan alejando las obligaciones, el ego y los prejuicios”, sostiene. La historia de esta argentina de 32 años no es precisamente una excepción, sino el reflejo de un fenómeno que afecta a muchas personas al alcanzar la madurez.
A cierta edad, la búsqueda de amistades se complica por las responsabilidades adquiridas y porque estos vínculos no tienen un reconocimiento formal, entre otros motivos. En cualquier caso, hay estrategias que se pueden llevar a cabo para ampliar el círculo
Llevaba un año y medio acudiendo al mismo gimnasio. Entre el ruido de las pesas y los selfis, apenas había cruzado alguna conversación breve y trivial con dos compañeras. Le caían bien, pero dar el salto y pedirles el número de teléfono para quedar fuera de allí le llevó 18 meses de dudas. “Lo medité, lo pensé mucho. Sentía mucho miedo al rechazo”, explica Andrea. “Creo que la diferencia con la infancia es que compartíamos espacios donde el juego nos unía, pero de adultos nos terminan alejando las obligaciones, el ego y los prejuicios”, sostiene. La historia de esta argentina de 32 años no es precisamente una excepción, sino el reflejo de un fenómeno que afecta a muchas personas al alcanzar la madurez.
“Nunca he vuelto a tener amigos como los que tuve cuando tenía 12 años”, escribe el protagonista de la película Cuenta conmigo (1986), basada en la novela de Stephen King. Hacer amigos en la infancia o la adolescencia era fácil, un proceso casi natural, una consecuencia lógica de compartir pupitre o parque. Sin embargo, cuando las cosas comienzan a ponerse más serias en la vida, la creación de vínculos profundos se hace cada vez más difícil. Mudarse de ciudad, cambiar de trabajo o formar una familia hacen que nuestras vidas se compliquen. Hacer amigos de verdad necesita unas condiciones que chocan con la vida adulta.
Quizá para comprender por qué para muchos el mecanismo de construir amistades íntimas se frena al alcanzar la adultez, lo mejor es analizar las dinámicas que alimentaban esos lazos en la juventud. En opinión de la socióloga y profesora de la Universidad de Barcelona Sandra Escapa, la amistad en la madurez ha perdido su infraestructura. “Los vínculos estrechos necesitan una proximidad continuada, encuentros repetidos que nadie haya organizado previamente y un contexto donde las personas puedan bajar la guardia sin temor”, argumenta. “La escuela y la universidad garantizaban esas tres variables de forma fácil y gratuita, pero la vida adulta las desmonta una por una mediante largas jornadas laborales, desplazamientos, cuidados que dar y una movilidad residencial forzada muchas veces por el precio de la vivienda que impide que el vínculo de barrio llegue a cuajar”.
A este escenario se suma una barrera de carácter institucional. En palabras de Escapa, la amistad destaca por ser la única relación de relevancia sin reconocimiento formal, ya que carece de papeles o marcos legales comparables al matrimonio. “Esa condición la vuelve flexible, pero también la convierte en lo primero que se sacrifica cuando el tiempo aprieta. Nadie pide un día libre en el trabajo para cuidar de un amigo”, remarca.

El psicólogo clínico y psicoanalista José Ramón Ubieto, autor del libro Soledades digitales(Ned, 2026), sitúa el origen de estas dificultades en el cambio de etapa vital. Según explica, “la infancia y la adolescencia son momentos de iniciación a la vida, al juego, a los aprendizajes, donde el grupo de iguales es muy importante porque aprendemos y vemos el mundo a través de los ojos de los otros y, sobre todo, a través de los deseos de los otros”. En esa etapa es como si necesitáramos a los amigos. En la etapa adulta, en cambio, ese recorrido inicial ya se ha completado. Como consecuencia, las afinidades se vuelven mucho más selectivas y exigen coincidencias en criterios políticos, culturales o de ocio, mientras que el tiempo disponible se reduce drásticamente por las responsabilidades profesionales y/o familiares.
Sin embargo, no todas las complicaciones para hacer amigos íntimos en la edad adulta vienen marcadas por las circunstancias individuales. También hay problemas que surgen en el ámbito más colectivo. A diferencia de lo que ocurre en las décadas iniciales de la vida, la sociabilidad urbana adulta parece requerir una transacción económica de por medio. Quizá en el pasado, los adultos pasaban más tiempo en los espacios públicos gratuitos. Muchos recuerdan, por ejemplo, las sillas en las puertas de las casas donde los vecinos tomaban el fresco. No es que estos lugares hayan desaparecido, pero “buena parte de la sociabilidad urbana pasa hoy por espacios donde consumir es el requisito de entrada [bares, terrazas, restaurantes], lo que convierte la sociabilidad en un gasto”, advierte Escapa.
La socióloga añade otro factor clave: la necesidad de agendar las citas con mucha antelación elimina toda una capa de relaciones intermedias con la que coincidíamos de forma espontánea en la universidad, el recreo o la plaza. Sin necesidad de quedar. Esto ha reducido los encuentros a las personas que ya son importantes en nuestra vida y ha dejado fuera a muchos potenciales nuevos amigos. Personas con las que nunca quedaríamos. “Aun así”, matiza Escapa, “hay que tener cuidado con la nostalgia. Los viejos espacios también excluían”. Y pone ejemplos como el bar (territorio habitualmente masculino) o la parroquia, que no eran neutros para todo el mundo.

Además, siguen existiendo ejemplos de espacios de encuentro gratuitos. “Las bibliotecas públicas son el lugar de encuentro sin consumo más sólido que tenemos”, señala la profesora. “En Barcelona, también tenemos una amplia red de casales, ateneos y centros cívicos. El problema no es que no existan, sino que buena parte de la población adulta en edad de trabajar no los pisa, y que sus horarios encajan mal con una jornada laboral completa”.
Amigos de 9 a 5
Ante la dificultad de hallar lugares donde relacionarse, lo más parecido a esos espacios que tenemos en la edad adulta es el lugar de trabajo. Ahí es donde muchas personas terminan buscando compañía porque no les queda otra.
Es el caso de Ana, de 27 años, que al graduarse se mudó de Madrid a Barcelona y se encontró con un entorno muy cerrado para hacer nuevas amistades. “Aparte de que Barcelona es una ciudad socialmente muy hermética para los recién llegados, creo que si tienes veintipocos y ya has acabado las etapas formativas en las que puedes pasar muchas horas con gente que está aún planteándose cómo quiere que sea su vida, es mucho más difícil formar una red, todo el mundo tiene una establecida”, reflexiona.
De cualquier modo, tratarse de forma continuada en la oficina tampoco garantiza la construcción de una relación personal profunda. Como precisa Escapa, la jornada laboral aporta la cercanía física, pero bloquea la posibilidad de mostrar vulnerabilidad. Al compartir espacio con personas que evalúan el rendimiento o compiten dentro de la jerarquía empresarial, nos mostramos competentes en lugar de frágiles. Según la socióloga, “se pueden acumular dos mil horas al año junto a un compañero de escritorio sin construir nada significativo”.
Otro obstáculo para dar el primer paso y convertir a un conocido en amigo es el temor a resultar pesado o a generar incomodidad. Alejandra, afincada en Barcelona a sus 35 años, describe la parálisis que siente en su vida diaria cuando se plantea ampliar su entorno: “Creo que con el tiempo me he vuelto más introvertida y me importa mucho más el qué dirán que cuando era joven”, asegura. “Pienso: ¿Parecerá que estoy desesperada? ¿Seré demasiado intensa? Voy a pilates y ni siquiera me atrevo a socializar fuera de clase por miedo a no encajar o verme desfasada. Son chicas más jóvenes que yo”.

Para el psicólogo José Ramón Ubieto, aunque el miedo a no dar la talla resulta más agudo durante la adolescencia, “en la madurez las dificultades surgen por el temor a la exclusión por parte de grupos ya cerrados. Por ejemplo, un migrante que llega a un lugar en el que no se le acepta”, explica. José, de 35 años y residente en Málaga, vivió un año en Canadá, donde pudo comprobar lo complejo que puede resultar conectar con la gente cuando vienes de lejos. “Con mis compañeros de trabajo salí tres veces contadas”, recuerda. “Nunca fueron más que eso, compañeros, no conecté al 100% con ninguno. Quizá por el choque cultural. En Andalucía somos muy abiertos y los canadienses son bellísimas personas, pero muy secos”.
Estrategias para hacer amigos
A pesar de lo que digan innumerables libros de autoayuda, no existen recetas mágicas para mejorar la capacidad de hacer amigos. En opinión de los dos expertos consultados, sí que podemos, sin embargo, intentar hacer algunas cosas.
Escapa recomienda “fabricar estructura”. Fomentar los compromisos recurrentes, ir al mismo sitio con la misma gente y, a poder ser, que sea barato. “Un coro, un equipo, una clase, un huerto, un voluntariado… Repetición antes que novedad. La amistad no nace de un encuentro brillante, nace de la acumulación”. En el mismo sentido se posiciona Ubieto, aunque apunta a la importancia de tener unas expectativas realistas: “Hay que disfrutar de esas actividades en común, sin crear expectativas emocionales o sentimentales, que seguramente no se van a cumplir”. “A lo mejor un coro es un lugar para pasarlo bien, pero las cosas íntimas tardan en llegar o no llegan porque requieren otro tipo de vínculos”, añade. Escapa también anima a que, a pesar de que resulte amenazador, no tengamos miedo a intentar profundizar un poco más: “Solemos subestimar cuánto agrada nuestra compañía y cuánto se alegran los demás de que les escribamos. La invitación, el intento de acercarse, se suele recibir mejor de lo que creemos”.
Gente en EL PAÍS
