Pasillo afrodisíaco

La trabajada victoria del Barça en Getafe ha reactivado el ansia especulativa de saber en qué momento los culés podrán celebrar el merecido título de Liga. El ansia incluye, como hipótesis suculenta, la posibilidad de ya haberla ganado matemáticamente cuando, el 10 de mayo, juguemos contra el Madrid en el Camp Nou. Este escenario incluiría, adosada a la victoria, la posibilidad de que el Madrid tenga que hacerle el pasillo al Barça.

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 La trabajada victoria del Barça en Getafe ha reactivado el ansia especulativa de saber en qué momento los culés podrán celebrar el merecido título de Liga. El ansia incluye, como hipótesis suculenta, la posibilidad de ya haberla ganado matemáticamente cuando, el 10 de mayo, juguemos contra el Madrid en el Camp Nou. Este escenario incluiría, adosada a la victoria, la posibilidad de que el Madrid tenga que hacerle el pasillo al Barça.Seguir leyendo…  

La trabajada victoria del Barça en Getafe ha reactivado el ansia especulativa de saber en qué momento los culés podrán celebrar el merecido título de Liga. El ansia incluye, como hipótesis suculenta, la posibilidad de ya haberla ganado matemáticamente cuando, el 10 de mayo, juguemos contra el Madrid en el Camp Nou. Este escenario incluiría, adosada a la victoria, la posibilidad de que el Madrid tenga que hacerle el pasillo al Barça.

La tradición del pasillo se remonta a 1970. Entonces se entendía como un acto de deportividad y respeto del equipo que reconoce el título ganado por su rival. Eran unas buenas intenciones que, con el tiempo, dejaron de respetarse. Hoy, el pasillo –sobre todo si es entre Barça y Madrid o viceversa– ya no es un gesto de deportividad sino una oportunidad de humillación, de regodeo y de afirmación de la rivalidad.

El placer por la derrota del Madrid completa el placer por la victoria del Barça

En los últimos años, las formas de expresar la rivalidad han evolucionado, en parte porque el Barça de las últimas décadas ha pasado de ser un club poco fiable y víctima de todo tipo de fatalidades a una institución competitiva, admirada y lo suficientemente potente para consolidar su sentido de pertenencia no a través de las lamentaciones sino de un orgullo que subraya el antimadridismo como seña de identidad. Es más: muchos culés admiten que les proporciona más satisfacción la decadencia del Madrid que, quizá porque ahora el equipo va bien, las victorias y el liderazgo del Barça.

El domingo, en el programa El suplement (Catalunya Ràdio), el periodista Eduard Voltas explicaba que, como culé, es capaz de sentir dos tipos de orgasmos. Los que le provocan el buen juego y las victorias del Barça y, en otra dimensión, los que se alimentan de las derrotas del Madrid. Los abuelos de los jugadores actuales vivían esta dualidad con más privacidad, como si se mantuvieran encerrados en un armario que a veces se abría, generalmente a partir de una injusticia arbitral y un acto de prepotencia merengue.

Con el 0-2 en Getafe Rashford certificaba la posibilidad de alirón culé
Con el 0-2 en Getafe Rashford certificaba la posibilidad de alirón culéManu Fernandez / Ap-LaPresse

Hoy, en cambio, hay ofertas mediáticas tan explícitas como las retransmisiones de los partidos del Madrid en RAC1. El planteamiento de la retransmisión no engaña: parte del deseo unánime de que el Madrid pierda y celebrarlo con una mirada desacomplejadamente barcelocéntrica. Es una oferta que atienden los que, como Voltas, buscan una comunión tanto en la satisfacción por los éxitos propios como en los fracasos del adversario. Desde el punto de vista de la rentabilidad emocional, la estrategia tiene sentido. De hecho, es probable que, en origen, nazca de los tiempos en los que, acostumbrados a perder, el Barça necesitaba encontrar consuelo en la desgracia ajena.

Daniel Vázquez Sallés cuenta que, cuando su padre lo llamaba desde países lejanos, la conversación siempre incluía, como mínimo, dos preguntas. Primera: “¿Qué ha hecho el Barça?”. Y tras una pausa, la segunda: “¿Y el Madrid?”. Es una variante de la vieja idea, expresada por varios filósofos, según la cual no basta que tus amigos triunfen, sino que, además, tus enemigos tienen que fracasar. ¿El pasillo? Como mínimo tengamos la honestidad de admitir que no lo queremos como símbolo de los valores de la deportividad sino como lo que es: una oportunidad de reforzar, rabiosamente, la rivalidad.

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